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26 de junio de 2022
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Columna

“Nos tienen acá adentro para que los mapuches no salgan y rompan El Bolsón y Bariloche"

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Martín Feilberg durante una de las audiencias.

Martín Feilberg perdió ya 10 kilos en los últimos 36 días desde que comenzó su huelga de hambre.

Está a punto de decidir no tomar más ni siquiera agua.

Sabe que eso lo matará.

Pero no le importa.

Ya no quiere más.

La historia comienza el domingo 21 de noviembre del año pasado y no de la mejor manera.

Quizás fue una señal.

Cuando Martín Feilberg y Diego Ravasio se subieron al Duna rojo, pintado con una franja roja que Diego había comprado usado un mes antes, vieron que tenían una cubierta pinchada. Tuvieron que esperar dos horas para que abriese el único gomero que trabajaba en domingo en El Bolsón. Después, compraron unos chorizos, unos panes y salieron para la Cuesta del Ternero.

Estaban trabajando en forestación y deforestación, en la empresita que habían montado los dos, meses antes de la pandemia. Un emprendimiento que les vino muy bien porque el 20 de marzo del ‘20 cuando todo cerró, el negocio de venta de uniformes que tenían en Esquel, donde vivían, se fue a pique.

Por suerte habían tenido la idea de fundar “General Simón”, y después de los incendios en el sur tomaron varios trabajos. Habían conseguido incluso que unos españoles, interesados en negociar bonos de carbono, les pagaran para reforestar lo quemado. Ponían pinos, cosa que no está bien vista por no ser una especie autóctona, aunque tiene varias ventajas: el pino genera mucho oxígeno y al usar su madera, se previene de que no se extraigan árboles autóctonos más viejos e invaluables.

Pero eso era un detalle ese día.

Lo que tenían que hacer era trabajar en el terreno de Rolando Rocco, al que habían conocido a través de Guillermo Melzner. Melzner trabaja en la delegación de El Bolsón del Ministerio de Agricultura de la Nación, conocía el trabajo de Diego y Martín y se los recomendó a Rocco. Había visto cómo los muchachos habían desmontado 14 hectáreas a mano en Esquel, cortando los rollizos, levantando y acopiando todo a mano, sin bueyes ni tractores.

La pandemia los había quebrado económicamente pero no anímicamente.

La empresa estaba funcionando aunque era un trabajo tan pesado que nadie lo quería hacer. Negros de hollín, si se sonaban la nariz parecía un pozo petrolero. Quizás por eso en una localidad como Esquel, con muchas necesidades, aunque todos sabían lo que hacían Diego y Martín, durante todo el año que estuvieron forestando y deforestando, nadie les pidió trabajo. El 80 de los trabajadores en Esquel viven del Estado.

Sin embargo, el 21 de noviembre del 2021 las cosas estaban bien.

La empresita estaba creciendo.

El día anterior habían ido a ver una estancia que los quería contratar. Iban a tomar gente para cortar leña y para el acopio. Lunes o martes iban a empezar. Soñaban con los primeros 600 mil pesos que cobrarían en pocos días y que podrían invertir en más maquinaria.

El campo de Rocco, de 2500 hectáreas -ellos debían trabajar en sólo 600- está de los dos lados de la ruta provincial 6, se puede entrar tanto por El Bolsón como por El Maitén. Ese campo había sido usurpado en septiembre del año pasado por supuestos mapuches, bajo el nombre de Lof Quemquemtreu. Por eso debieron discontinuar su trabajo, que había comenzado en mayo. En octubre consiguieron permiso de la policía para entrar por El Maitén, lo que los obligaba a una vuelta más grande -ya que ellos, a pesar de vivir a 160 kilómetros, en Esquel, solían quedarse en El Bolsón para arreglar sus maquinarias- pero así evitaban pasar por el retén de los usurpadores.

Unos días antes, volviendo de esa estancia que habían ido a ver porque los querían contratar, notaron algo extraño.

La toma ya no estaba más.

Ni acampe, ni esas tolderías precarias que habían puesto los usurpadores en apoyo de quienes estaban más arriba.

Habían sacado los nylons de las carpitas, quedaron los palos y no había nadie. Sólo restaba el retén de la policía, donde les dijeron que sin explicar nada, los usurpadores se habían ido.

Nadie entendía por qué después de más de 50 días, levantaron todo de un día para otro.

Por eso ese domingo 21 de noviembre, llegaron al retén de El Bolsón, se identificaron ante la policía, pasaron.

Martín cortó 15 rollizos mientras Diego se puso a hacer unos choripanes. Comieron y decidieron subir hacia la zona en la que había estado la toma, una zona que ellos no habían podido conocer, a 800 metros de ahí, y que los lugareños aseguraban, tenía mejor acceso y mejor madera.

Quedaban sólo las huellas de la toma: árboles cortados puestos horizontalmente en el camino y, atrás del ramerío, alambres atados de un árbol a otro, a la altura de los tobillos y del cuello. Imaginaron que los habían dejado como trampa por si entraba la policía. Había uno de esos cada 60 metros, más o menos.

