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22 de julio de 2006
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El comienzo

Cobos se propuso ocupar el centro de la escena política en varios frentes. En lo interno, contraataca a Iglesias y a quienes están con El Mula:?que se vayan ellos?, ha dicho en referencia a los que lo critican por acercarse al kirchnerismo y militar en favor de la Concertación. Sus críticos dicen que Kirchner lo terminará usando y que, finalmente, no será parte de la fórmula electoral presidencial para el 2007

          La pelea no se detiene ni se detendrá, según parece. El cobismo y el iglesismo conducen al radicalismo, cada uno por su lado, hacia el cisma total y generan un cierto clima de incertidumbre que no sólo se ha apoderado del partido: algunos temen que, en alguna medida, sus consecuencias comiencen a afectar, también, la gestión.


       Hay que aclarar que los que temen que las esquirlas de la actividad bélica alcancen la administración de gobierno hay que encontrarlos fuera del gobierno; quizás, en buena parte de la ciudadanía común y silvestre, en aquellos que necesitan imperiosamente de una buena gestión: tan simple como que los colectivos funcionen, y bien; que haya y se perciba un criterioso sistema de seguridad pública; que se vea que todas las áreas de gobierno, con sus acciones, van detrás de una política de bienestar unificada y clara. Si esto último existe, en alguna medida, se da en esfuerzos aislados unos de otros. El gobierno en su conjunto –en general y sin entrar en detalles excepcionales–, parece no contar con ese temor, ni siquiera con un atisbo y, por el contrario, se confía en la buena estrella de Cobos, en el éxito de la extendida Concertación con el kirchnerismo y en la promesa de una larga dolce vita, que se hace desde el centro del poder político del país al que se suba al convoy presidencial.



       Los últimos días dejaron al descubierto una ofensiva cobista frente a las andanadas del iglesismo y de la conducción nacional del partido, que no han dejado de provocar con el pedido de que dejen el partido aquellos radicales de gestión que hoy se han acercado a Kirchner para conformar la famosa Concertación. Luego de presidir el encuentro de un grupo de políticos porteños kirchnerizados, la mayoría ya funcionarios del Gobierno nacional, Cobos liberó a sus operadores para que difundan que no sólo no se irá del radicalismo; ha contraatacado con que en definitiva los que tienen que dejar el partido son los que lo critican y se ha propuesto, de ahora en más, comenzar a recorrer el país pregonando el nacimiento de un nuevo radicalismo.


        Ese nuevo radicalismo del que habla Cobos y cuyos fundamentos podría comenzar a exponer a partir del 12 de agosto en Buenos Aires ante gobernadores e intendentes radicales K, tiene que ver, según dicen en su entorno, con un partido de transformaciones. En realidad, el cobismo no hará otra cosa que profundizar los métodos de Kirchner para hacerse de poder y que su discurso prenda, especialmente, hacia adentro del partido. Cobos y su gente imaginan que el discurso del iglesismo, ampliado al de los históricos dirigentes radicales nacionales que buscan enfrentar al Gobierno en vez de aliarse, es un discurso “formal, pero no es legítimo.


        Para que fuera legítimo, debería tener el apoyo de la mayoría de la ciudadanía. Con Iglesias, sólo hay dirigentes con escaso predicamento, muy cuestionados y emparentados con la vieja política, la del comité, la de la histórica estructura partidaria. Estructura –agregan– que sigue siendo clientelar, pero que ya no tienen el mismo efecto o resultado que en otras épocas”. ¿Por?, “porque la gente –responden– ya no garantiza fidelidad ni a los dirigentes, ni a la prebenda, ni a los planes sociales, ni a la dádiva”. Reflexiones como esas son las que tienen por estos días los cobistas. Pero, claro, no profundizan tanto porque el kirchnerismo sigue utilizando como pocos el método clientelar. Para verlos con los propios ojos, hay que pasar por algunas zonas de Luján o San Martín

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