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25 de junio de 2007
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GODOY CRUZ - HURACAN

El dolor amargo de ya no ser

Los jugadores del Tomba estuvieron más de media hora en el vestuario y prefirieron no hablar. Sólo hubo llantos, bronca y desilusión por el descenso, que los golpeó duro.

       Ese mismo vestuario que tantas veces los cobijó entre sonrisas y festejos ayer fue testigo mudo de una pena profunda. Entre esas cuatro paredes sonó el llanto y la bronca. Hubo miradas perdidas y un sentimiento difícil de explicar. Media hora estuvieron los jugadores de Godoy Cruz dentro del vestuario, luego de perder ante Huracán y quedar la ilusión de la permanencia hecha trizas. Juan Manuel Llop los esperó y les habló.Mucho no se podía decir. Hay momentos en los que las palabras nada pueden cambiar. El primero en salir fue el pibe David Fernández, con los ojos rojos de pena. La prensa aguardaba los testimonios de los jugadores en medio de un espeso silencio, que tornaba la espera aún más extensa.
    En fila, todos los jugadores salieron del vestuario en medio de aplausos de dirigentes y allegados al plantel. La mayoría prefirió no hablar. Sus rostros lo decían todo: un dolor genuino los abatía después de haber perdido la categoría. Antes de subir al colectivo que los trasladó hasta el club, en la zona baja de la platea techada, los jugadores ahogaron penas con sus familiares. Y ahí estuvo el padre de Marcos Barrera para abrazarlo fuerte, los hijos del PipaVillar y del Cato Salomón, entre tantos otros, para sonreír y darle algo de alegría a esos padres tristes. Toda la familia tombina acompañó con apoyo y un respetuoso silencio el pesar del grupo. Desde lo alto, hinchas que aún no se iban del Malvinas Argentinas porque se sentían en deuda les agradecían a todos por haber dejado el alma en la cancha. “¡Grande, Pipa!, ¡gracias, Chocho!”, se escuchaba, en contraste con la amarga despedida del plantel.
    Alguno firmaba su último autógrafo en una bandera tombina, otro subía derecho al colectivo sin haber encontrado respuestas al latente descenso. Tanto esfuerzo se había desvanecido en 180 minutos de fútbol. El sueño de Primera había sido fugaz y el golpe todavía aturdía. En medio de ese panorama, el mismo vestuario de alegrías pasadas ya estaba vacío, solitario. Aún flotaba en el ambiente un sentimiento difícil de explicar, como una pena intensa. Era el dolor amargo de ya no ser.

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