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22 de octubre de 2009
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novedades editoriales

?El fútbol es el más elocuente de nuestros espejos?

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Acaba de publicarse Perfume de gol, el nuevo libro del lujanino Rodolfo Braceli, que llega para desmitificar eso de que el fútbol es sólo cosa de hombres.

Dicen los que tienen lengua y, por eso, acostumbran a irse de boca, que las mujeres no saben nada de fútbol. Tanto lo andan pregonando, que algunas féminas hasta han llegado a creérselo. A esta altura del partido, ese axioma resulta anacrónico.  Ya lo había descubierto Braceli, cuando en el 2001 editó De fútbol somos: “El fútbol no se lo debemos a los queridos ingleses, se lo debemos a las redondeces de la pletórica mujer sumamente embarazada”. Sin embargo, siguen algunos “cabezasduras” empeñados en afirmar que lo femíneo no se lleva con la cultura de los potreros. Pareciera que ignorasen los tres femeninos sin los cuales se diluiría la pasión de multitudes: la pelota, la camiseta y la hinchada. ¿Qué sería del deporte nacional sin estas tres damiselas? Pues, acaso, sería, pero, indudablemente, no sería lo que es. Desde el lúcido posfacio de Perfume de gol (Planeta, 2009), el escritor deja en claro que, aunque por mucho tiempo el fútbol ha sido monopolizado por los machos, la cuestión ha ido cambiando. Puede que al principio no haya quedado otra que aceptar este deporte como la amante socialmente consentida de maridos, novios, padres, hermanos o, incluso, amantes. Tiene razón, el juego se coló en las casas, vocinglereando desde cuanta radio y televisión argentina existiese y no hubo forma ni despotrique que pudiera con eso. Entonces, las chicas, curiosas y suavecitas, como nos enseñaron las abuelas, fuimos aprendiendo a apropiárnoslo (“si no podés con el enemigo, únete a él”, habrán pensado unas cuantas). Pero, finalmente, de allí surgió una linda amistad, como en las mejores películas con final feliz con las que sabemos suspirar.  Mientras las masculinas contrapartes miraban ingenuamente el partido, las minas, sentadas codo a codo con el hombre, con aire de entender poco o nada, fueron ejercitándose en el arte de mirar. “¿Qué miran las mujeres cuando ven fútbol?”, se pregunta Rodolfo Braceli y aporta una explosiva contestación. “¿Qué pasará el día en que el conjunto de los humanos masculinos se dé por enterado de lo que miran las mujeres cuando ven fútbol?” Después del estallido apocalíptico de televisores en el mundo entero habrá que “barajar y dar de nuevo. El varón habrá empezado a superar el largo capítulo de tontedad al que se autocondenó a partir de su supuesta superioridad. Estaremos en los umbrales, en las mismas vísperas de una aventura inédita: la de la pareja emparejada”, culmina en el posfacio. 

Las historias. No se trata de reivindicar a la mujer en su relación con el fútbol, porque ahora –hace rato– se juegan mundiales femeninos o porque –aunque siempre minoritariamente– hay y hubo algunas señoritas que se ganaron un lugar entre la turba de comentaristas deportivos (caso Liliana Elizalde) o porque algunas pioneras hayan osado estar a punto de sumarse como titulares a un equipo masculino (caso Claudina Ciriaca Vidal, en el Sudamérica de Paysandú, Uruguay). No, en los 17 cuentos de Perfume de gol, además de celebrar a estas “quijotas” que valerosamente se enfrentaron a los molinos, se habla del vínculo entre mujeres y fútbol en todas sus aristas. Aparecen así la fanática, la gestadora del crack mundial, la compañera, la emputecida, la vengadora y hasta la que llega a travestirse para ser aceptada en un equipo.  En cada historia, en la que la mujer ha dejado de ser decoración para ser detonante, el fútbol se transforma en herramienta de conocimiento, de autorreconocimiento, como un espejo que nos arroja sin eufemismos nuestra identidad. 

Primer relato, primer reflejo. Para Dalma Salvadora Franco (la Tota), no debe haber sido fácil parir a semejante Maradona. Cuenta Braceli que habrá tenido que seguir paso a paso, durante el embarazo, las indicaciones de la partera, que el primer mes le recetó cada día, en ayunas, comer ajo. “Pero, ¿para qué ajo?”, intuye el escritor que le ha preguntado la madre del jugador más grande del planeta. “Para que venga sin pelos en la lengua”, porque “un único entre los únicos tiene que decir siempre lo que le da la gana, así le moleste al faraón o al sumo padre…”, aclarará la partera. Segundo mes: dormir del lado izquierdo, para que sea zurdo. Tercer mes: hacer ayuno, para que venga con hambre de gol, y así, mes por mes, una recomendación distinta. El noveno mes, la madre del pibe de oro tendrá que “caminar descalza por las mañanas. Descalza, sintiendo que la tierra es la espalda del mundo entero. Esto para que tu hijo venga mundial, ecuménico y planetario… barrilete cósmico…”.  Camino al policlínico donde va a nacer el mejor de todos los tiempos, el policlínico Evita (por supuesto), le pregunta la Tota parturienta a la comadrona: “Estoy segurísima de que Dieguito va a ser un pibe 10. Pero, dígame, Pierina, ¿mi hijo va a ser feliz?”. “Tu hijo estará condenado a dar felicidad a los demás”, contesta. “Pero él, él ¿va a ser feliz?”, insiste. “Dame la mano y bajá con cuidado”, dice Pierina. “Pero él va a…”, le urge. “Afirmate en mí, Tota. Vamos. Rápido” (Extracto, no totalmente textual, de Dalma Salvadora. Recomendaciones para parir un hijo que salga Maradona).  El fútbol nos espeja y, está claro, no es la causa de nuestros males, sino el reflejo. Así como “la radiografía no tiene la culpa de los tumores”, dice Braceli y sentencia “el fútbol es una patria más intensa que la patria misma”. 

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