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16 de febrero de 2020
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Columna

El avión de regreso

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Con tristeza desoladora, muchos argentinos hoy sienten que el país no tiene futuro. ¿Cómo llegamos acá? ¿Qué vamos a hacer para salir de esto?

En este mismo momento algunos de los jóvenes argentinos más preparados, mejor calificados y con mayores inquietudes están armando las valijas para irse del país. Como en la hiperinflación del ’89 o en la crisis del '01, la salida vuelve a ser Ezeiza para muchos compatriotas que dicen “¡basta!”.

¿Cómo llegamos acá? ¿Qué vamos a hacer para salir de esto? Si como decía Alberdi “gobernar es poblar”, ¿qué significa este éxodo? ¿Qué es lo contrario de “gobernar”?

Desde la Constitución de 1853, que prohibió establecer limitaciones para ingresar al país a los "extranjeros que traigan por objeto labrar la tierra, mejorar las industrias, e introducir y enseñar las ciencias y las artes" hasta los recién llegados venezolanos que huyen de la peor dictadura latinoamericana en años, Argentina se formó con la suma de idiomas, culturas, comidas, músicas, costumbres. Somos lo que somos porque nos mezclamos como nos mezclamos. Pero lo que se siente en el aire, apenas comenzada la tercera década del tercer milenio, no es la bienvenida. Todo lo contrario.

Somos hijos y nietos de inmigrantes. Somos padres y abuelos de emigrantes.

¿Qué responsabilidad tenemos los que estuvimos siempre acá? ¿Cómo convertimos una tierra de bienvenida en una plataforma de escape? ¿Por qué tantos jóvenes preparados no quieren quedarse acá?

Habrá varias causas, seguramente. Habrá deseos de aventuras y las posibilidades de una época que ha empequeñecido al mundo gracias a la tecnología.

Cuando éramos chicos nadie viajaba al extranjero. Hoy las clases medias tuvieron ya acceso a esa posibilidad. Pensar en la aventura de nuestros abuelos largados por semanas o meses en barco a una tierra totalmente desconocida, hoy nos produce vértigo. Tenían 18, 19, 20 años. No tenían casi formación. Muchos no habían salido de sus aldeas. Algunos venían con un papelito anotado con una dirección misteriosa en donde supuestamente deberían encontrarse con un familiar, con un amigo, con un familiar de un amigo o con un amigo de un familiar. Todo era incierto y precario.

¿Por qué venían? ¿Venían por las mismas razones que sus nietos se van? ¿Qué cosas hicieron o qué cosas no hicieron los que vinieron como inmigrantes para haber cambiado la ecuación en sólo dos generaciones?

Aquellos expatriados y sus hijos ven devastados como su descendencia arma las valijas, saca el pasaje y clausura la esperanza en los próximos años de la Argentina, para convertirse a su vez en expatriados. Un país que se come la cola una y otra vez. Cuesta abajo. Con la vergüenza de haber sido y el dolor de ya no ser. Con tristeza desoladora, muchos argentinos hoy sienten que el país no tiene futuro. Que se lo rifó, se lo tiró a la basura, se lo desangeló.

¿Es una exageración motivada por una derrota en las urnas? ¿Por qué medio país no soporta esa forma de administración elegida por ese otro medio país? Quienes hoy gobiernan consiguieron el 48,1 % de los votos del 80,8% del padrón electoral, que fue el que concurrió a las urnas el 27 de octubre pasado. Casi la mitad del país que votó, votó al frente gobernante pero poco más de la mitad del país que votó, votó otras opciones. ¿Qué es lo que tanto molesta a la mitad más uno del país que no soporta vivir en la Argentina 2020? ¿En qué creen los que no creen en el gobierno?

En este contexto de absoluta desconfianza las investigaciones de mercados, los sondeos de especialistas, los trabajos de las encuestadoras parecen no servir de nada. Esta semana el INDEC dijo que la inflación de enero fue 2,3%. La cifra es mala si se tiene en cuenta el contexto de tarifas, naftas y transporte congelados por decreto; paritarias suspendidas y cepo cambiario. Sin embargo, ni así le sonó verosímil a la mitad del país, que descree absolutamente de lo que dicen los gobernantes. Si por más de una década te quemaron con leche, ya sabés qué efecto provoca la visión de una vaca en tus lagrimales. Como decían las abuelas, la confianza es como la virginidad. Una vez que se perdió, es para siempre.

