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12 de septiembre de 2021
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Columna

La muerte en bicicleta

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Magalí Morales.

El 4 de abril de 2020, Celeste Morales desde Mendoza habla por teléfono con su hermana, Magalí, que hacía tres años se había ido a vivir a Santa Rosa del Conlara; una localidad con poco más de diez mil habitantes, justo en el hombrito de la provincia de San Luis, ahí donde se apoya la provincia de Córdoba.

-El Nicolás va a ser papá, acá en Mendoza -le dice Celeste a Magalí, refiriéndose al sobrino de ambas- así que vas a tener que venir a verlo. -Para mí va a ser varón -contesta Magalí- ¡Ya tengo ganas de conocerlo!

Mirá, cuando pase todo esto de la pandemia, te tenés que venir, organizate y vení, así lo traés al Nacho (el hijo de Celeste).  Hay unos lugares hermosos acá, que los chicos pueden disfrutar. Quiero que el Nachito conozca este lugar.

Según las autoridades, al día siguiente de esa charla sobre el futuro, Magalí Florencia Morales se suicidó en una celda, sin ningún motivo.

Según le contó a Celeste el comisario Heraldo Clavero, responsable de la Comisaría 25 donde ocurrieron los hechos, Magalí fue detenida el 5 de abril del 2020 por ir borracha, en contramano en bicicleta por las calles del pueblo en medio de la cuarentena más estricta.

El DNU 297/20 era claro, Aislamiento Social Preventivo Obligatorio. Nadie podía circular.

Según Celeste, su hermana había salido a comprar víveres para sus dos hijos y su nietita, con quien vivía. Para eso, antes debía pasar por la comisaría porque su amigo Javier Sosa, que trabajaba allí, tenía la tarjeta de débito con la que iba a comprar esos víveres.

¿Fue detenida por incumplir la cuarentena o fue a la comisaría por voluntad propia a buscar a un amigo? La comisaría queda en una esquina, enfrente está la plaza; en la otra esquina, una sucursal del Banco Supervielle.

Según el comisario Clavero fue ahí donde se produjo la detención. Sólo cuatro meses después los familiares consiguen la orden para poder ver las cámaras de seguridad de la zona. Por el tiempo transcurrido, sólo se conserva la del banco.

Allí se ve que no hay tal detención. Que Magalí entra voluntariamente a la comisaría. Y ahí, se termina el registro.

La cinta se apaga y ya no se ve nada más. Todo es confuso y oscuro desde ese momento.

En el pueblo de Magalí se podía salir a comprar víveres de acuerdo a la terminación del DNI. El número de Magalí era impar y ese domingo sólo podían salir pares. Le avisan entonces que quedará detenida por violar el ASPO.

Según el comunicado del poder judicial puntano, Florencia trata de escapar pero es interceptada por la agente Yohana Torres y el oficial principal Marcos Dionisio Ontiveros. Hay un forcejeo, la situación se desmadra e interviene un tercer policía, el oficial Daniel Mancilla. Llevan entonces a Magalí al Hospital Santa Rosa antes de reingresarla a la comisaría.

Allí la atiende la doctora Daniela Fogel que declara que Magalí no presentaba lesiones en el cuerpo que delatara un enfrentamiento violento con tres policías, ni indicios de haber consumido sustancias y se encontraba psicológicamente bien por lo que no vio necesidad de recetarle ningún calmante. Magalí estaba enojada porque sus chiquitos habían quedado solos pero no estaba furiosa ni violenta.

Nancy, una amiga de Florencia, se entera y le lleva una mochila con ropa, unas empanadas pero no dejan que la vea. Entonces vuelve a cuidar a los chicos que habían quedado solos. Pasan las horas y Nancy decide llamar a Celeste a Mendoza: “Tu hermana está presa por lo de la cuarentena. No me dicen nada porque no soy familiar directo. Pero hay mucho movimiento raro en la comisaría, ¿por qué no llamás?”.

Eran las 8 de la noche del domingo 5 de abril de 2020. Siete veces llama por teléfono Celeste a la comisaría 25.  Le dicen que no la pueden atender y a pesar de su insistencia, no se dan a conocer. Otras veces, directamente le cortan.

Finalmente Celeste, enojada, consigue que la agente Yohanna Torres la atienda, dé su nombre y le conteste: “No le puedo dar con su hermana ahora porque está declarando”.  Eran las 23.30.

Oficialmente, a Magalí la encuentran muerta en su celda a las 19.30. Hacía cuatro horas que sabían que había fallecido pero le dicen a su hermana que “estaba declarando”.

A las dos de la mañana del lunes 6, finalmente el comisario Heraldo Clavero habla por teléfono con Celeste, quien todavía tiembla al recordar la liviandad de las palabras del oficial: “Mire a su hermana la detuvimos en la vía pública y la tiene que venir a buscar a la morgue porque decidió suicidarse”.

