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9 de noviembre de 2012
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CRÍTICA DE LA SEMANA

El fin del juego cada vez más cerca

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<b>Por Marcelo Torrez.</b> Qué hará el oficialismo tras el nuevo mensaje de descontento. Se cree que Cristina apuntará a correcciones sutiles.

La gran incógnita es descifrar cómo procesará el oficialismo el nuevo mensaje de descontento de esa parte de la ciudadanía que le es adversa y que le envió ayer en los centros urbanos más importantes del país, porque lejos de las reacciones destempladas de los sectores ultra que apoyan el modelo que encabeza la administración de Cristina, lo cierto es que, luego de aquel 13 de setiembre, que animó al promocionado 8N de ayer, el Gobierno respondió de alguna manera: Cristina dejó las profusas cadenas nacionales con las que visitaba los hogares de los argentinos –de entre dos a tres veces por semana, a través de la televisión y la radio– con las que no lograba otra cosa que fastidiar aún más a quienes ya ni siquiera se permitían escucharla. Parezca o no, el gesto puede ser ínfimo pero con eso y otras correcciones menores alcanzaría para tranquilizar lo que parece ser tanta furia contenida por una siempre ciclotímica clase media argentina. Lejos de alentar y descubrir intenciones absurdas de desestabilización –como sí lo hicieron y lo seguirán haciendo aquellos defensores a ultranza– se cree que Cristina, de acá a las elecciones de medio término, hará correcciones sutiles, sin admitirlas, desde luego, pero buscando desactivar lo que sí puede ser una real amenaza para el modelo que encabeza: que la oposición, hoy desmembrada, consiga encauzar la indignación, canalizarla y capitalizarla a su favor poniendo en tela de juicio hasta la sucesión del 2015, no sólo la necesidad de cosechar una buena cantidad de votos que debe embolsar en octubre del año que viene. Esa es la verdadera luz de alarma que debería atender el núcleo más cercano a la presidenta de la Nación, porque, más allá de tentarse a responder de manera alocada y patética lo que se cree una conspiración en su contra –como lo han hecho los sectores más reaccionarios del Gobierno, una venida a menos organización como La Cámpora y otros espacios ultra– se presenta como poco probable que Cristina permita, al menos en las formas, una radicalización del estilo que cubre toda su gestión.

Si la oposición unifica un discurso que apacigüe ánimos, dé certezas y previsibilidad, que garantice todo lo bueno que se construyó en los últimos diez años en el país, pero con una actitud amplia, abierta y tolerante, de muy poco le podría servir al propio Gobierno la fuerza a su favor que podrían hacer los sectores que considera más que aliados, cautivos para algunos, a los que benefició con profundos planes de inclusión y de oportunidades, porque las grietas en el peronismo que cobija al kirchnerismo se han hecho visibles a simple vista e identificado como uno de sus enemigos internos más temidos, lo podrían dejar aisldo, tal como sucediera con el menemismo de la segunda mitad de los noventa.

El Gobierno necesita un triunfo contundente en las elecciones y no puede dejar navegando sin rumbo y al libre arbitrio a esa clase media que denuesta en los discursos y en los hechos, pero que votó a su favor no muy lejos en el tiempo, apenas un año atrás, y que hoy tampoco puede desdeñar aunque quiera.

La oposición está dando algunas señales en Mendoza, al menos, de ir por algo que se le presenta como una aventura y con el riesgo de que se le enrostre el sólo objetivo de seducir para ganar y sólo para eso. Hay indicios en el radicalismo y en el Partido Demócrata de ensayar una suerte de alianza electoral. Lo que algunos imaginaban para el 2015, otros lo piensan para el 2013. Están viendo que los tiempos se acortan y para algunos de sus protagonistas también. El punto es que no todos están convencidos, lo que conspira contra los intereses que por separado e individualmente están defendiendo.

Radicales y demócratas han tenido contactos reales. Carlos Balter, Raúl Baglini y Julio Cobos, con el conocimiento –se asegura– del cacique Alfredo Cornejo en el radicalismo han comenzado a discutir una posible entente para el 2013 y la manera de ordenar el reparto de cargos en la fórmula. Cornejo, seducido por la experiencia de, al menos, haber logrado poner nervioso al oficialismo con las trabas que tiene el proyecto de reforma de la Constitución, se entusiasma con que se comience a pensar en algo más ambicioso. Tiene el apoyo de Cobos y está convencido, al menos hoy, de que el ex vicepresidente se impondrá en las legislativas del 2013 y que la nueva proyección nacional de quien fuera un héroe y un maldito para el oficialismo K lo empujará a las puertas de la Gobernación en el 2015. Cornejo, sin embargo, tiene un frente de conflicto con el sanrafaelino Ernesto Sanz, a quien algunos ven como el verdadero mentor de la maniobra que ha tenido al senador alvearense Guillermo Simón, en boca de todos por su supuesto arreglo con el gobierno de Francisco Pérez para que avale, con su presencia y su voto afirmativo (es lo que se busca en definitiva) el proceso de reforma de la Constitución. Es que Sanz da señales hacia dentro del partido conducido por Cornejo porque no ve un apoyo sólido a su causa: quiere ser el gran referente radical nacional y candidato a presidente en el 2015; y sin un apoyo cerrado en Mendoza de nada le valdría, siquiera, medirse en aquella empresa. Sanz vuelve a ver en la nueva aventura de Cobos el principal problema, envía señales, como la de los intendentes territoriales a los que se ve coqueteando con el oficialismo provincial y consigue el guiño de los peso pesados enfrentados con Cornejo: Roberto Iglesias y el Viti Fayad. Otra vez, la interna radical es la que se erige en el adversario y fantasma más temido para el principal partido opositor en Mendoza.

Los gansos, por su lado, no las tienen todas consigo en la búsqueda de un camino que los acerque otra vez a la gente con alguna posibilidad. Si bien no les desagrada avanzar en algún posible acuerdo con los radicales, sumando a los peronistas federales anti-K y hasta lo poco que tiene Mauricio Macri en Mendoza, antes deberán dirimir una segura colisión entre uno que pide pista para jugar en la nación, Carlos Aguinaga –quien aspira a ser candidato a diputado nacional– y otro que viene desde años, Omar De Marchi. Ambos están impedidos de ser reelectos como legisladores, el primero en la provincia y el segundo en el Congreso nacional, por imperio de la Carta Orgánica partidaria. Por eso, Aguinaga busca la nación, y De Marchi, un acuerdo con otras fuerzas por fuera de los gansos que lo designe candidato.

Para lo que fuese, radicales y demócratas no tienen mucho tiempo de resolver sus entuertos, juntos o separados. Tienen un trabajo durísimo por delante, porque las protestas sociales también van contra ellos para que corrijan la puntería y dejen de pensar sólo en roscas sin sustento sobre un proyecto de provincia serio. Ellos saben que el oficialismo ha causado un fastidio que pueden aprovechar, pero, sobre todo, que el oficialismo, con poco, con muy poco por reformular, puede volver a encantar otra vez. 

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