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8 de octubre de 2019
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Opinión

El culto a la pobreza y a los pobres, como en la religión

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La pobreza y el hambre están íntimamente ligados. Hacer promesas en torno a tales cuestiones, realidades que nadie debería negar en la Argentina actual, produce de inmediato expectativas.

Alberto Fernández, el candidato del peronismo, del kirchnerismo y de los sectores populares –de acuerdo con el mote autoimpuesto y con el que suele presentarse– dio ayer el paso más ambicioso, quizás, de todo lo que ha venido mostrando, al presentar desde la Facultad de Agronomía su plan para “una Argentina contra el hambre”. Durante la campaña que lo depositó en el 2015 en la Presidencia de la Nación, Mauricio Macri también se apoyó en el hambre y en la pobreza para ganar adeptos en un determinado grupo social al que no había podido ingresar con sus dotes de persuasión y seducción. Por estos días, en plena campaña hacia las cruciales elecciones del 27 de octubre, a Macri se le suele recordar aquel objetivo de ir hacia un modelo de “pobreza cero”. La pobreza y el hambre están íntimamente ligados. Hacer promesas en torno a tales cuestiones, realidades que nadie debería negar en la Argentina actual, produce de inmediato expectativas. Para algunos, altas o moderadas; para otros puede que sean secundarias. Pero, para nadie, está claro, es indiferente hablar de pobreza y de hambre en la Argentina. Y cuando se alimentan expectativas, que producen un alto impacto en general, se corre el riesgo de caer en el desencanto, también general, en la frustración y, por supuesto en la defraudación. Todo lo que, en gran medida, puede estar padeciendo el propio Macri.

“Siempre hablamos con Cristina sobre a quién tenemos que representar. Representamos a los que la están pasando mal, a los más empobrecidos”, dijo Fernández en la presentación de su plan, que incluye el llamado a un gran acuerdo social para alumbrar una política de Estado que permanezca en el tiempo y la resuelva, desde ya. En un puñado de veces, Alberto ha hablado de Cristina durante la campaña. De hecho, la estrategia de ambos ha corrido por carriles separados, sin mostrarse juntos. Pero, ayer, Fernández mencionó a la ex presidenta en, al menos, tres oportunidades.

El fenómeno de la pobreza ha cruzado transversalmente a la mayoría de los partidos o frentes políticos que ha gobernado en el país. Para las administraciones de gobierno, desde la primera mitad del siglo veinte hasta los primeros años del actual –en particular el peronismo–, la pobreza se ha constituido en un tema hegemónico. También lo ha sido para los radicales y lo propio ocurrió con Mauricio Macri; aunque al actual gobierno –de marcado corte no populista y liberal– le haya significado el doble de esfuerzo que al peronismo convencer a los pobres de que en verdad estaba haciendo algo por ellos, cuando la realidad y la situación les devolvieron lo contrario y cuando, por su esencia, su gobierno fue asumido desde un significado peyorativo como “el gobierno de los ricos”.

Hace medio siglo, cuando menos, que la pobreza estructural no baja de 25 por ciento en el país. Ya muchos pensadores, intelectuales e investigadores se están preguntando qué ha pasado en la Argentina que, siendo un país con capacidad para darles de comer a 400 millones de personas, se calcula, tiene tantos habitantes sumidos en la pobreza y otros tantos, cada vez más, con serios problemas de alimentación o con hambre, literalmente. Algunos de esos estudiosos han llegado a la conclusión de que la pobreza no se ha querido combatir de verdad y que ha significado la llave para acceder sistemáticamente a los votos necesarios para imponerse en una elección o para acceder al poder y mantenerse en el mismo.

Uno de esos investigadores que se ocuparon de la Argentina ha sido el historiador y politólogo italiano Loris Zanatta, quien nos ha escrutado a fondo a los argentinos, quizás con mucho más acierto que algunos de sus colegas que han nacido y que viven en el país. En un reportaje reciente, Zanatta habló de la pobreza, del hambre y también del trabajo, entendido como valor para ascender socialmente y adquirir los bienes necesarios para alcanzar un estándar de vida, al menos, normal, como se lo entiende en la inmensa mayoría del mundo. Como crítico de la Iglesia católica y de las religiones en general, el historiador liga el nacimiento y la trayectoria del peronismo a la Iglesia católica con su concepción de la pobreza y de los pobres. “El populismo en la Argentina ha hecho un culto a los pobres”, dice Zanatta, para agregar: “El pobre constituye un cuerpo social que se ha transformado en el custodio de la moralidad. El pobre representa, para las corrientes populistas, especialmente para la que tuvo vida en la Argentina y también para la Iglesia, el bien contra el mal. Al pobre” –provoca Zanatta– “hay que mantenerlo pobre, el pobre debe quedar pobre y ser siempre pobre, como ese Cristo que lleva la cruz”.

Tanto Fernández, hoy en campaña, como el propio Macri, en virtual retirada y en desesperación ante un probable e inminente alejamiento del poder, apelan otra vez a la pobreza, como ha ocurrido en la historia cuasi trágica que ha tenido el país. Bien vale preguntarse si en verdad las corrientes que han gobernado el país han tenido como objetivo serio combatir a la pobreza o, si bien, como algunos entienden, han usado a los pobres y a la pobreza como imán para atraer votos. “Así como ha existido en la Argentina, como en la Iglesia, un culto a la pobreza y a los pobres como esos seres puros que luchan contra el mal, no ha existido un culto al ascenso social ni tampoco al trabajo como conquista, como una de las formas para salir de las dificultades. Es cierto que en la Argentina hay pocas oportunidades, pero tampoco se cree en los valores del trabajo ni en los de la riqueza. Ser rico y vivir honestamente del esfuerzo propio producto de su trabajo es sinónimo de ladrón”, suele decir, a menudo, Loris Zanatta.

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