Una hora estuvieron Diego y Martín cortando los alambres, ordenando el paso. Lo que se suponía había sido una toma con mucha gente era ahora sólo árboles cortados, alambres, palos ya sin el nylon negro.

De pronto escucharon algo como un dron, pero más fuerte que un dron común. No lo sabían entonces, era un dron de la policía.

Obviamente les llamó la atención. Si la misma policía les dijo que no había nadie, ¿qué hacía ese dron ahí? Se miraron y se dijeron “vámonos”.

No terminaron de decir eso cuando se les vinieron encima, salidos del bosque, entre 8 y 12 personas, encapuchadas.

Sólo se le veían los ojos.

Los muchachos quedaron paralizados.

Entonces no era cierto que no hay nadie.

Ante las preguntas de los usurpadores, qué hacían, si eran policías, por qué estaban con una carabina los muchachos se identificaron, dijeron que eran cazadores y que por eso Diego estaba con una carabina.

Entonces Gonzalo Cabrera, uno de los usurpadores, gritó “de acá no se va nadie” y lo apuntaron con un arma a Diego. Martín asegura haber visto el arma. Diego se cubrió la cabeza y bajó la carabina. En ese momento, Gonzalo Cabrera se le abalanzó e intentó sacársela, agarrándola del caño. En el forcejeo, salieron dos disparos.

Uno pegó en el estómago de Cabrera; el otro, lo sabrían después, es el que mató a Elías Garay, que estaba en el grupo. En ese momento, no lo vieron.

Martín miraba toda la escena, aterrado, a cinco metros de distancia.

Salió del bosque una mujer gritando: “¡No!, ¡No!, ¡No!”.

Martín agarró del hombro a Diego y le gritó: “¡Flaco, corré!”

Corrieron los 800 metros que lo separaban del Duna rojo.

En esa fuga es que a Diego, que se cae dos veces, se le pierde la carabina, sólo lo notaría ya en el coche.

En shock, no le avisaron a nadie que se iban.

Salieron urgente para Esquel.

Martín llegó a su casa, subió a su esposa y a su hijo de 6 años al auto y se fue para Comodoro Rivadavia, donde vive una de sus hijas.

Se fue porque suponía lo que se venía.

Los usurpadores son violentos y la venganza estaba ahí nomás.

Todavía no sabía que había fallecido Elías. La hermana de Elías culpa a los usurpadores, dice que usaron a su hermano con cuya lucha nunca estuvieron de acuerdo. Ver https://www.elsol.com.ar/opinion/el-incendio-inminente

Mientras iba a ponerse a disposición de la justicia en la comisaría 1ª de Comodoro Rivadavia leyó las noticias. Ya la directora del INAI había lanzado un comunicado hablando de “represión con balas de gomas” y convocando a la población a la plaza de El Bolsón, donde comenzaron desmanes violentos.

Se instalaba un relato muy distinto al de Diego y Martín.

Allanaron la casa de Martín y de Diego, pero no el lugar donde ocurrieron los hechos, los usurpadores no lo permitieron.

Aún hoy no aparecieron ni la carabina ni el dron.

A Martín lo llevaron a Esquel, de ahí a El Bolsón y de ahí a Bariloche, donde los alojaron en distintas comisarías, la 36 y la 27.

El 26 de noviembre, el juez de Garantías Víctor Gangarrosa formuló los cargos de delitos agravados por el uso de armas de fuego, ordenó la prisión preventiva para Diego y Martín al considerar que había riesgo de fuga y entorpecimiento de la investigación.

Dispone de un plazo para la investigación de cinco meses.

O sea, debía finalizar el 26 de abril del 22.

Según el fiscal Francisco Arrien, los muchachos entraron a la Cuesta del Ternero portando dos armas de fuego y dispararon con intención de darle muerte a Cabrera y Garay y luego, huyeron.

La fiscal Betiana Cendón les preguntó, irónica, “¿No había posibilidad de cazar liebres en otro lugar que no fuera donde estaba la comunidad?”.

Ya allí notaron que todo el aparato del Estado ya tenía un relato de mapuches buenos y sicarios malos.

Y que no se movería de ahí.

En la primera declaración en sede judicial, tres usurpadores aseguran que Diego y Martín les dispararon. Esa declaración consta en el expediente.

Sin embargo, hay una segunda declaración en donde las mismas tres personas reconocen que Diego y Martín no sólo se identificaron, dijeron que querían irse antes de los disparos y que Gonzalo Cabrera, que terminó herido, se abalanzó sobre Diego.

Esa declaración, que coincide totalmente con la de los acusados, también consta en el expediente.

Sin embargo, Martín y Diego siguen presos, lejos de sus familias y prácticamente incomunicados.

La preventiva era por cuatro meses.

La extendieron por un mes.

Después por dos meses más.

