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3 de octubre de 2006
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Análisis

El lastre de Lula se llama PT

La sorpresiva elección que hizo el presidente brasileño, amplio favorito hace unos días y ahora pendiente de una complicada segunda vuelta, se entiende por los escándalos que han protagonizado los integrantes del partido oficialista, envueltos en graves casos de corrupción.

    El Partido de los Trabajadores (PT) que Luiz Inácio Lula da Silva fundó en 1980 ha sido, para el ex líder sindical, una suerte de hijo pródigo, cuyos escándalos ayudaron a llevar las elecciones del domingo a una imprevisible segunda vuelta. Lula deberá volver a pasar por el examen de las urnas el 29 de octubre, frente al socialdemócrata Geraldo Alckmin, pese a que, hace quince días, pocos dudaban de que sería reelegido para un segundo mandato.

    La victoria, que parecía segura, se le escurrió entre las manos por algo más que un punto porcentual. El último escándalo del PT nació cuando miembros del comité de campaña de Lula intentaron comprar un documento con acusaciones falsas de corrupción contra Alckmin y otro candidato del Partido de la Social Democracia (PSDB).

    Ese último incidente se sumó a las alegadas relaciones de uno de sus líderes con mafias del juego ilegal conocidas cuando Lula llegó al poder y a los sobornos parlamentarios que el año pasado hicieron tambalear al Gobierno. Por esos hechos, el PT perdió el año pasado a todos los miembros de la dirección nacional, quienes hoy enfrentan sendos procesos ante la Justicia por corrupción, financiación ilegal de campañas y hasta lavado de dinero.

    Como en la parábola bíblica del hijo pródigo, el PT parece haber malgastado todo el crédito político de Lula y lanzado por la borda la inmensa popularidad de su líder, al punto de que hoy no se garantiza su reelección en segunda vuelta. La última encuesta del Instituto Datafolha antes de los comicios dijo que, en caso de esa segunda vuelta, Lula ganaría con 49 por ciento de los votos, contra 44 por ciento de Alckmin.

    Hasta hace quince días, esa diferencia en favor de Lula era de 15 puntos porcentuales, por lo que la nueva campaña empieza con Alckmin en franco crecimiento y el actual presidente casi en caída libre, en un escenario que hace imposible cualquier pronóstico. “El enemigo de Lula es el PT, que ha minado su credibilidad”, dijo el analista Marcus Figueredo, del Instituto Universitario de Pesquisas, Río de Janeiro.

    Esta semana, el ministro de Relaciones Institucionales, Tarso Genro, admitió que el partido ha sido un dolor de cabeza para Lula durante los últimos cuatro años. Genro consideró que el PT deberá ser refundado para recuperar la relación de solidaridad con la sociedad con que fue concebido y que se perdió cuando llegó al poder.

    Cuando Lula ganó en el 2002 lo hizo, a diferencia de muchos políticos latinoamericanos, arropado por el PT y destacando el papel de los partidos en el proceso democrático. Sin embargo, desde los escándalos del año pasado, ha marcado distancias entre partido y Gobierno e incluso ahora, en campaña, entre el PT y el candidato.

    El PT tuvo una presencia testimonial en la campaña de Lula, que evitó hasta las banderas rojas con la estrella blanca que su esposa,Marisa Leticia, ayudó a diseñar hace 25 años, cuando nació el primer partido obrero de Brasil, que fue fundado en el cinturón industrial de San Pablo, al calor de las luchas sindicales contra la dictadura instaurada en 1964, y se definió como adversario de banqueros y latifundistas.

    Mantuvo independencia frente a la hegemonía que la URSS ejercía entonces en la izquierda mundial y llegó a integrar la extinta IV Internacional (trostkista), aunque tuvo luego un continuo proceso de depuración que eliminó gradualmente todos sus postulados marxistas.

    El “partido sin patrones” comenzó a expurgarse en 1989, cuando postuló por primera vez a Lula para la presidencia. Se suavizaron sus estatutos y, un año después, fue expulsada la facción trostkista Causa Obrera. A ese primer paso siguió después la sustitución de las referencias a la dictadura del proletariado por la búsqueda de una revolución democrática. Las purgas continuaron, incluso, tras la llegada de Lula al poder.

    Cuando su Gobierno abrazó la ortodoxia económica,muchos de los radicales del PT se plantaron contra el líder y fueron expulsados sumariamente. Cuatro de ellos fundaron el Partido Socialismo y Libertad (PSOL), que postuló a la presidencia a Heloísa Helena Lima, una marxista de verbo rabioso que el domingo, al votar, pidió al electorado que no reelija a Lula, por la corrupción que ha marcado su gobierno. Al menos por ahora, los votantes le han hecho caso.

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