Sólo eso. Venga a buscarla porque decidió suicidarse. Eran las tres de la mañana cuando Nicolás -el sobrino que iba a ser padre y que le había dado a Magalí una de sus últimas alegría - y Celeste salieron en coche desde Mendoza para cubrir los 460 kilómetros hasta Conlara.

Llaman al Comisario Clavero para decirle que llegarían a eso de las 8 de la mañana. La respuesta, cínica como todo lo demás: “No vengan tan temprano, no va a haber nadie, vamos a estar durmiendo”.

De cualquier manera, los planes no se cumplen. En el Arco del Desaguadero que demarca sobre la ruta nacional 7 el límite entre Mendoza y San Luis, Celeste y Nicolás son retenidos siete horas. No los dejan entrar a San Luis, pese al permiso obtenido.

Siete horas en las que no pueden bajar del coche para ir al baño o conseguir agua caliente para tomar mate.
Tiempo suficiente para que Clavero no sólo descanse sino para que el criminalista Eduardo Alonso, y el secretario del Juzgado en turno, Valentín Fornasari presencien la autopsia que realiza el médico forense Gustavo Lafourcade Durán.

Una autopsia que no incluye examen de genitales “porque yo estaba investigando un suicidio, no un abuso”, como declara después el forense. Por investigar un “suicidio” es que no se aplica el protocolo de femicidio.

Celeste y Nicolás logran entrar a la provincia, escoltados por un auto de la policía provincial que iba cambiando en postas en donde autos y policías eran reemplazados. Perdían dos o tres horas en cada una.

Llegan finalmente a las 5 de la tarde. Los llevan directamente a la comisaría, pese al deseo de Celeste de encontrarse primero con sus sobrinos. Allí Celeste ve por primera vez a los ojos a Clavero, quien le dice “su hermana pateaba la puerta, gritaba, los vecinos nos venían a preguntar qué pasaba”.

Cuando piden ver el cuerpo de Magalí, no se lo permiten.  Cuando van a la casa de Magalí a ver a los chicos, una camioneta policial los sigue.  Cuando salen a buscar algo de comida, otra vez la camioneta policial.

Al día siguiente, van Nicolás, Celeste y el padre de uno de los niños de Magalí hasta Concarán, donde se encuentra la morgue.  Allí, otra situación absurda.

Hasta hoy Celeste no sabe si quien los atendió era alguien del personal de limpieza o quien, porque no quiso siquiera identificarse. Tuvieron que insistir mucho para que los dejaran pasar a ver sólo la cara de Magalí, envuelta por uno de esos sacones azules del covid.

Cuando vuelven a Santa Rosa de Conlara se enteran que, rápido, Clavero había hecho varias gestiones. Una era conseguir que la municipalidad pague los servicios y la casa velatoria. Otra, que Celeste pueda llevarse a los niños. Otra, un permiso para volver sin problemas a Mendoza. De golpe, Clavero se convierte en la persona más amable del planeta.

Celeste pide entonces la ropa con la que Magalí entró en la cárcel, y la mochila que Nancy le había alcanzado la mañana de la detención, para vestir el cadáver de su hermana.  Otro misterio.

La ropa con la que Magalí fue encontrada no era ni la que llevaba cuando entró en la comisaría ni la que le llevó Nancy en una mochila. Diecisete meses después, ni esa ropa ni la mochila aparecen por ningún lado.

Las mujeres policías que la trataron, aseguraron que Magalí se cambió de ropa porque estaba menstruando. La necropsia hecha en noviembre a pedido de la familia, no indica que estuviera menstruando.

No dejan a Celeste vestir el cuerpo de su hermana, ni verlo siquiera, pero le prometen que van a poder velar el cuerpo envuelto de Magalí durante dos horas. Sin embargo a los quince minutos un policía, de malos modales, entra a decirles que “por órdenes de arriba” tienen que cerrar el cajón y la casa velatoria. Que se tienen que ir. Apenas se retiran, ven al policía sacar fotos del cajón y de la casa velatoria cerrados.

Al llegar al cementerio, otra camioneta policial esperándolos, otro policía que los quiere obligar a irse.

Como despedida, Clavero les dice: “No me llamen esta semana, llámenme la semana que viene y les digo dónde la pueden cremar, así se la llevan más fácil, en una cajita, en el colectivo”.

Con cuentagotas, Celeste va rearmando -sola, sin ninguna ayuda estatal o de ONGs- retazos del día en que mataron a su hermana. Nunca creyó en el suicidio.
Un hombre que estaba detenido el mismo día pidió permiso para ir al baño. Lo hicieron orinar en el piso de una celda. Poco más tarde encerraron a Magalí en esa celda orinada, descalza.

A los otros presos que estaban en las celdas cercanas a Magalí los agentes se los llevaron entre las 17.30 y 18 a otro sector, adonde los dejaron hasta pasadas las 23. En la zona de los calabozos, sólo quedó Magalí.