Quienes no quieren al gobierno ven a cada momento demostraciones demoledoras del caos. Marcan como los presos los días que les faltan para salir, una muesca por cada papelón. Se están quedando sin paredes. La enumeración es agobiante: el lunes se enteraron que, para recibir la “Asignación por ayuda escolar”, no hace falta demostrar que el alumno vaya a la escuela. Esa parte mayoritaria de la población que no eligió esta administración se siente estafada y siente que paga con su esfuerzo y su dinero la fidelización del partido gobernante. Cree, quizás ingenuamente, que la “asignación por ayuda escolar” debe ser una “asignación por ayuda escolar” y no simplemente una “asignación”. Y entonces los más jóvenes, los que tienen cómo, los más preparados y aventureros piensan en Australia, en España, en Estados Unidos, en Nueva Zelanda, en Uruguay.

Más muescas: en lo que va del año, 54 personas fueron asesinadas en una Santa Fe totalmente desangrada. El narcotráfico ha sentado sus raíces en una provincia que alguna vez tuvo como slogans “la provincia cordial” o “la provincia invencible”, asentamiento de algunas de las tierras más fértiles del planeta, bendecida con agua, con sol, con temperaturas propicias para la ganadería y la agricultura, con un río que la abraza de norte a sur y le permite una estratégica y pintoresca salida al mar. El enfrentamiento entre bandas, más la complicidad política y policial, han corroído los cimientos mismos de la convivencia.

Mientras el gobernador tucumano Juan Manzur dentro de un armario de Narnia canchereó: “Vos tenés que poner a alguien que los escuche, que los atienda y después nosotros hacemos lo que queremos” frente a una sonriente Ministra de Seguridad, Sabina Frederic, en la ciudad de Rosario se producían dos nuevas muertes: una de ellas la del taxista Gerardo Escobar, que estaba haciendo horas extras para poder comprar el asado con el que pensaba festejar el cumpleaños de su hijo hoy, domingo.

Las desinteligencias en la materia en Santa Fe son evidentes, por más que el ministro de seguridad de la provincia, Marcelo Saín, se haya disfrazado (sic) de Capitán América en las redes sociales. A minutos de conocido el segundo asesinato del día, el de un joven apuñalado en Villa Gobernador Gálvez, Saín encontró un culpable: la sociedad rosarina. Y dijo: “Hay un nivel de violencia enorme en la sociedad rosarina. La sociedad rosarina se siente que vive en un cantón suizo y vive en Rosario. Y Rosario hace muchos años que viene padeciendo esto. No es un problema de gestión política sino un problema de estructuración social. Acá se roban celulares porque la gente compra celulares, se roban autos porque la gente compra autopartes, hay venta de drogas porque la gente la consume".

Tiene razón Saín; si no hubiera celulares sería muy difícil robarlos. Por supuesto, el responsable de la seguridad del gobernador Omar Perotti no dejó pasar la oportunidad para culpar a la oposición: “Hay sectores de la oposición, que son miserables, que se valen de cualquier cosa para sacar mano en esta materia”. Mientras tanto, todavía no se sabe de quién es el cuerpo de la señora que fue apareciendo por capítulos desde el lunes en el arroyo Saladillo.

En algunos paredones santafesinos todavía se ve el afiche sonriente del entonces candidato Omar Perotti prometiendo “Ahora, la paz y el orden”.

Ezeiza se presenta entonces no sólo como una puerta a un futuro sino además como la posibilidad de no recibir un tiro, un día de estos. ¿Exageración? Es probable. ¿Posibilidad? También. En este contexto, aclarar que el asado por el que hizo horas extras Gerardo Escobar cuesta hoy según el INDEC 21,58% más que el noviembre es un dato casi frívolo. Pero no lo es.

Y quienes no quieren al gobierno, suman: la ministra de salud de Salta, ante la vergüenza de ocho chicos wichís muertos de hambre responde “no es de ahora que los chicos mueren en esta época del año”, comparando la vida de los nenes con la temporada de espárragos. Connotados connacionales integrantes de la publicitada “Mesa del Hambre” no hicieron declaraciones sobre las muertes, eso sí, Narda Lepes se condolió de la muerte de su hornito eléctrico y Juan Carr publica a diario noticias sobre los afectados del coronavirus en China. Los prestigios vienen cada vez más biodegradables.

La vicepresidenta de la nación nos mete en un berenjenal diplomático con los italianos por su tirria con el ex presidente y se pelea con el Fondo Monetario Internacional con el que se supone que estamos negociando. Nada de esto provoca el mínimo gesto en los seguidores y fanáticos del gobierno. Simplemente ya decidieron que éste es el paraíso en el que quieren vivir. Esa parte que no llega a la mitad de los habitantes del país quiere vivir así y que los demás también vivan así.

