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25 de octubre de 2020
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Columna

Este olor a muerte ya no se banca

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El crimen de Abigail en Tucumán y la justicia por mano propia, el debate por la validez de la prisión perpetua en Mendoza, los formoseños que no pueden entrar a su provincia.

Que los funcionarios, funcionen. Que la oposición, se oponga. Que hagamos algo porque este olor a muerte ya no se banca.

¿Es que alguien se va a poner serio ante lo que está pasando?

¿Es que alguien se va a hacer responsable de lo que está pasando?

¿Es que alguien ve lo que está pasando?

¿Hay que gritar?

¿Hay que gritar más fuerte?

¿Qué es lo que tienen que hacer los funcionarios?

¿Qué tiene que hacer la oposición?

¿Qué tenemos que hacer los ciudadanos?

¿El Presidente Coso y la Presidenta Vice se tienen que poner de acuerdo de una vez?

¿El Presidente Coso tiene que dejar de estar de acuerdo con la Presidenta Vice de una vez?

¿El Presidente Coso tiene que cambiar ministros?

¿Dar órdenes?

¿Escuchar consejos?

¿Dejar de escuchar a los caballitos de la calesita de la decadencia que vienen dando vuelta desde siempre?

¿Qué es lo que tiene que hacer?

¿Qué tiene que pasar para que los periodistas entendamos lo grave de la situación y dejemos de especular con prebendas y acomodos, todo tan chiquito?

¿Qué caminos le queda a una ciudadanía que aguanta cada vez más cachetazos por día?

¿Cómo se defiende la Constitución, pobrecita, que ve día a día como se derrite su valor, cual peso argentino, y constata que ya no es el eje rector de derechos y garantías del pueblo, sino un simple folleto de sugerencias que puede ser descartado sin mayores consecuencias?

Que los funcionarios, funcionen.

Que la oposición, se oponga.

Que hagamos algo porque este olor a muerte ya no se banca.

No hay metáfora.

Tucumán. Octubre 2020.

Una nena de 9 años, Abigail, desaparece. La familia, desesperada, corre a hacer la denuncia. Las respuestas: hay que esperar 24 horas porque la nena puede estar jugando en lo de alguna amiguita. El padre, desesperado, dice que ya buscaron en todas partes. De mala gana, envían a dos agentes. A la media hora el padre vuelve a la comisaría. La nena no aparece, los agentes dejaron de buscar. El padre implora ayuda, el oficial le contesta: “¿Por qué no la va a buscar usted?”.

La nena aparece violada y muerta.

El Estado no estuvo.

Los vecinos, envueltos en ira, indignación e impotencia, salen a buscar al asesino al que identifican como José Antonio Guaymás, alias “Culón”.

Se desata una cacería.

El Estado no estuvo.

La masa excitada busca en varios barrios. Alguien dice que alguien dice que está en casa de alguien que se supone que es hermanastro del asesino. Hacia allá van. El supuesto hermanastro, avisado, recoge a sus tres hijos y huye. Los vecinos rompen las puertas de la casa, la destrozan, agreden a la mujer que se encontraba allí, roban las pocas pertenencias de la casa humilde.

El Estado no estuvo.

Se comenta que el violador asesino ya había violado a su madre. Los vecinos se enardecen. Después se desmintió lo de la violación de la madre, pero ya no importaba. Alguien dice que alguien dice que el violador de su madre y asesino de Abigail está subido a un eucaliptus en el barrio Los Pocitos. La policía busca ahí. No lo encuentran. Los vecinos no lo creen. Arrojan piedras a la policía, que ya armó una búsqueda por su propio lado con helicóptero y drones.

Los vecinos continúan su búsqueda. No están solos. Lo acompañan dos camionetas de alta gama. Todos saben que son de El Tuerto, uno de los transas más capangas de San Miguel de Tucumán que le va marcando zonas a la turba.

¿Por qué El Tuerto está interesado en encontrar al asesino de Abigail? ¿De golpe su corazón se enterneció ante el brutal acontecimiento? No. Es algo más prosaico. Lo explicó muy claro el periodista Gustavo Rodríguez, de La Gaceta en el programa “Panorama Tucumano” de Canal 11 CCC: “Con el tipo libre, iba a haber demasiada policía. Los transas en el gran Tucumán son el Estado. Si muere el hijo por sobredosis, el padre va y el transa le da plata para pagar el cajón. El transa es la autoridad del barrio”. El Tuerto no quiere policías, él es la policía.

