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24 de septiembre de 2006
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El pasado nos condena

A esta altura, se espera que la Justicia determine si los lamentables hechos de violencia en la quinta San Vicente fueron armados para perjudicar al presidente o fueron fruto de disputas internas entre sindicatos

    A esta altura, se espera que la Justicia determine si los lamentables hechos de violencia en la quinta San Vicente fueron armados para perjudicar al presidente o fueron fruto de disputas internas entre sindicatos. Lo concreto es que mostraron al mundo la peor cara de un peronismo que se creía perimido. Las mismas cámaras de televisión a las que apela Néstor Kirchner para comunicarse con el pueblo dejaron al descubierto que, después de más de 30 años, se siguen usando palos, piedras y armas de fuego para resolver las diferencias.

    Los afectados por los sucesos de San Vicente fueron todos los argentinos, quienes sintieron miedo de una vuelta al pasado, el Gobierno nacional, que recibió de rebote el rechazo popular, y, sobre todo, Felipe Solá, quien vio cómo se derrumbaban, con los cascotes y las balas, sus aspiraciones reeleccionistas. Pero no hay que olvidar que el mayor afectado fue, precisamente, el hombre a quien se quiso homenajear: Juan Domingo Perón, el líder político de mayor influencia en el siglo XX que tuvo Argentina.

    Después de un silencio de 24 horas, Kirchner afirmó que lo sucedido estaba armado para perjudicarlo. Un par de días después y sin desdecir esta afirmación, apuntó hacia los responsables de los disturbios, pero sin hacer referencia directa a ningún sector gremial o político. Mientras en la CGT sube peligrosamente la temperatura y existe el serio peligro de una renovada puja por el poder sindical, el presidente advirtió que los argentinos están “hartos y cansados” de ver pelear a sus dirigentes.

    Es cierto, pero no sólo hartos de peleas violentas entre facciones gremiales, sino hartos también de palabras altisonantes desde el poder, de reproches públicos por el pasado y pocas acciones concretas para transitar el futuro sin rencores. Más allá del costo político que tendrá que pagar por la violencia, Kirchner tiene por delante un problema grave: no romper lanzas con Moyano y tratar de apuntalar su permanencia en la CGT para evitar que un mal mayor se haga cargo de ese estratégico puesto, como puede ser Luis Barrionuevo o alguno de los “gordos” históricos que cuenten con su bendición.

    El presidente no puede darse hoy el lujo de permitir que los sindicatos disputen el poder en la central obrera a través de una demostración de fuerzas. En otras palabras, no hay gobierno que pueda soportar en estos momentos paros salvajes y simultáneos de varios gremios poderosos. Mientras que el Gobierno hace un profundo análisis de los pasos a seguir para evitar que la disputa sindical lo vuelva a salpicar y lo afecte más, en la Rosada siguen con minuciosa atención lo que ocurre en Misiones.

    No es un tema menor, ya que el domingo 29 se votan allí convencionales constituyentes y Kirchner se jugó con todo por la continuidad del actual gobernador, Carlos Rovira, quien tiene al obispo Joaquín Piña en la vereda de enfrente. Misiones será una prueba fundamental, porque el resultado de esta elección marcará hasta dónde el presidente puede impulsar el voto a favor de sus candidatos en otras provincias que están a la espera de sus propias reformas constitucionales.

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