En las crisis anteriores, los mayores intentaban por todos los medios convencer a sus hijos o a sus nietos de que se quedaran, que la pelea valía la pena y era acá donde se daba. Evocaban sus propios tiempos duros, lo difícil de la vida en el extranjero, la incomodidad de las nuevas costumbres, el dolor de la distancia. Hoy eso también se ha quebrado. El mazazo histórico que recibieron el viernes los jubilados no se disimula ni con el enorme poder de fuego mediático puesto en marcha para hacer creer que un ajuste brutal en haberes de $16.500 en adelante fue en realidad un “aumento”.

Por ley, a todos los jubilados les correspondía un 11,56% de aumento. Por decreto quienes cobran $16.500 recibieron 11,39% y de ahí en más las escalas bajan hasta un 3,6%. Cómo volverán de esta traición a sus seguidores tantos medios complacientes que festejan el “aumento” es un intríngulis que, por ahora, no parecería importarles. Supondrán que la quemazón no les tocará. Miles de pesos por mes que el Estado debía por ley devolver a los jubilados, quedaron ahora en manos del gobierno.

¿Qué tiene de justicia “achatar” la pirámide? En un sistema justo quienes más cobran son quienes más aportaron. “Aportaron” quiere decir que es dinero que ellos pusieron en el sistema, dinero que ganaron trabajando y que hoy un decreto presidencial les ha robado.

El viernes el Estado dio una señal más de a quién castiga y a quién beneficia. Castiga a los que trabajaron, fueron productivos y contribuyeron al sistema con su sacrificio. Por supuesto, el relato, totalmente refractario a cualquier dato de la realidad, habla de favorecer a los desprotegidos. Ese esfuerzo que hoy se pide a quienes cobran desde $16.500 en adelante es para seguir sosteniendo un aparato burocrático que está llegando a niveles nunca vistos, no para bajar el déficit que sería algo que largo plazo nos beneficiaría.

Por eso hoy ya los mayores no les insisten a sus descendientes que no se vayan. Viven la impotencia del que trabajó toda su vida, fue honesto, se privó de vacaciones o mínimos gastos y hoy siente que un grupo privilegiado de políticos, en nombre de la “solidaridad”, usan su dinero para despilfarro propio u, otra vez, fidelización partidaria.

No suena casual el castigo. Las personas mayores fueron de las más críticas al nuevo gobierno y ven en lo del viernes una venganza perversa. Ahora vendrán los juicios pero la lógica del poder contará con la lucha entre los tiempos biológicos y los tiempos de la justicia. Sí, esperará ganar por abandono como ya lo hiciera Sergio Massa en tiempos en que dirigía el ANSES. Que hagan juicio y traten de no morirse antes. Y si sobreviven, que sea un próximo gobierno el que se haga cargo.

Con lo terrible que es que a quien aportó toda su vida le saquen miles de pesos, no es lo peor que ha ocurrido el viernes. Lo peor fue que lo que estaba institucionalizado se convirtió en concesión graciosa del rey. Se perdió un derecho y se ganó una dádiva. Esa parte del país que no eligió a esta administración no quiere vivir de dádivas.

Hoy los mayores ven que sus hijos o sus nietos se van y no tienen fuerzas para retenerlos. Sólo se preguntan ¿quiénes quedan para dar vuelta esto?

Pese a todo, hay todavía gente que cree. No en esta administración, claro, sino en la posibilidad de que las cosas cambien. Muchos calculan que quizás cuando la demagogia y el populismo terminen chocando con sus propias contradicciones podrá verse más claro que el corto plazo no es el camino, nunca lo fue. Se juntan con quienes todavía se pueden mirar a los ojos y se dan fuerza. Y se cuentan las heridas. Y piensan, con razón, que el hecho de que algo haya ocurrido de determinada manera en circunstancias anteriores no significa necesariamente que se repita así en el futuro. Y creen que dejar por escrito cada una de los desaguisados del poder es la manera que tienen para que los relatos no le ganen a la realidad.

El país que alguna vez convocó a los buenos, ahora expulsa a los mejores. Sin embargo, nada es para siempre. Y son millones los que saben que acá o allá es posible hacer mucho aún para que esas valijas que hoy se van tomen, más temprano que tarde, el avión de regreso.

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