Celeste vio moretones en la cara de Magalí pero éstos no constaban en el informe del forense Lafourcade. Los abogados piden entonces un segundo reporte, donde habla de múltiples lesiones en los miembros superiores e inferiores y en la zona pélvica. Nada de esto constaba en el primer informe. Por eso, los abogados de la familia piden una necropsia.

En ese momento aparece la por entonces Presidenta del Supremo Titular de Justicia de la Provincia de San Luis, la Dra. Lilia Novilla declarando que “ya quedó demostrado por tres peritos que esa chica se suicidó”, y por lo tanto la justicia no pagará la necropsia. Que lo pague la familia, dice, para el Juez Osvaldo Pintos no hay dudas de que fue un suicidio, así lo dijeron los tres peritos.

Cuenta Celeste que finalmente por insistencia de los familiares, la necropsia la paga la Secretaría de la Mujer de San Luis, que anuncia orgullosa que además se hacen cargo del apoyo sicológico de la familia. “Eso es mentira -afirma Celeste ahora- me atendió una chica divina, pero apoyo sicológico no tuvo nunca mi familia, nadie nos dio”.

La necropsia llega siete meses después, el 4 de noviembre del 20 y ahí constatan la presencia de moretones y, lo más curioso, el faltante de dos músculos y una arteria del cuello.

La calificación pasa de “suicidio” a “muerte dudosa”.

Finalmente el 16 de diciembre y pese al juez Osvaldo Pinto, que atrasó todos los pasos procesales todo lo posible y lo imposible, los familiares declaran en la causa.

“Estamos peleando contra un sistema que está mal barajado, el defensor José Pérez que no sabía a quien defendía sostiene que es suicidio. El fiscal Roberto Silvestre entró y salió de la causa, cambiaron varios fiscales. Al final Pérez y Silvestre dijeron que los policías habían cometido delitos menores y pidieron una multa de 750 a 12.500 pesos” cuenta triste Celeste Morales.

La Secretaría de Derechos Humanos de la Nación tomó conocimiento del caso y ya desde mayo del ’20 una persona de la delegación San Luis de la Secretaría -a quien Celeste no identifica- se acercó sin realizar un solo trámite. Sólo estuvo cerca para enterarse de cómo iban las cosas. También por propia iniciativa, Celeste consigue hablar con “alguien del ministerio de justicia” de la Nación, que finalmente se desliga y le aconseja tratar todo “con la gente de derechos humanos”.

Sin que el caso consiga repercusión nacional, recién en abril del ’21, a un año de los hechos y cuando Naciones Unidas estudia incluir el caso como femicidio y violencia institucional, la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación pidió ser incluida en la causa como querellante.

Celeste pidió innumerables veces ser recibida por el gobernador de San Luis, Alberto Rodríguez Sáa, por el ministro de justicia de San Luis, por el presidente de la Nación. Lo pidió a su contacto del Ministerio de Justicia, a la Secretaría de Derechos Humanos

La respuesta es obvia: indiferencia absoluta. “No le manejo la agenda al presidente, que está muy ocupado”, le dijeron.

“Tanto tienes, tanto vales -se lamenta ahora Celeste-. Porque son actrices, porque son famosos, los reciben y yo que soy una simple laburante, mis viejos que son simples jubilados, nada. No es sólo lo de mi hermana, está lo de Solange, lo de Abigail, lo del chico Maranguello, lo de Espinoza, porque son simples laburantes no nos reciben. Me dolió muchísimo que sacaran las piedras de la plaza. Eso es otra cosa que duele. Siempre respeto el dolor, como el dolor de las Madres de Plaza de Mayo, pero la plaza es de todos, mi hermana y mi mamá, también son madres, su dolor no es distinto. Me mandaron fotos con varias piedras que pusieron por Magalí en las dos marchas. Me hubiera gustado que una madre de Plaza de Mayo me llamara. Tengo una bronca terrible, ves esas fotos de las fiestas del Presidente y acá se cometieron estas locuras. Mi agradecimiento es eterno a los autoconvocados, a quienes piden por la justicia por mi hermana, a los periodistas que le dieron trascendencia porque sino no pasaba nada. Por Solange, por Guadalupe. Mucha gente murió por Covid pero muchos también por negligencia. No somos partidarios, sólo pedimos justicia para nuestros familiares no muertos por Covid sino por un sistema mal gestionado”.

El caso no alcanzó aún relevancia nacional, pese a algunas notas en medios importantes, ni fue tomada como causa y bandera por organizaciones de alcance nacional más allá de las marchas que sí organizan feministas y organizaciones de derechos humanos en Santa Rosa de Conlara y la atención con la que sigue el caso la prensa de izquierda.

El Ministerio de la Mujer de la Nación no se dio por enterado.

Magalí salió a buscar comida para sus hijos.

Desafió un DNU presidencial.

Si el Olivosgate fue un error, lo de Magalí, también.

Como dice Carla Vizzotti, todos cometimos errores en la cuarentena.

Claro, algunos no tienen posibilidad de reconocerlo.

Los mataron.

Como a Magalí.

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