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12 de julio de 2006
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EN DEFENSA DE LAS INSTITUCIONES

Endilgar responsabilidades a otros cuando se yerra o no se encuentra el camino para dar soluciones a graves problemas como, por ejemplo, el de seguridad, es una lamentable práctica común. El echar culpas, reavivando viejas peleas entre dos poderes del Estado republicano, flaco favor le hace a una ciudadanía que reclama de sus dirigentes gestos mínimos de adultez y responsabilidad política

      Lejos se está de dar soluciones cuando, para tratar de mitigar los efectos nocivos de una política de seguridad que no termina de cuadrar, se recurre a estas prácticas. A un complicado escenario político provincial se suman la disputa entre el Poder Ejecutivo y el Poder Judicial, la opinión de algunos legisladores y las denuncias de burdos casos de asistencialismo. La entrega de colchones, electrodomésticos, frazadas de mala calidad, tíckets, bolsas de comidas y máquinas de coser a quienes no saben ni usarlas dejan al descubierto que ninguno de los partidos tradicionales queda indemne al momento de utilizar la dádiva como forma de “luchar contra la pobreza”.


       Pero algo empieza a cambiar. Muchos de aquellos “beneficiados” se van dando cuenta de que no es más que la utilización y manipulación de su voluntad. La ciudadanía más carenciada comienza a darse cuenta de que un trabajo digno vale mucho más que el asistencialismo como forma inmediata de “ayuda” en la coyuntura. Con la dignidad del hombre no se juega. El trabajo es la única forma de permitir al ciudadano que provea a su familia de los elementos necesarios para su subsistencia, siendo la educación de sus hijos el medio que permite a las generaciones futuras la posibilidad de progreso.


       Es menester tener claro estos conceptos antes de emitir opiniones u obrar de manera tal que sólo se confunda a una ciudadanía cada vez más descreída de sus representantes. Llega el momento en que asumir la cuota de responsabilidad que cada uno tiene es la única forma de demostrar que no sólo se declama por la solución de los problemas sociales, sino que se tiene la voluntad política de hacerlo y allí se dirigen los esfuerzos, para no terminar en vanas promesas electorales.



     Cada dirigente se debe comprometer sin vedetismo, y desprovistos de toda especulación egoísta, en los temas que hoy preocupan tanto a la sociedad, para dar ejemplo de madurez y ser merecedores del respeto de la ciudadanía.

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