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26 de agosto de 2006
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El aporte de Ana Rosa a la política

Ana Rosa Gazzoli y su lucha para lograr interrumpir el embarazo de su hija discapacitada dio la vuelta al mundo. Un tema de fondo irresuelto. Un debate que se esconde. El brote de la intolerancia. Los medios, los dirigentes políticos, sus intereses y su capacidad para conducir la discusión

    ¿Quién lidera la discusión de temas en la Argentina? ¿Quién los conduce? ¿Quién maneja la agenda de temas públicos? Los últimos días dejaron al desnudo que quien determina de qué hablamos o dejamos de hablar en el país o en la provincia no es el presidente ni el gobernador ni los medios, ni siquiera las instituciones más creíbles. Cuando la realidad se impone, lo hace por sí sola, irrumpe intempestivamente y su motor puede ser el último de los mortales.

    Ana Rosa Gazzoli, con el drama de su hija a cuestas, puso a Mendoza y al país en la boca de todo el mundo, literalmente, un mundo que todavía no cierra dilemas tan profundos como el aborto, la eutanasia, la salud reproductiva y tantos otros. La lucha de Ana Rosa por la vida de su hija vino a confirmar cuán lejos están quienes tienen la responsabilidad de dirigir de los temas más profundos vinculados con la ciudadanía.

    Sobran los ejemplos. En el caso de la interrupción del embarazo de Claudia, la hija de Ana Rosa, o del de la chica vecina de Guernica, Buenos Aires, las instituciones fueron desbordadas. En particular, la Iglesia, que no ha podido contener la exacerbación que han puesto de manifiesto algunas de sus organizaciones de laicos denominadas provida. La intolerancia y la intransigencia que históricamente han demostrado tener los grupos más radicalizados identificados con posturas antiabortistas no fueron contenidas por una Iglesia que también parece haberse sorprendido con la aparición de este debate.

    Las amenazas, las advertencias, las manifestaciones temerarias de parte de sus miembros han sonado contradictorias con lo que dicen representar. Y nadie de la jerarquía eclesiástica parece haber advertido tal actitud, que preocupa y mucho, asumida abiertamente en su nombre. La actitud de estas organizaciones, evidentemente desmadradas, dan cuenta del tenor de las discusiones que no han advertido los capitostes de la institución religiosa.

    En las últimas horas, recién, obispos y sacerdotes decidieron plantear abiertamente el debate en las misas dominicales. Ni hablar de lo que sucede con la dirigencia política. Mientras el humor de la calle va y viene discutiendo como puede estos asuntos, mientras se estremece frente al coraje de Ana Rosa y se pregunta por qué hacer cumplir la ley cuesta tanto y, más aún, cumpliéndola, mientras quienes lo hacen deben ejecutarlo a escondidas, como ocurrió en Buenos Aires y Mendoza, los dirigentes se enfrascan en los temas en los que se sienten más que cómodos.

    Ahí están los radicales debatiendo este fin de semana su futuro político y el del centenario partido, pero enfermos de interna y sólo movilizados por las cuotas de poder que rifa el presidente Kirchner. La crisis de dirigentes se remonta, evidentemente, a lo sucedido en aquellos recordados años 2001 y 2002. Quizás aquello fue la manifestación de la decrepitud en la que había caído. Y la clase de representantes que surgió, luego de haber pasado por el cedazo de un pueblo indignado y que pedía que se fueran todos, se parecía o se acercaba al prototipo de hombre común.

    Ser un político con sentido común, emparentado con las actitudes propias del mejor de los vecinos, fue un atributo invalorable para los que se aventuraban en el oscuro entramado de la política. Julio Cobos y Néstor Kirchner representan, en buena medida, el modelo más cercano a lo que demandó la sociedad hastiada de tanta corrupción, cinismo y falta de respeto. Ahora bien, ¿es Cobos, el gobernador, un hombre preparado mentalmente para conducir en Mendoza el debate sobre la despenalización o no del aborto?; ¿puede Kirchner, en la Nación, liderar y asumir los costos de semejante discusión a lo largo y ancho del país?; ¿Cobos y Kirchner se animarían? Posiblemente, sí, pero el tema no está en la agenda del gobernador ni en la del presidente.

    Por el contrario, apelan a las evasivas, por los costos políticos que asumirían en caso de descubrir su pensamiento.Pero, en el caso mendocino, quedó en evidencia cierta posición oscilante del gobernador, que dispara inmediatamente algunas dudas sobre el pensamiento del mandatario en torno al controvertido asunto. Cuando las organizaciones antiaborto lo sorprendieron en su domicilio particular –una práctica condenable que se extiende–, protestando por el pedido de aborto que había realizado Ana Rosa, conmovido, se manifestó a favor de los reclamantes.

    Luego, en Buenos Aires, y una vez que la Suprema Corte ya había ordenado la práctica del aborto para el caso de Claudia, pareció acomodar su discurso a un ámbito y auditorio sensiblemente distinto. Es más, su opinión de ciudadano común en la vereda de su casa envalentonó a las ONG antiabortistas a pedir desaforadamente la renuncia del titular de Salud, Armando Calleti, porque había sido desautorizado, naturalmente, por el gobernador.

    Calleti se había inclinado claramente en favor de la aplicación de la letra del Código Penal, que prevé casos especiales como el de Claudia. Pero esto de desautorizar a sus funcionarios no es una novedad en el gobernador. Lo propio había hecho días atrás con la ministra de Economía, Laura Montero, quien había emprendido una fuerte embestida contra José María Llaver, el productor del Este que le ofreció a la funcionaria probar su hombría. Con sus seis hijos, sus veinte nietos y nueve bisnietos, Ana Rosa se transformó en la mujer de la semana.

    Por ella y por sus convicciones, los argentinos hemos puesto otra vez la lupa sobre uno de los controvertidos temas que siempre descansan debajo de la alfombra. Una vez más, es la valentía y el coraje de una mujer la que marca el camino a seguir. ¿Quién puede, en su sano juicio y por más convicciones que existan, acusar de algo a Ana Rosa? Una buena oportunidad para desatar un debate en serio en todo el país buscando enfrentar tanto cinismo e hipocresía.

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