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10 de julio de 2007
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El camino de Cristina a octubre

Las cartas están echadas, finalmente, sobre la mesa: la candidata es mujer, es la esposa del presidente, la senadora Cristina Fernández. Bastó que se lanzara su postulación para que el mundo de la política nacional en letargo sintiera un acicate para intentar recuperar parte de la escena que abandonó por varias razones

            La postulación de Cristina generó varias reacciones: hubo conciencia de que era una de las posibilidades más fuertes y, por lo tanto, no fue vivida con gran sorpresa. Entusiasmó a los hombres incondicionales del kirchnerismo, quienes hoy son apologistas natos de la señora, y causó irritación a la oposición, en particular, paradójicamente, la que habita el propio partido oficialista. Es que, hoy por hoy, no se sabe si los Kirchner son los líderes del PJ o del Frente para la Victoria, un sello que, en principio, era meramente electoral pero que hoy tiene ya peso específico. Ese es uno de los muchísimos dilemas que tendrá que afrontar el presidente Néstor Kirchner.


            Algunos dicen que resignó su propia postulación por cansancio de gestión, otros, porque desea prolongar la dinastía por mucho tiempo, alternando períodos en los que el matrimonio sea dueño del poder hasta por doce años más, algo así como lo que ocurrió con la gobernación en Santa Cruz. Cristina Kirchner es, al menos en estos días, una candidata atípica: no habla. Guarda silencio. Nadie, entonces, puede interpretar a ciencia cierta quién es hoy Cristina Fernández. ¿Es la militante aguerrida, la política contestataria que dio más de un disgusto durante los dos gobiernos anteriores? ¿Es una dócil seguidora de las políticas de su marido?


          ¿Comulga totalmente con el estilo de gobierno del presidente o tiene intenciones de modificarlo? Kirchner y los ministros Fernández son quienes dan algunas pautas del estilo que tendrá Cristina: profundizará las instituciones, coinciden. ¿Quiere decir esto que con su accionar, implícitamente hará una crítica del manejo que su propio esposo hizo de la cosa pública? Porque si algo no hizo bien el presidente, fue justamente el profundizar la democratización y la reforma política anheladas.


         El gesto que tuvo para designar a su esposa como su sucesora habla a las claras del escaso apego a las tradiciones democráticas. No medió un congreso del partido –¿cuál, el justicialista o el del Frente para la Victoria?– y fue una designación a dedo: justo algo de lo que no quiere saber nada la sociedad. La reforma política quedó encajonada y Kirchner, quien asumió en el momento en que todos la pedían a gritos, primero la ponderó y luego lentamente la fue haciendo desaparecer de sus planes de gobierno. No extraña, entonces, que los viejos dirigentes del justicialismo, los “dinosaurios” de la política, como Carlos Menem, Adolfo Rodríguez Saá y otros que tuvieron tanto poder en el pasado, hayan sentido el espolón del desafío.


         Y por qué no, si ellos también se sienten parte de un partido que viene gobernando desde hace años y que, inevitablemente, demuestra ser el que mejor conoce los hilos del poder en Argentina. Entre tanto, la oposición se sintió más esperanzada: no es lo mismo competir con Néstor Kirchner que con Cristina, sueñan. Por ahora, las encuestas dan a la dama silenciosa guarismos que ni siquiera la ponen en riesgo de ir a una segunda vuelta pero ¿seguirá igual la situación o la gente comenzará a cansarse de esta suerte de “monarquía civil” que parece haberse instalado? Por cierto, la situación que atraviesa hoy el oficialismo no es la mejor.


           El caso de corrupción de Skanska, que no abandona los diarios, muestra que también en esta administración se cuecen habas y todavía no se sabe el final de todos los implicados. Las sospechas sobre manejos poco claros en el ministerio de Planificación esporádicamente asoman a los medios de comunicación masiva. El caso de la bolsa con dinero de la ministra de Economía, Felisa Miceli, no ayudó por cierto a aclarar un panorama que se está tornando un poco turbio ni qué decir de sus “explicaciones”. Tal vez cuando no se sabe qué decir, es mejor callar o irse. La ministra agitó una versión de complot –siempre los complots nunca las fallas personales– que pocos pueden creer.


            De ser cierto el complot que denunció, debería haber dado todos los detalles a la Justicia para que lo investigue. Pero hay otros temas de mucho más peso que generan más preocupación de la que los funcionarios admiten oficialmente. La inflación es un fenómeno que parece haber llegado para quedarse, al menos mientras no se corrijan políticas económicas de fondo. El “dibujo” mensual que hace el INDEC ya es causa de risa o, peor, de bronca de la gente que todos los días se da cuenta que su dinero rinde cada vez menos, una sensación por demás peligrosa para los políticos que desean continuar con su hegemonía. Y tan grave o más es la crisis energética, hoy otro fantasma que acosa a los Kirchner.


           No es que este Gobierno invirtió o tomó previsión alguna para evitar el panorama ya instalado de escasez peligrosa de energía: es una campaña sucia contra Cristina, porque lanzó la candidatura. La interpretación de Kirchner sobre el tema tan delicado ya tiene tono de burla. Debería corregirlo si desea que el camino hacia octubre tenga menos piedras y espinas

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