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4 de septiembre de 2006
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TEATRO

El matrimonio y sus demonios

La obra Hasta aquí llegó mi amor se convirtió en una puesta ágil y realista.

    Un matrimonio, una mentira, conflictos comunes a muchas parejas y la trasformación de ambos sujetos con el paso de los años son los puntos en los que recae Hasta aquí llegó mi amor, la obra protagonizada por Raúl Rizzo y Soledad Silveyra, que se presentó el sábado a la noche en un teatro Mendoza colmado de público.

MATRIMONIOS Y ALGO MÁS. La comedia, cuya virtud es abordar reflexiones a partir de una mixtura que comprende humor, muy bien logrado, que no suena socarrón sino más bien metafórico, se centra en la historia de Cecilia (Silveyra) y Alfredo (Rizzo), una pareja en crisis, con todo lo que ello acarrea: hacer frente a la soledad típica de cuando el nido queda vacío, afrontar el cruel paso de los años seguido del desgaste matrimonial y, por encima de todo, intentar reconstruir la pasión perdida. El disparador de los conflictos es una infidelidad cometida por Alfredo, un marido bastante egoísta.

    Así, Cecilia ve cómo cae a pedazos el dichoso pacto de verdad hecho el día en que se dijeron sí para siempre, situación que él aprovecha para confesar que está decidido a abandonar el hogar. La resolución lleva a la mujer a un cambio profundo, típicamente femenino. Silveyra, excedida de peso (una buena caracterización que rompe con la imagen de mujer esbelta con que se identifica a la actriz), frustrada, sin marido, con los hijos mayores fuera de casa y sin amigos, emprende el camino de regreso, mientras él se dedica a recobrar el tiempo perdido.

    La obra muestra la transformación de ambos personajes con situaciones arquetípicas en medio de un texto cotidiano pero conmovedor. Y ese es el mayor mérito del escritor de la obra, Ismael Hase, idear una pieza que desde el título mismo establece reflexiones conocidas pero que, por la correcta y ágil forma en que están tratadas, logran en el espectador una gran aprehensión. Muchos viven la necesidad de cambio conjuntamente con los personajes y con ellos también se plantean empezar de nuevo. Y aquí cabe destacar que, tanto Soledad Silveyra como Raúl Rizzo, efectúan un trabajo merecedor de aplausos.

    Sin embargo, a pesar de constituirse sobre los cimientos de los conflictos matrimoniales, la puesta porteña no apela a un mensaje negativo anti matrimonio. Al contrario de ello, el planteo es realista, nutrido de dificultades y conflictos que sirven de excusa para pasar revista a errores habituales de la vida matrimonial que perturban la gratificante convivencia.

LA PUESTA EN ESCENA. La producción que se vio en el Mendoza apeló a distintos recursos, como una breve proyección con fotografías, que hace las veces de relato gráfico de la historia de la pareja y una referencia televisiva, todo al servicio de una comedia que propone que es razonable y conveniente pensar en un operativo de salvataje cuando el matrimonio comienza a hundirse.

    Aunque por lo general este tipo de propuestas se sustentan con escasos elementos, éste es un buen recurso de la puesta para, de algún modo, acentuar la carga emotivo-conflictiva y sumar al atractivo de la misma. Así trascurrió una obra de enredos amorosos que deja en el aire una serie de cuestionamientos interesantes para llevarnos a casa: ¿Qué dificulta la convivencia matrimonial? ¿Será la falta de amor? ¿De pasión? ¿El paso del tiempo? ¿La despareja evolución de los esposos? ¿O la imposibilidad de acceder a nuevas experiencias en tanto perdure el casamiento?

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