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28 de noviembre de 2019
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Opinión

El futuro y rol de los mendocinos en la rosca nacional

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El nuevo oficialismo es el que tiene las cosas más claras a nivel nacional. Los radicales tienen lo suyo en el armado de los espacios de poder que ahora se disputa la nueva oposición.

Los días avanzan agitados en términos políticos, cargados de tensión e incertidumbre. Son los momentos previos al cambio de gobierno en la Nación y la Provincia, y, como desprendimiento de esos acontecimientos institucionalmente muy fuertes y poderosos, por debajo de los mismos, el mar de fondo por la fisonomía y nueva configuración del poder está lejos de aquietarse.

El nuevo oficialismo es el que tiene las cosas más claras a nivel nacional. Cristina Fernández de Kirchner, como vicepresidenta y reina absoluta del Parlamento, fue quien unificó los bloques en ambas cámaras, no sólo el Senado, que está bajo su total dominio. El poder se repartió entre los gobernadores y las fuerzas puras del kirchnerismo y ha dado como resultado que el peronismo, con la nueva cara que les mostrará a los argentinos desde el 10 de diciembre, se haya unificado. Eso le permite acariciar una mayoría casi absoluta y total en el Senado para que se vote lo que Alberto Fernández y Cristina dispongan, en los días que dispongan y cómo lo dispongan. Y, en Diputados, ese nuevo oficialismo se acerca al número mágico de los 119 legisladores porque impactarán los acuerdos políticos que, por orden y decisión de Cristina, más que nada, se han cristalizado en otros ámbitos. Por caso, la entronización de la santiagueña Claudia Ledesma Abdala como nueva presidenta provisional del Senado, cuando para ese cargo se mencionaba a la mendocina Anabel Fernández Sagasti, le ha significado al peronismo sumar diputados por un lado en la Cámara Baja, más tres senadores en la Cámara Alta. Se trata de política, absolutamente, como la confirmación de Marco Lavagna, el hijo del economista Roberto Lavagna, al frente del INDEC. Detrás de esa designación no sólo aparece, en principio, la buena noticia de que sea un técnico que cuestionó severamente la decisión de Guillermo Moreno años atrás cuando intervino el organismo y provocó el apagón estadístico que recién se normalizó con la llegada de Mauricio Macri al poder, en el 2015. Hay otra noticia detrás de ese acuerdo, y tiene que ver con los legisladores del lavagnismo que a partir de esta negociación puede que actúen en tándem con el oficialismo.

Los radicales tienen lo suyo en el armado de los espacios de poder que ahora se disputa la nueva oposición. Alfredo Cornejo está dando batalla por esos lugares. Ya perdió a manos del cordobés Mario Negri la jefatura del bloque radical que aspiraba conseguir y liderar desde el 4 de diciembre, cuando jure como nuevo diputado. Pero ha logrado mantenerse al frente del Comité Nacional del partido por dos años más, extendiendo el mandato que ostenta y se le termina en diciembre. La batalla por el partido la llevó adelante contra el jujeño Gerardo Morales, y el escenario de la confrontación resultó ser el Senado, donde ha quedado, en principio, sin resolución la presidencia del bloque radical en la Cámara Alta.

Cornejo y sus aliados en el Senado, entre los que se cuenta a los mendocinos Julio Cobos y Pamela Verasay, los legisladores porteños que responden al operador Enrique Coti Nosiglia y los cordobeses alineados con Ramón Mestre, están buscando suplantar al formoseño Luis Naidenoff. Por allí pasa la negociación: lo que Cornejo pierda en el Senado lo conseguirá en el Comité Nacional. Además, están en juego otros sectores de poder que suponen cargos y el control de alguna que otra caja: la Auditoría General que los radicales le quieren ganar al Pro, los lugares en el Consejo de la Magistratura que le corresponden a la oposición y otras no tan menudencias ni espacios para desdeñar.

El radicalismo, entonces, dentro de la coalición, que pasará del Gobierno a la oposición, puede que muestre dos caras o dos versiones: la más cercana a Macri y al Pro, con Negri y compañía en la Cámara de Diputados, y la de un Cornejo, que también desde Diputados y desde la conducción del Comité Nacional intentará galvanizar su propio espacio, representando a un radicalismo, quizás, menos confrontativo y más dialoguista con el presidente Fernández en los inicios del nuevo gobierno que el que puedan representar Negri y el Pro.

La nueva oposición tendrá dos años para hallar su propio perfil y los caminos que le permitan alcanzar un nivel de competitividad tal manteniendo el 40 por ciento que hoy representa, más lo que pueda llegar a sumar con el fin de prepararse para enfrentar a un peronismo que, con Fernández y Cristina, arrancará muy fuerte, se presume, y con intenciones de permanecer en el poder por mucho tiempo.

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