El Estado es el transa.

La horda, no la policía, encuentra al presunto asesino. Media hora lo estuvieron pateando y dándole puntazos, le pusieron una soga al cuello.

El Estado no estuvo.

Al llegar los policías intentan sacarle el cuerpo todavía vivo a los vecinos, resisten una media hora pero siguen llegando vecinos, unos quinientos. Y algunos llegan con bidones de nafta para quemar al que creen asesino. Entonces la policía lo sube a su camioneta para llevarlo a la comisaría. Decenas de motitos intentan frenar el vehículo policial. Pese a todos los indicios, hasta ese momento no había pruebas que incriminasen a Guaymás como el asesino de Abigail. Tampoco que ese cuerpo muerto perteneciese efectivamente a Guaymás.

En la morgue está el cuerpo, comienza a juntarse gente tanto allí, como en la Comisaría 12, donde no habían tomado la denuncia. Matías Aguad, periodista del mismo y excelente programa tucumano, en la puerta de la morgue, atónito, comenta que los vecinos no creen que Guaymás esté muerto y quieren entrar a la morgue para matarlo. Describe, helado, un irreparable panorama de desconfianza y odio a las instituciones. Habla con los vecinos:

- ¿Le parece bien que lo hayan matado?

- Sí. Ya había violado a la madre, ¿por qué sueltan a gente así? Lo tuvo que encontrar la gente. Nadie te da bola. Si ven que sos de bajos recursos, si no podés levantar el teléfono y que el poder te atienda, no te dan bola. Si fueran amigos del poder se ocupaban en el momento.

Otro vecino agrega:

- Le dijeron al padre que no podían buscar a la nena porque no había nafta en los vehículos, que no tenían personal. Y claro, si al personal lo manda el comisario a trabajar a las fábricas para cobrar. Además, le dan 1.500 pesos por cada motito que secuestran y eso lo sabemos todos. Donde vivo estamos rodeados de chorros. Cuando vi la caravana que buscaba al tipo éste, agarré el auto y me sumé.

El Estado ausente.

Pocos minutos después, el periodista llega hasta la zona donde se encontró el cuerpo de Abigail. Todos esos terrenos, en discusión judicial entre privados hace años, en los dos días que pasaron desde el hallazgo de la nena hasta el asesinato de su presunto asesino, fueron usurpados por 250 familias.

El periodista, en una noche de mucho trabajo, pregunta:

- ¿Qué está pasando acá?

Una de las usurpadoras responde:

- Acá venían a delinquir, no queremos que haya más Abigail. La encontraron allá, a dos cuadras. No teníamos dónde vivir y la policía nos ha dicho que podemos quedarnos en este terreno porque está en juicio así que podemos estar 1, 5, 10 hasta 20 años que sale el juicio y nos dijo la policía también que si pierden el juicio puede ser que nos quedemos para siempre.

Impresiona la naturalidad con que la señora afirma que, como el terreno está en juicio, tiene derecho a quedárselo. La policía se lo dijo.

El Estado como usurpador.

Habían pasado cinco horas del asesinato por la turba y no había aún pruebas concluyentes de que el asesinado fuera el sindicado como asesino de Abigail. Sin embargo, los vecinos no tenían dudas.

Juan Antonio Guaymás, en 10 años de carrera delictiva tenía 19 procesos abiertos, la mayoría por delitos contra la propiedad. Sólo estaba a punto de ser enjuiciado por tres y la mayoría de los 19 procesos habrían prescripto por inacción de la justicia.

El Estado no estuvo.

Las marcas en el cuerpo de Guaymás por las cuales quienes lo mataron lo reconocieron fueron autoflagelaciones por síndrome de abstinencia.

El Estado ayudó a construir un monstruo.

Si la Constitución es un folleto ilustrativo de cómo las cosas podrían ser pero no tiene poder para ser cumplida ¿por qué no pasarían estas cosas?

Hubo un momento que lamentablemente ya pasó en donde muchos argentinos olvidaron algo básico: matar está mal.

La familia de Abigail quería justicia y que el asesino pague lo que ha hecho dentro del sistema judicial. No pasó.

Estamos perdiendo las nociones mínimas de convivencia.

Droga, violación, asesinato, usurpaciones, Estado ausente.

La participación del gobernador tucumano fue fundamental: el 21 de octubre declaró que sintió dolor por los hechos de violencia y los condenó desde el gobierno. Gracias, Manzur.

