access_time 04:06
|
30 de septiembre de 2009
|
|
FÚTBOL

Esos pequeños placeres de la vida

Hay pequeñas situaciones en la vida que me generan mucho placer

    Hay pequeñas situaciones en la vida que me generan mucho placer. Son detalles, cosas de todos los días, momentos que para la mayoría de la gente deben pasar con absoluta irrelevancia. Bueno, a mí no me pasa así. A mí, esos supuestos momentos irrelevantes, me alegran un día y hasta la vida. Pongamos ejemplos. Tomar un Nesquik y comer galletas Merengadas, mientras veo Los Simpsons, es impagable. Lo haré toda mi vida.

    Escuchar que alguien silba o canta bajito mientras camina por las calles del centro, ajeno a todo, es genial. Comer una mandarina a plena luz del sol es otro ejemplo perfecto, (no es lo mismo comer una mandarina en un día nublado). Ver que un niño, en la cancha, se agarra la cabeza sin entender nada, porque los grandes hacen lo mismo, es demasiado tierno. Ni hablar cuando un niño trata de patear una pelota que le llega a las rodillas. El sonido de los hielos golpeando el vidrio de un vaso lleno de ferné, que el chofer del bondi sea buena onda, que el tachero simplemente te lleve y no te dé charla, un abuelo que ríe, un niño que lee, un cuento de Fontanarrosa, una metáfora del Indio Solari.

    Esos detalles me ayudan a veces a que la vida no duela tanto. A veces. Otro ejemplo de esas situaciones es el momento en el que, cuando estoy en la Capital Federal, me subo al micro de regreso a Mendoza. Es raro, pero lo trataré de explicar. Odio la Capital Federal, la gente está totalmente loca, acelerada, el ritmo que hay te enajena, te esnifa la cabeza, te saca las ganas, la intimidad, los silencios, la paciencia, todo. Por eso, cuando me voy de la Capital casi siempre soy el primero que sube al micro y quizás me paso media hora hasta que arranque. No importa.

    El momento de echarte en tu asiento, dejar de escuchar ruido, saber que falta menos para volver a Mendoza, es puramente placentero. Siempre me pasa lo mismo cuando voy a la Capital del Quilombo. El lunes, justamente, pensaba en eso, solo, tranquilo, en mi asiento, mientras esperaba que el micro saliera de Retiro, cuando vi venir a un pelotudo. Tengo un extraño sexto sentido: reconozco con mucha facilidad a los pelotudos y a los garcas. Y este personaje tenía todas las ganas de hacerse el canchero, pero la cara no lo dejaba. Resultado: era un pelotudo. De ahora en más lo vamos a llamar, cariñosamente, Tudo, para no decir tantas veces pelotudo y que las señoras bien se enojen y después en el diario me digan “che, Gonzalito, no escribás tantos insultos”.

    Tudo caminó por el pasillo del micro y, por desgracia, tenía asiento a mi lado. – ¿Pasillo o ventana? –me preguntó. – Tengo el quince –le dije, dando a entender que el quince era el de la ventana. – Bueno, ¿te quedás en la ventana? – Y sí, porque tengo el quince. – Okey, como quieras. Tudo nunca entendió que el quince era ventana y catorce, pasillo. Al instante agarró su celular. Aproveché para buscar el MP3 en el bolso, porque ya me imaginé cómo iba a venir la mano. El MP3 había desaparecido y putié por lo bajo. Tudo empezó a hablar por el celular.

    “Hola, mi corazoncito, ¿cómo estas? Sí, mi vida, sí, ya estoy en el micro, estamos por salir. ¿Vos, el laburo, todo bien? Claro, sí, qué bueno, amor. Dale, yo también, sabés que sos mi bombón, hermosa, dulce, mi reina. Dale, gracias, gracias, yo también mi vida, besitos, bay.” Casi vomito, tanta dulzura me empalaga. El micro arrancó y rogué que el viaje no fuera tan largo. A los minutos pasó la azafata o moza o la chica sonriente que sirve la comida –nunca sé cómo llamarlas–. Servía gaseosa, pero Tudo le pidió vino.

    La azafata-moza-chica-sonriente le dijo que el vino era para la cena. Y Tudo, brillante, le preguntó si iban a cenar juntos. Un langa. Un asco de tipo. Vergüenza ajena. La azafata-moza-chica-sonriente sonrió de compromiso y se fue rápido. Pobre, cuántos tudos tendrá que bancar en cada viaje. Después comenzó lo que temía: Tudo me empezó a hablar. Me preguntó por qué estaba en Buenos Aires. Le respondí que por trabajo. Me preguntó qué trabajo. Le dije periodista deportivo. Nada más. Y ahí largó el show.

