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11 de agosto de 2006
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HUMOR

Exilio

El tipo terminó de leer en El Sol que una ordenanza municipal iba a prohibir que se fumara en lugares públicos. Prendió un pucho, aspiró con vehemencia y se repreocupó. Es que ya venía preocupado desde hacía años. Le había costado mucho mantener el vicio. Los eternos reproches de su familia, las notas sobre la nocividad del tabaco, su médico que movía la cabeza negativamente al revisar sus pulmones, él mismo, con sus toses y ahogos.

    El tipo terminó de leer en El Sol que una ordenanza municipal iba a prohibir que se fumara en lugares públicos. Prendió un pucho, aspiró con vehemencia y se repreocupó. Es que ya venía preocupado desde hacía años. Le había costado mucho mantener el vicio. Los eternos reproches de su familia, las notas sobre la nocividad del tabaco, su médico que movía la cabeza negativamente al revisar sus pulmones, él mismo, con sus toses y ahogos. Fueron muchos los obstáculos que debió sortear en su vida de fumador para seguir fumando.

    Recordó a su padre cuando una vez le dijo, a la salida del cole: “Si te agarro fumando, te mato”. Recordó a su mujer cuando, a los dos meses de casado, lo conminó: “En el dormitorio no fumás más. Si querés matarte solo, andá a fumar al patio”. Recordó a sus amigos que habían dejado de fumar y lo miraban como se mira a un pobre débil. Volvió a leer la página del diario que daba cuenta de la ordenanza municipal y supo que iba a tener que encontrar otro país para que su vicio no fuera derrotado. Buscó en internet algún lugar donde el tabaco no fuera considerado un mal.

    Desechó Cuba, porque con la enfermedad de Fidel uno no sabe qué cambios pueden darse. Buscó y buscó durante varias noches, pero no encontraba uno que le diera facilidades. Hasta que, por fin, lo halló. Hizo las valijas, sacó un pasaje de avión y pidió asilo fumístico en Burkina Faso.

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