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8 de noviembre de 2012
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Punto de vista

El 8N y el 7D y los que todavía siguen creyendo

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<b>Por Jorge Hirschbrand.</b> Se genera un factor de distracción con fechas que parecen clave, pero que no son más que excusas en una pelea abierta entre el poder político y el económico.

Hace once años, la pantalla roja de Crónica TV ardía. A cada rato exhibía una alarmante suba en el índice de riesgo-país, un concepto que era nuevo para los argentinos y que a la vez representaba un misterio. Nadie sabía de qué se trataba, pero todo indicaba que, si subía, la cosa estaba mal, muy mal.

La apuesta entre los ignotos era entonces adivinar qué iba a ser de este país cuando ese número superara los tres, cuatro o cinco mil puntos. El imaginario popular especulaba con una explosión de características apocalípticas, y lo que  terminó ocurriendo tuvo algo de eso, aunque con un sentido inverso.

La revolución social que se gestó a fines de diciembre del 2001 terminó siendo, con el resultado de la historia puesto, casi fundacional para Argentina. Pero nada tuvo que ver el "riesgo-país" con eso. Fue, más que nada, hartazgo.  Básicamente, la gente salió porque se cansó de que le mintieran. Y, a partir de ahí, se dieron gestos notables, de solidaridad, de recursos genuinos para recuperar una economía devastada. Aparecieron los clubes del trueque, servicios a  cambio de comida, y se recurrió al refugio  socialista de todos para uno y uno para todos. Eran tiempos de crisis y a veces el instinto de supervivencia provoca esas conductas elogiables.

Pero, volviendo al índice impuesto por las compañías internacionales calificadoras de riesgo, lo concreto es que se trata de un número más simbólico que otra cosa. Primero, porque está confeccionado a partir de la especulación financiera. Segundo, porque las empresas que lo miden fueron cómplices de las crisis mundiales  más importantes y, además, manejan intereses particulares sobre el tema. Y, tercero, porque no se conocen casos concretos de sismos  ocasionados por la suba del riesgo de inversiones.

Sin embargo, la cifra tuvo su propio juego de significante y significado. Según la lectura que se le diera o de dónde se leyera, implicaba una u otra cosa. El número seguía ahí, intacto; matemáticamente neutro y sujeto a interpretaciones.

Eso suele ocurrir con los números y las letras. Se les da más importancia, en ocasiones, que la que realmente tienen. Se convierten en íconos, hitos, distracciones o meramente recuerdos. Hasta forman parte de la puja ideológica.

7D u 8N. De eso se trata. Qué implica esta combinación. Poco, nada, mucho. Las construcciones alfanuméricas van más allá del calendario. Marcan un trasfondo.

7D: día límite a partir del cual debería entrar en plena vigencia la Ley Nacional de Servicios Audiovisuales. El Gobierno nacional promociona la fecha como un hombre hambriento que espera ansioso la degustación de un manjar. Y cae, sin querer, en la disputa palmo a palmo entre el poder político y el económico. No debería ser así.

Y después de eso, ¿qué? Todo seguirá su rumbo. Lo único que importa en este punto es la ley. Si está, hay que cumplirla. De lo contrario, se cae en la anarquía. Es allí donde se verá la calidad institucional, vapuleada últimamente por jueces que juegan al mejor postor. El Poder Ejecutivo, como el Judicial, deberían tener y poner en prácticas las herramientas estipuladas para  perseguir, juzgar y sancionar a quienes vayan por afuera o desconozcan la ley.

8N: convocatoria para un cacerolazo multipropósito: se reclamará por el cepo indiscriminado al dólar, el control cambiario y a las importaciones, la inseguridad, los bolsones de corrupción enquistados en las política, la inflación y el Impuesto a la Ganancias para el asalariado, como principales elementos que pueden provocar irritación. Se mezclará con los intereses ocultos de lo peor de la sociedad argentina, de quienes creen que los derechos sólo son para cierto  sector acomodado y que no debe existir la igualdad de posibilidades, de los que aún añoran las épocas de borceguíes en la Casa Rosada.

Y después de eso, ¿qué? No debería ocurrir nada, o sí. Tal vez el Gobierno tendría que escuchar que algo está haciendo mal, que el modelo es perfectible y que no está mal reconocer que hay cuestiones que pueden mejorar. No mucho más que eso. No hay lugar para golpistas, oportunistas o especuladores. El tema pasa por saber cómo depurar un reclamo que puede ser legítimo y no caer en la maraña de quienes jamás han comprendido el juego democrático de  elecciones, mayorías y minorías.

De un lado y del otro se juega con la inmediatez y con el valor metafórico cuasi revolucionario que se imprime a ambas fechas. Se confunde, se desvía la atención. Se generan falsas expectativas y, por supuesto, se intenta sacar un rédito político.

El Gobierno se desnuda. Parece no haber aprendido de las experiencias. Sucedió con los hijos irregularmente adoptados por Ernestina Herrera de Noble. Se creyó que eran hijos de desaparecidos apropiados durante la dictadura, y nunca  pudo demostrarse: una pelea perdida en la guerra abierta contra el Grupo Clarín.

El 7D tiene algunos atenuantes en el tema. La ley está, fue votada, debatida y consensuada como pocas normas en este país y nadie puede estar por encima de su alcance.

El kirchnerismo se juega todo a un pleno y, si no le sale, queda expuesto. Eso lo diferencia, es cierto, con quienes organizaron el 8N, porque sería cínico insistir en que será un cacerolazo o una marcha espontánea o apolítica. No: estuvo perfectamente organizada por grupos opositores (políticos y económicos) que trabajaron de manera mancomunada y en las sombras  para herir al Gobierno. Y, si así lo hacen, es porque tampoco tienen la capacidad para ofrecer una  alternativa sólida y seria.

En el medio, los que todavía creen. Unos confían en los relatos en Cadena Nacional, otros consumen medios sin espíritu crítico, y creen todo lo que les dicen sin siquiera cuestionar o darse el lujo de dudar. Van, marchan, defienden, atacan. Son los mismos que alguna vez se preguntaron qué iba a pasar con el riesgo-país. Los que se cansaron de ver cómo siempre la historia pasaba por otro lado. Y que, a pesar de todo, siguen siendo presos de los aparatos. 

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