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12 de febrero de 2007
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HUMOR

Elvira

Nos juntamos varias veces a charlar, en su oficina llena de orgullos: los muebles, la historia, la prosapia, si lo quieren; pero, fundamentalmente, los libros.

   Nos juntamos varias veces a charlar, en su oficina llena de orgullos: los muebles, la historia, la prosapia, si lo quieren; pero, fundamentalmente, los libros. Y nuestra charla versaba sobre lo que nos acontecía, como país, como grupo, como proyecto de vida en el lado sur de la vida. Siempre con sus ojitos inquietos y su mirada llena de luz, siempre con una sonrisa lista para suavizar conceptos o para ponerle un poquito más de luz a la esperanza.

   Era la directora de uno de los diarios de mayor importancia en todo el país y, sin embargo, ahí estaba, simple, llana, afectiva, sin demostrar ni un desliz de poder, ni el más mínimo gesto. Nuestras charlas por ahí se intelectualizaban, pero la mayoría de las veces no pasaban de las expresiones simples, de los buenos sentimientos que buscaban ser palabras.

   Aprender la obsesionaba, creo que, de haber podido, hubiese estado aprendiendo, leyendo, estudiando hasta el último día de su vida. Era enteramente sentimiento y así lo expresaba sin vueltas, con suavidad, con sencillez, con amistad. Tuve la oportunidad en mi vida de estar con muchos poderosos y, sobre todo, con muchos poderosos de los medios de comunicación, llenos de ínfulas, de desplantes, mostrando a cada momento su chapa de sheriff de la comunidad.

   Por suerte, ella era distinta, de otra raza, de aquellas personas que sabían que el poder, el verdadero poder, está en la humildad y no en la ostentación de poder. Me quedo con aquellas charlas y con mi admiración intacta. Ya no está con nosotros, Elvira, pero en nuestro espíritu sigue sonriendo, sigue sonriendo.

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