El sábado se cumplieron siete meses desde que Martín y Diego están en una celda en el Penal 1 Provincial de Viedma. 23 horas por día están en la celda. Apenas salen una hora diaria al SUM y solos, porque el servicio penitenciario cree que es posible que se produzca en la cárcel la venganza a la que Jones Huala llamó apenas ocurridos los hechos, desde Chile, donde cumplía condena por quemar chacras con los puesteros atados a los árboles y envió una carta a “su pueblo” donde pedía “que ninguna muerte sea en vano, que la sangre sea vengada y la tierra recuperada sean más que consignas, que las balas se van a devolver, sea más que un cantito”. Esta es nuestra tierra y nos cobija, pero así como matan los invasores a nuestra gente, que esta sea la tumba del capitalismo”.

Hoy Jones Huala está prófugo, en algún lugar del sur argentino o chileno.

Hubo ya 18 audiencias.

La peor para los dos trabajadores fue la primera donde aún con el shock por lo ocurrido, fueron acusados de homicidas, asesinos a sangre fría. En las demás, debieron soportar la sorna con la que la abogada de los usurpadores y la propia fiscal se dirigen a ellos y a sus abogados.

A mitad de mayo, una asistente social hizo un estudio socioambiental en la casa de Comodoro Rivadavia donde vive la esposa de Martín. Recomendó que el muchacho siga preso porque no estaban dadas las condiciones para la domiciliaria, porque no hay en la casa un adulto que garantice que Martín no se fugue.

El informe, dice Martín, es mentiroso porque allí se asegura que nunca tuvo trabajo estable y él siempre tuvo trabajos estables.

Era la última esperanza que tenía Martín de esperar el juicio con su esposa y su hijo de 6 años que aún no sabe que está preso: cree que está trabajando y todos los días le pide que vuelva.

Ahí decidió hacer huelga de hambre.

Pide poder esperar el juicio en prisión domiciliaria o al menos, al menos que le den una fecha para el juicio.

Aunque desconfía de la justicia provincial y sus jueces, está convencido de que allí quedará demostrada su verdad y que (sic) le devolverán su vida.

Su abogado, el doctor Ernesto Saavedra hizo un pedido de Per Saltum a la Corte Suprema de la Nación. La presentación fue aprobada.

Hay algo muy noble en el relato de Martín.

Podría decir “en todo caso, el arma la tenía Diego, yo sólo estaba ahí, no me corresponde más que ser testigo”.

Sin embargo, no aduce eso, no pide desligarse de la suerte de su amigo de más de 20 años, al que nunca había visto llorar y con el que ahora comparte la celda mientras a Diego le dan ataques de pánico.

-¿De verdad no te importaría morirte?
-Después de lo que pasó el 21 de noviembre -dice a El Sol desde su celda- se lo pregunto a cualquiera: ¿qué es peor? ¿Morir por una injusticia o vivir con una injusticia? No voy a aguantar dos años con preventiva porque no cometí ningún delito. Si lo hubiera cometido, me callo la boca, pero no cometí ningún delito. Porque vivir en un penal, sin poder estar con tu familia; pasar el día del padre sin poder estar con tu hijo o con tu padre sólo para hacerle el caldo gordo a los políticos. Hoy soy una carga emocional y una carga económica para mi familia. Se acabó. Mi abogado dice que espere hasta ver qué contestan, sólo porque él lo pide todavía no estoy haciendo una huelga seca, pero si esto sigue así ni voy a tomar agua, listo, se acabó, de acá me tienen que sacar vivo o muerto, no me importa. Yo tomo la decisión de comenzar la huelga, si con todas las pruebas y contrapruebas de la inexistencia de elementos probatorias en nuestra contra, más los mismos testimonios de ellos que dicen cómo ocurrieron las cosas, la decisión de terminar la huelga es de ellos. Hago responsable al Poder Judicial de Río Negro y al ejecutivo provincial y nacional, que van de la mano. Diego no hace huelga de hambre porque se lo pedí yo, si me descompenso es la única persona con la que estoy las 24 horas. La verdad, me quiero morir. Voy a ser abuelo por primera vez en octubre. Tengo 5 hijos, cuatro de sangre y uno que adopté. No es por mí, ¿cuánto me queda? Cumplo 50 este año pero cómo voy a dejar un apellido sucio, por mis hijos, por mis nietos. No tenía ni una multa de tránsito. Amo El Bolsón, era mi lugar. No puedo dejar que porque le tienen miedo a un grupo de violentos me dejen acá adentro. Lo que esté a mi alcance lo tengo que hacer.

-¿Qué responsabilidad tiene la gobernadora de Río Negro, Adabela Carreras?
-Si la tuviese enfrente le diría que es una cobarde, aparte de corrupta. Pero primero cobarde con mayúscula, porque le tiene más miedo a los mapuches que a Dios. Tenía la orden de dos jueces de desalojar Cuesta del Ternero y no lo hizo.

-¿Te considerás un preso político?
-Obvio, nos tienen acá adentro para que los mapuches no salgan y rompan El Bolsón y Bariloche.

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