La violación y asesinato de Abigail y el linchamiento de Guaymás sólo fueron una noticia más que apenas alcanzó los medios nacionales uno o dos días y sin embargo, es la fotografía que resume un Estado en disolución. Lo explica más aún que el dólar imparable; las desmentidas devaluaciones; las zancadillas de la Presidenta Vice para salvarse del merecido castigo por vulgar mechera intergaláctica.

Lo de Tucumán es la explosión de pus que denota un cuerpo podrido.

Hordas hartas, violencia medieval, destrucción de cualquier tejido social, una comunidad en peligro. La realidad diaria de millones de argentinos que no figuran en la agenda de nadie.

El Estado se ha desentendido de la preservación de la vida o de los bienes de sus ciudadanos y el resultado es obvio: hay cada vez más gente armada a lo largo y a lo ancho del país.

Ese olor a muerte y destrucción de cualquier futuro es lo que cubre la Argentina.

Allí donde se busque, explota pus.

En Mendoza debaten si la prisión perpetua es constitucional. Si imponer esa pena a los responsables de los asesinatos más aberrantes es legal. Se pierde el tiempo porque un juez decidió tener cinco minutos de fama y se opuso a la decisión de un jurado popular.

Las usurpaciones de los autopercibidos mapuches no son tan compleja como quieren mostrar. Tienen una solución legal. Los pueblos originarios tienen derechos y están contemplados en la Constitución del ’94. Para cumplirlos, que no haya abusos de ningún lado y podamos todos seguir viviendo en paz, hay que hacer un censo. Pero desde 2006 se viene postergando.

El Estado no está.

Mientras los autopercibidos mapuches son ayudados desde el Estado por el INAI, los quom y los wichís del norte son condenados al exterminio.

Mientras el INADI intercede en un conflicto familiar, vapuleando un valor importante como la militancia de género, una señora humilde, enferma, hace ocho meses que vive a la intemperie a 400 metros de su casa, porque el gobierno de Gildo Coso Insfrán no la deja cruzar el puente que separa Formosa del país. La señora, olvidada allí junto a una decena de comprovincianos, tienen la entrada prohibida y desde el otro margen del río, ve su casa tan cerca en su corazón, tan lejos gracias al gobierno que sigue diciendo que es de los pobres. Dos veces por semana por el puente que podría cruzar, le alcanzan comida sus parientes.

El río que los divide es el mismo que se llevó la vida de Mauro Ledesma, el muchacho de 23 años que cometió el delito de irse a trabajar a Córdoba antes de la cuarentena. Intentó volver, pidió permiso para entrar a su provincia y desesperado por querer ver a su hijita, quiso cruzar a nado. Su foto, semidesnudo y muerto, no ha tenido la contundencia de la Santiago Maldonado. Al Estado argentino, a las organizaciones de derechos humanos, al partido gobernante, no todas las muertes de compatriotas le dan lo mismo.

Hay 4.600 formoseños que no pueden volver a su provincia. Una conferencia de prensa mostró a muchos periodistas formoseños como genuflexos, casi colegialas festejando el día de la primavera, poniendo el pie de sus micrófonos para que Insfrán se autoelogie y que la Ministra de Coso Sabrina Frederic diga, más allá de toda vergüenza, “Formosa es realmente ejemplar en cuanto al manejo de la pandemia”. El ministro del Interior Wado Coso De Pedro también elogió a Insfrán, como líder progresista.

Por primera vez la avenida 25 de mayo de la ciudad de Formosa vio centenares de jóvenes autoconvocados por redes sociales, llegando hasta la Casa de Gobierno, protestando contra el gobernador, el dueño feudal de la provincia al que apoyan otros jóvenes, cínicos sobreinformados de clase media acomodada de la Capital Federal, que se siguen autopercibiendo progresistas sin aceptar que son sólo nietos putativos de un imitador de Mussolini.

El que dicen que Presidente, cada vez más encerrado en su ego, esta semana jugó el juego que más le gusta, el del autoelogio: “Menos mal que gobierna el peronismo”, dijo en uno de los cuatro actos en los que su partido organizó para demostrarse unido.

La olla a presión está anunciando el momento que nadie con poder parece estar dispuesto a atender.

No es olor a puchero el que sale de la olla a presión.

Es olor a muerte ¿cómo puede ser que el gobierno siga sin enterarse?

Que los funcionarios, funcionen. Que la oposición, se oponga. Que hagamos algo porque este olor a muerte ya no se banca.

La olla a presión está por explotar ¿qué harán cuando les estalle en la cara?

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