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2 de diciembre de 2009
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FÚTBOL

El escalón del almacén

El escalón del almacén se convirtió con el tiempo en el lugar de encuentro de los domingos. No había un alma en el pueblo y todos parecían haberse ido presagiando que antes de las tres de la tarde algo caótico pasaría. Pero, en realidad, no estaba por pasar nada, es decir, ningún hecho natural o sobrenatural llegaría al pueblo.

    El escalón del almacén se convirtió con el tiempo en el lugar de encuentro de los domingos. No había un alma en el pueblo y todos parecían haberse ido presagiando que antes de las tres de la tarde algo caótico pasaría. Pero, en realidad, no estaba por pasar nada, es decir, ningún hecho natural o sobrenatural llegaría al pueblo. Sólo sucedía que el termómetro ya había pasado los 41 grados y la única manera de sobrellevar el momento, parece, era refugiarse en una buena siesta. Pero el Fabián y el Ricky eran dos amigos que siempre odiaron eso de dormir durante el día.

    Curiosamente, en los veranos, el escalón del almacén fue el sitio para cientos de teorías. Teorías descabelladas, ciertas, rebuscadas, falsas o absolutamente originales, siempre potenciadas por la insoportable sensación térmica. – ¿Viste que hay perros que saben cruzar la calle lo más panchos y otros que se quedan, se abatatan y por ahí los pisan? –tiró el Fabián con un palito de pastito en la boca, para comenzar con una de las primeras reflexiones de la siesta. – Aha – soltó el Ricky, padeciendo el calor con los ojos cerrados. – Es como patear un tiro libre.
   
    O sabés o no sabés. – Sí, pero hay algunos medio burros que le dan con todo, tienen suerte y la meten. Que un perro cruce o no cruce la calle es distinto. – ¿Vos decís? – Es distinto, Fabián. – Pero yo te digo de los que saben patear bien el tiro libre, por arriba de la barrera y con comba. – Eso sí. Llegó el primer silencio, tras la primera máxima. Los perros saben o no saben cruzar la calle como así también algunos jugadores saben o no saben patear un tiro libre.

    Fabián y Ricky deliraban mientras el sol era crudo con los techos de las casas. Desde la esquina, un fotógrafo tendría la mejor toma del calor y un pintor la mejor obra de arte. Estos dos personajes, acompañados con una pelota de fútbol, gastada ya pero inflada dignamente, le daban un toque genial. – Che, ¿viste que la pelota de fútbol se parece a las minas? –preguntó el Ricky. – ¿Por? – Y, porque muchas veces vos la esperás lo más bien y te pica como el culo y te deja colgado.

    A veces las minas también son medio impredecibles. – ¿Qué son qué? – Impredecibles. – ¿Y eso qué es? – Que no se sabe para adónde van. Que te dicen que te quieren, pero como amigo. Te desorientan, viste, a veces, igual que la pelota. Sabés la cantidad de goles que habría si la pelota siempre picara bien… El silencio de la segunda teoría fue algo más extenso, sobre todo porque el Fabián, a sus catorce años, comenzó a entender el principio de lo impredecible. Algunos gritos de gorriones ambientaban la tarde de calor furioso.

    De pronto, la paz se cortó con el paso del 1500 del hijo del ferretero a una velocidad terrible, y levantó un tierral tremendo. El Ricky y el Fabián tuvieron el primer sobresalto. – ¡Andá a la concha de tu hermana, ferretero puto! –salió impulsado el Ricky del escalón del almacén, sobre todo porque no era la primera vez que el hijo del ferretero le robaba el milqui al padre para hacer rally en la siesta. – Pero quién se cree este pelotudo, Ari Vatanen. – ¿Quién? – Ari Vatanen un capo del rally.

    No de ahora… Mi viejo siempre lo nombraba, yo ni lo vi. – Bueno, pará, no te calentés. Parecés una vieja –lo tranquilizó el Fabián, mientras todo volvía a la calma, la polvareda se asentaba y el Fabián retornaba al escalón. Unos ladridos de dos perros acompañaron el siguiente momento. Si bien nada estaba planeado, era así. Breves charlas y estados de silencio absoluto entre el Fabián y el Ricky.

    El calor iba aflojando. – El lunes leí en el diario que el mundo se puede terminar, porque están armando una máquina del tiempo. Dicen que esa máquina puede hacer un agujero negro en un momento y que si algo se cae ahí, nos vamos todos al carajo –sentenció el Ricky, pisando el fútbol con el pie izquierdo. – Sí claro, ojalá se lo lleve al ferretero y al 1500 podrido ese que tiene. – En serio.