– ¿Así que periodista deportivo? ¿Sabés cómo se llaman mis hijos? Pensé qué puta tenía ver una cosa con la otra, a no ser que sus hijos se llamaran Gonzalo Bonadeo, Macaya Márquez o Dante Panzeri.
– No sé. – Diego y Armando se llaman.
– Ajá.
– Por Maradona. Un tipo normal jamás hubiese hecho esa aclaración. No creo que Tudo le ponga a un hijo Armando por Tejada Gómez.
– Y sí, claro.
– ¡Qué nombres les puse, eh!
– Sí, muy original. ¿Y vos qué hacés en la Capital?
– Vine a visitar a mi amante.
– Mirá qué bien. ¿Y Diego y Armando con quiénes se quedaron? ¿Con la Claudia o con doña Tota? Tudo era tan tudo que ni siquiera entendió lo que para mí, humildemente, era un chiste buenísimo.
– Los dejé con mi esposa. Le dije que tenía que viajar por trabajo y chau, me vine a pasar unos días con un hueso que tengo acá.
– ¿Cuántos años tienen?
– ¿Quiénes?
– Tus amantes…
– ¿Qué?
– Tus hijos, los Maradonas.
– Cuatro y dos.
– ¿Y vos?
– Treinta y uno.
– ¿Y hace cuánto que estás casado?
– Cinco años.
– Ah, sos una basura.

    Tudo se rió, pero yo se lo dije con total sinceridad. En eso sonó su celular. “Hola, Gorda, qué hacés, sí, sí, estoy saliendo, dale, mañana cuando llegue te aviso. ¿Los chicos, todo bien? Me alegro, dale, nos vemos”. Tudo volvió al ataque. – Pobre Gorda, no sé cómo hacer para dejarla, pero no me animo, me cago. Ella está muy puesta conmigo y la voy a destrozar, además, viste, es tu mujer, la tenés ahí, todos los días, la terminás queriendo, después uno boludea con las amantes, con las pendejas, pero tu mujer es tu mujer.

– Ella quizás piensa lo mismo.
– ¿Cómo, qué querés decir?
– Ella quizás también boludea con pendejos o no sabe cómo decirte que se va de la casa o algo así. Igual que lo que te pasa a vos.
– No, no, para nada.

   Ella es una santa. Además, me ama. No podía creer lo que estaba escuchando. Un desconocido me contaba unas intimidades que no me interesaban para nada. Ya era un viaje de mierda. Encima, el desconocido era de los tudos más tudos que había conocido. Después de eso, me empezó a hablar de fútbol y de cualquier deporte y sobre todos los temas me preguntaba qué opinaba, como si yo tuviese la verdad secreta y sagrada de todo. Me dijo cosas como, por ejemplo, Del Potro será mejor que Federer, Messi no es argentino, Ginóbili en realidad no es tan bueno, Abbondanzieri tiene que volver a la Selección –eso creí que era en joda–, y cuando empezó a hablar sobre Maradona, gracias a Dios o a D10S, encontré el MP3, me di media vuelta y no le pasé más pelota. No me saqué los auriculares en todo el viaje y no volvimos a hablar. Al otro día, mientras almorzaba en mi casa, me llama el Bardo para preguntarme cómo me había ido por Buenos Aires y para decirme, además, que tenía “una anécdota imposible” para contarme. Cuando un amigo dice eso, íntimamente sabemos que estamos hablando de situaciones que quedarán en la memoria del grupo por siempre. Me dio curiosidad pero también me dio miedo. Mis amigos no entienden mucho de límites. Me junté a la tarde con el Bardo y empezó a contar su historia.

    “El sábado fuimos con los chicos a bailar, no sabés qué lindo estuvo el boliche, hermoso, lleno de minas, muchas más grandes, un infierno, pegué onda con una treintañera. Morocha, simpática, tenía toda la fiesta encima. Terminamos en un telo, no sabés lo que era la mina”. Hasta ahí era una buena anécdota, pero el adjetivo de imposible le quedaba medio grande. La historia siguió: “Cuando la llevaba a su casa, no sabés, Goni, me empezó a contar que era casada, tenía dos hijos, y me mostró el celular y salían dos nenes, no lo podía creer. Ahí me di cuenta de que no le había preguntado ni el nombre y también me di cuenta de que a la mina no le importaba nada”.

    La anécdota había mejorado muchísimo, pero, –soy sincero– esperaba algo más inesperado. Y fue ahí cuando el Bardo remató la historia: “No te das una idea, la mina me dijo ‘¿A qué no sabés cómo se llaman mis hijos?’ No, ni idea, le dije. Además, qué me calentaba cómo se llaman sus pibes. Y la mina me dice ‘uno Diego y el otro Armando’. ¡Cómo les podés poner así!”, me gritó el Bardo y los dos nos reímos un rato. Ahí me di cuenta de que también me genera mucho placer saber que el Universo es muy sabio y que siempre, de alguna manera, está en equilibrio. Llené los dos vasos de cerveza, me acomodé en la silla y le dije al

TEMAS:

Deportes

SEGUÍ LEYENDO:

Diario El Sol Mendoza. Domicilio: La Rioja 987, M5500 Mendoza. Argentina. Director Periodístico: Jorge Hirschbrand. © Copyright Cuyo Servycom SA 2020. Todos los derechos reservados.