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20 de septiembre de 2006
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EL ARTE DE LA ACCIÓN DESINTERESADA Y CORRECTA

Poder ver lo global en los aconteceres y tener el discernimiento suficiente para discriminar lo prioritario

    Poder ver lo global en los aconteceres y tener el discernimiento suficiente para discriminar lo prioritario. Estas dos condiciones nos parecen fundamentales para una ajustada crítica que nos permita, luego, la acción correcta. Estamos viviendo los argentinos una atmósfera angustiante por la incertidumbre del destino del compatriota Jorge Julio López y reviviendo lo que fue una etapa de oprobio, intolerancia y derrumbe total de la vida democrática.

    El panorama global del país desde el retorno a la democracia nos encuentra muy lejos aún del ejercicio del diálogo, del respeto por las disidencias, de la capacidad de acuerdos que nos permitan trabajar juntos. Los partidos mayoritarios, más que crisis de crecimiento, revelan profundas grietas que perturban la eficiencia del accionar democrático y varias de las voces de otros partidos menores, a veces, son confusos mensajes que no admiten matices, ya que llegan a homologar un sistema terrorista con un estado democrático, con muchas falencias, sí, pero donde las instituciones procuran funcionar y depurarse al ritmo que les es posible y donde nuestra participación ciudadana es ineludible.

    En tal escenario, en momentos en que la justicia de esta democracia que vamos construyendo arduamente marca un hito, un salto cualitativo en la prolongada historia de impunidad del terrorismo estatal, los grupos antidemocráticos, mesiánicos, genocidas responden con la única metodología con que se manejaron siempre: el terror, la intolerancia, la reivindicación de sus crímenes de lesa humanidad. ¿Cuál es la acción correcta que puede discernir en estos momentos una sociedad que quiere vivir democráticamente?

    ¿Cuál es el único punto donde debieran focalizarse hoy las miradas y aunar las fuerzas? Creemos que una actitud generosa e inteligente nos señala a Julio López, a ese modesto y heróico testigo (con el profundo sentido que tiene el testimoniar), a quien deseamos que aparezca con vida. Lo deseamos, en primer término, por el valor intrínseco que tiene toda vida y, en segunda instancia, porque si algún grupo actuó contra él, convertiría su caso en un hecho emblemático del peligro siempre latente de aquellos que reivindican su actuar genocida.

    Y frente a esto, más la avalancha de amenazas que circulan, se nos impone, a los que queremos vivir en democracia, cerrar filas contra ese único enemigo común. No olvidemos, gobernados y gobernantes de cualquier partido democrático o independientes apartidarios, que todos los fundamentalismos tienen en común el ser inmorales y antidemocráticos.

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