    Dicen que es una máquina gigante, pero gigante, gigante, como de tres cuadras, ponele. – ¿Y para qué sirve? – Y, no entendí bien si era para viajar en el tiempo o para saber de dónde venimos. Pero vos viste cómo son los periodistas. Tiran güevadas y después todos se olvidan. Pero que la máquina existe, existe. – Si yo pudiera viajar al pasado, en el partido de la otra vez te la hubiese dado a vos para que hicieras el gol. – Claro, hubiera sido gol. – Sí, de comilón nomás, y me la tapó el gordo. – Bueno, pero escuchame, ya aprendiste.

    Ya sabés que cuando te atora el arquero, sólo la tenés que tocar a la izquierda y ahí vengo yo. No hace falta viajar en el tiempo para cambiar. Lo que ya fue, ya fue loco. – Sí, tenés razón. Ya fue. Es como la Florencia. Ya fue. – Todavía seguís pensando en la mina. – Sí. Ahora el silencio fue breve. Ricardo y Fabián se colgaron pensando en cada uno de sus amores, y allí apareció la teoría más brillante de la tarde, para dos pibes de 14 años. – Cuando la mina está puesta, está puesta –lanzó el Ricky. – ¿Y eso? – Que cuando está puesta, está puesta. No hay vueltas.

    La mina si quiere estar con vos, te va a buscar. No hay excusas. Te va a llamar hasta que te atraque. Algunas son más disimuladas, pero al final te atracan. Si la mina empieza que esto, que lo otro, que mi mamá, que mi ex novio, chau, no está puesta. Y si está puesta, está puesta. – Es verdad. No lo había pensado. Entonces vos decís que la Florencia no está puesta. – No está puesta. Cuatro menos diez y el silencio se extendió durante media hora, casi como un letargo entendible, mientras los dos amigos pensaban en nada o en miles de momentos.

    Hasta que el Ricky cortó con una extraña pregunta. – Che, ¿vas a misa hoy? – No, no voy más a misa. – ¿Por qué, che? – Porque ya no creo tanto. – ¿No creés en Dios? – En Dios sí… En Jesús, sí. No creo en la gente que va a misa. No creo en el cura que da la misa, no creo en los que te dan la mano. Son más falsos que billetes de tres pesos. Viste la vieja Eleonora, que te pasa la canastita para que pongás la plata.

    Decime, ¿cuántos fútboles no nos devolvió? – Y, varios. – Y, bueno, vieja nefasta. Mucha misa, mucha misa y mi mamá me dice que se la pasa hablando mal de las otras viejas. Que les saca el cuero ahí nomás en la vereda de la iglesia. ¿Y viste el marido de la tía Lucrecia? – Sí. – Al pelado ese lo vi salir del telo ayer con la mujer del intendente. El cura la acosa a la Laurita, en la semana, cuando se va a confesar.

    Y la Laurita me dijo que ya no se quiere ir a confesar más. Y vos sabés por qué el Rober no fue a jugar el sábado pasado. Porque el padre lo faja. Pero no es que le pega un cachetón porque se porta mal. No, lo faja de bronca nomás, sin motivos. Le pega tan fuerte que el sábado lo dejó rengo. Y después lo ves en la iglesia al viejo hijo de puta lo más sonriente y te dice la paz sea contigo.

    Dejame de joder… También la faja a la esposa y pocos lo saben. Decime, ¿no está todo medio enquilombado? Prefiero quedarme solo los domingos, loco, y ser más sincero con Dios. El último silencio dio lugar a una gran confesión, verdadera, y de amigo. – Che, Ricky – ¿Qué pasó? – Me gusta tu hermana. El Fabián había lanzado sus últimas cuatro palabras y sabía que eran las más importantes de toda tarde.

    El Ricky agarró la pelota y se puso a hacer unos jueguitos. Sabía que su hermana era sumamente bella y enamoraba a todos en el barrio. Y el Fabián no fue la excepción. De alguna manera esperaba que algún día se lo dijera. – Escuchame, ¿y para cuando los bombones? –le dijo el Ricky mientras hacía payanitas con las dos rodillas. – ¿Qué? ¿No te calentás? Te digo que me gusta tu hermana y vos como si nada. –Mi hermana está puesta con vos Fabián. Está puesta.

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