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7 de marzo de 2007
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Análisis

Emergencia de armas y superpoderes

El autor destaca varios aspectos para rebatir la campaña nacional de desarme de la sociedad civil. Se trata de un polémico tema que tiene cientos de aristas para analizar.

    La declaración de emergencia de tenencia de armas –sin distinguir legítimos usurarios de usuarios ilegales– se sancionó por un congreso adicto, con la complicidad disimulada de los bloques opositores.No sólo busca desarmar a la población, emulando lo practicado en Mendoza con menesteroso resultado, sino que abre el camino de los superpoderes.

    Extiende la cláusula gatillo de los superpoderes a “toda otra materia asignada por la Constitución Nacional al Poder Legislativo nacional que se relacione con la administración del país”, artículo 1, inciso f, Ley 26.135, o sea, a todo. Ahora, el Poder Ejecutivo tiene facultades legislativas en ese ámbito.

    Quien crea analizar seriamente la inseguridad así, se comporta como aquel que, viendo a un sabio astrónomo señalar el cielo, sólo mira el dedo. ¡Demasiado candor para una tragedia! Eliminar las armas legales es desarmar a los aliados, no al enemigo. Además, no mata la flecha, sino al arquero. Opinar que las armas provocan violencia es ignorar su necesidad ante el entorno hostil. En manos de los usuarios legales, sirven como herramientas de defensa.

    No debe temérseles como causantes de violencia, si no, todo sería repudiable cual un arma. Viendo morir más niños ahogados que por herida de bala, terminaríamos sucios y con las uñas largas, prohibidas las bañeras y las tijeras. Debe desarmarse únicamente a delincuentes. Al legítimo usuario le exigen antecedentes, pericia e idoneidad psíquica.

    Desarmarlos oficializará la indefensión, resignando el derecho primordial a la legítima defensa. Tan antinatural es, que invita a la desobediencia civil. Esta aprobación dio fuerza de ley a la confesión de impotencia del Estado ante la delincuencia armada. Es una grotesca respuesta al crecimiento de la impunidad. Mientras los legítimos usuarios protagonizan solamente 0,05% de los hechos dañosos armados, incluyendo accidentes, los delincuentes asisten, alegres y gozosos, al desarme de sus víctimas.

    Los delincuentes se proveen del mercado negro, surtido por robos a la policía y a armerías o particulares. Como sustrajeron 3.000 armas de un depósito oficial, ¿desarmarán a las fuerzas de seguridad? Ese facilismo aumentaría la eficacia del delito, abasteciendo al delincuente de víctimas indefensas. Oponerse al desarme pareciera políticamente incorrecto. Contrariamente, eliminar hasta los juguetes bélicos conlleva un aura dulzona de psicologismo.

    No obstante, dudo de que los delincuentes hayan jugado a los cowboy de niños. La psicología acredita que los sentimientos perniciosos se ahuyentan ensayándolos inofensivamente. Con la coartada de que desarmar honestos disminuye la inseguridad, se burlan de los ciudadanos. Asignándoles en la arena política la estupidez del toro, agitándole esta ley como roja capa, distrayéndolos.

    ¡Sin armas propias mejorará nuestra seguridad! Un placebo para incautos, obscena manipulación. Sólo epilépticos del concepto pueden sostener ese desfalco intelectual. Subvaloran a la ciudadanía. Además, ¿qué garantía ofrece el Estado, si es a quien más le roban armas? El mínimo exigible al Estado sería un Estado gendarme, solamente seguridad. Deudor tan básico, debería abstenerse de extravagancias para cumplir tan elemental prestación.

    Pero, no, impide la defensa propia. Quienes sostenemos que el Estado debe más que únicamente seguridad, tampoco renunciaremos al mínimo residual. Convivir con el peligro sin armas tienta la resistencia civil. Cuando deserta el Estado, dispárase la cláusula gatillo del pacto social de Rousseau. Quien no garantiza seguridad, no imposibilite la autodefensa.

    Aunque aparenta un liberalismo tiernamente progresista, la Red Argentina para el Desarme preconiza un ideario autoritario, beneficiando pecuniariamente a su impulsores. La violencia anida en el hombre, no en las armas, debe educárselo. Y desarmar a los delincuentes. Desarmar Australia aumentó los robos sin armas 28%; los homicidios, 29%, y el asalto armado, 73% (cifras del Bureau Australiano de Estadísticas).

    El pacifismo de los antiarmas engaña: todo régimen totalitario acude al desarme civil. Empezó Mussolini, seguieron Hitler y Stalin. Permanece en Cuba. La condición de ciudadano libre implica la posibilidad de armarse. En Suiza, los ciudadanos concurrían a votar a la plaza con su espada, símbolo de su carácter y habilitación. Nada desmereció a la Suiza neutral que su deporte nacional sea el tiro al blanco.

    Nuestra Constitución Nacional habilita armas a cada ciudadano, obligándolo eventualmente a armarse en defensa de la Constitución y la patria (artículo 21). La no beligerancia de Mahatma funciona como presión (moral) únicamente frente a alguien con pruritos, no de los asaltantes. Si vis pacem, parabellum (Si quieres la paz, prepárate para la guerra). Máxime cuando la autoridad ha cedido, en los hechos, el monopolio de la fuerza a los delincuentes.

    El régimen de armas de fuego argentino es eficaz contra el uso delictivo. No debe legislarse cediendo a la presión mediática de hechos catastróficos, magnificados por la noticia usada como mercadería. Casos aislados, no deberían influir con su profusa propalación. Alcanza un ajustado examen psíquico, acreditando habilidad y honestidad. Ejemplo para los otros países. Algunos deportes olímpicos utilizan armas, ¿deberían suprimirse? Lo perverso es mezclar miedo con un Estado desertor.

    Condimentándolo con la repetición infinita de la violencia por los medios de comunicación. Canadá –más armado, proporcionalmente– goza de mucha seguridad y menor violencia, pese al mayor porcentaje de armas por habitante. Incidentes aislados de locos armados no desmienten lo dicho, aunque la televisión exagere consecuencias.

    El Estado debería monopolizar la fuerza coactiva de la ley sin vedar jamás la defensa propia de sus habitantes. Mientras los delincuentes peligrosos proliferan sin riesgo de extinción, el Estado propone cazar –adentro del zoológico– una especie en peligro de extinción: los honestos. Si no fuera tan trágico, sería para acusarlo de antideportivo.

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