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14 de agosto de 2019
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El poder político, los medios, la realidad y las audiencias

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Los medios influyen pero cuando la sociedad, en su mayoría, decide tomar un camino, no hay fuerza mediática, política, económica o de cualquier naturaleza que la frene.

Tan cierto e incontrastable como que la gestión de Mauricio Macri sumió a millones de argentinos en la pobreza producto del resultado de las políticas económicas que se aplicaron desde el arranque mismo de la gestión, todo agravado desde que se desatara la crisis cambiaria en abril del 2018, es que el gobierno que lo antecedió, el kirchnerismo, padeció el trastorno obsesivo por controlar y dirigir a la prensa hacia los intereses estrechamente ligados con su propia administración. Ambos hechos configuraron un hito, una suerte de mojón –entre otras particularidades, claro está–, que caracterizó a cada una de tales gestiones, poseedoras y representantes, a su vez, de visiones contrapuestas, disímiles, que fueron, en definitiva, las que alimentaron e hicieron crecer la fractura ideológica en la que se dividió el país.

El kirchnerismo se propuso terminar con lo que, creía, se trataba de uno de los principales escollos que le impedían tener un diálogo directo y sin intermediarios con los ciudadanos. El objetivo fue puesto en los medios, particularmente en los más poderosos, instalados en Buenos Aires con alcance nacional. Los llamó “medios hegemónicos” y contra ellos dirigió una Ley de Medios que durante el primer tramo de la gestión de Mauricio Macri fue derogada. Cristina Fernández de Kirchner, ex presidenta, senadora y aspirante a alcanzar la Vicepresidencia con Alberto Fernández como candidato, batalló contra los medios a los que creyó absolutamente influyentes sobre la mente de los ciudadanos argentinos y el principal escollo para que la misma ciudadanía avalara y apoyara cada una de las medidas que fue tomando a lo largo de sus dos períodos de gobierno. Siempre atribuyó a esos medios ser los responsables y principales causantes de cierto malhumor que las encuestas reflejaban contra su gobierno; un malhumor que la realidad demostró, en reiteradas oportunidades, no era tal. Dicho de otra manera, si Cristina tenía enfrente y contra su gobierno a los medios más poderosos e influyentes del país, esa fuerza contraria, ese repiquetear constante de la prensa en su contra, no siempre se tradujo en un movimiento social adverso a lo que hacía desde la Casa Rosada. Sin embargo, Cristina se valió de esa supuesta influencia poderosa de los medios para asumirlos como los enemigos de la patria, de su gobierno, de las conquistas del pueblo y de esa revolución socialista que creyó haber impuesto y solidificado como sistema, al menos, hasta que gobernó.

Los resultados de las PASO del domingo, analizados desde una óptica plagada de visiones conspirativas (como la que el poder político previo a Macri sostenía), echaron por tierra tal teoría; una teoría grabada a fuego por buena parte de los seguidores del kirchnerismo. Porque no se puede negar que durante la era Macri, la que todavía se transita, esos llamados todavía “medios hegemónicos” nunca arremetieron con fiereza en contra de su administración como evidentemente sí lo hicieron con Cristina. Y, así y todo, y pese a ese “blindaje mediático”, que según Cristina benefició a Macri, a sus ministros y a su gestión de manera integral, no influyeron –o fracasaron, si se quiere en ese objetivo– en la decisión de la mayoría de los argentinos que el domingo le dio un tremendo golpe a todo lo hecho por el Gobierno.

Los medios influyen, crean climas, muchas veces puede que hasta se cartelicen en contra de un determinado gobierno. Pero, cuando la sociedad, en su mayoría, decide tomar un camino, cualquiera sea, hacia la derecha, la izquierda o hacia el centro, no hay fuerza mediática, política, económica o de cualquier naturaleza que la frene. Ha quedado demostrado que no hay nada más fuerte y poderoso que la voluntad popular, la misma que el Gobierno no puede desconocer, ignorar o enfrentar, por más que le pese.

En el 2011, Cristina obtuvo 54 por ciento de los votos por decisión de la ciudadanía, así de simple, teniendo en contra a los principales medios del país. Cuando, en el 2015, Macri ganara las elecciones, el gobierno derrotado apuntó a una campaña mediática en su contra aquella situación. Incluso, Cristina llegó a manifestar, horas antes de dejar el poder y frente a una multitud en la Plaza de Mayo, que no creyeran lo que estaba pasando, que, en verdad, todo había sido impuesto por una realidad en su contra fabricada por los medios. El domingo, sin ir más lejos, desde el gobierno de Macri, aplastado por los votos en su contra, se salió a militar por algunas horas que no había existido elección alguna, que había que esperar hasta octubre. El absurdo en el que cae la política, muchas veces no tiene explicaciones válidas.

El escritor y periodista Alejo Schapire, en su libro La traición progresista, recuerda: “En el 2016, 90 por ciento de la prensa estadounidense hizo explícito su respaldo a la candidatura demócrata Hillary Clinton y llamó a bloquear la llegada del republicano a la Casa Blanca. En vísperas de la elección presidencial, de los cien diarios de mayor difusión en los Estados Unidos, 57 publicaron su endorsement a la ex primera dama, mientras Trump sólo obtuvo el de dos diarios, lo que constituyó el récord de la menor cantidad de apoyos en la historia norteamericana para uno de los dos grandes partidos. Y se trataba de los responsables editoriales de los diarios; probablemente, si este respaldo se hubiese resuelto por votación en las redacciones, el desequilibrio habría sido aún mayor. En cualquier caso, la contienda dejó expuesto un claro divorcio entre la visión de quienes confeccionan el relato informativo –que además fallaron a la hora de anticipar la victoria republicana– y los electores”.

Ni tanto ni tan poco. Los medios pueden tomar posturas; sus periodistas, asumir como propias ideas políticas o militar hacia un lado o hacia otro y, cuando lo hacen, dejan de lado en verdad su misión como periodistas. La realidad es la realidad y lo que un medio no puede ni debe hacer es intentar desviarla o contarla de una manera contraria a lo que es. Y eso, la audiencia lo sabe.

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