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9 de noviembre de 2009
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OPINIÓN

EEUU: el hartazgo de los soldados (por Gabriele Chwallek, de DPA)

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También hubo una pizca de alivio en medio del horror por el baño de sangre: el tirador de Fort Hood actuó solo y, según todos los indicios, no era un ?sleeper?, un terrorista a la espera de una orden para llevar a cabo un atentado.

También hubo una pizca de alivio en medio del horror por el baño de sangre: el tirador de Fort Hood actuó solo y, según todos los indicios, no era un “sleeper”, un terrorista a la espera de una orden para llevar a cabo un atentado.

Pero, a medida que prosigue el goteo de información sobre Nidal Malik Hasan, hay otro aspecto que se presenta cada vez con mayor claridad: la tragedia desatada el jueves en la mayor base militar de Estados Unidos pudo ser un acto desesperado de un único hombre, pero tiene también una dimensión política más amplia, que puede convertirse en un problema para Barack Obama.

El presidente estadounidense lleva semanas discutiendo con sus asesores una nueva estrategia en Afganistán. El general a cargo de la misión, Stanley McChrystal, quiere, al menos, 40.000 soldados más en la región. Obama no quiere arriesgar más vidas si no es imprescindible y si no hay una misión clara.

Estados Unidos acaba de vivir el mes más sangriento en Afganistán desde el inicio de la ofensiva, con 55 soldados muertos. Esto ya hace a Obama más difícil cualquier decisión.

Y sobre ese fondo revuelto llega la masacre en Fort Hood: un brote de violencia desatado por el pánico ante el envío a Irak (próximo destino de Hasan), por el rechazo a la guerra, la sensación de desesperación y, acaso, también por odio.

Después de todo, el autor era un psiquiatra encargado de tratar las perturbaciones postraumáticas de soldados que regresaban de la guerra. Según su familia, no soportaba las escenas narradas por sus pacientes, muchos de ellos mutilados, y la visión del horror que transmitían.

Nada de esto se confirmó como causa del incidente. Pero, incluso aunque se encuentre otra, la masacre fue un golpe repentino y drástico que volvió la mirada de la opinión pública hacia la carga de las dos terribles guerras que libra Estados Unidos y hacia un grupo de víctimas de las que casi nunca se habla: los heridos. Sólo durante los últimos tres meses, más de un millar de personas quedaron gravemente mutiladas en Afganistán.

Noel Hasan, tía del psiquiatra, relató que rara vez hablaba de su trabajo. Una vez, sin embargo, contó de los soldados que regresaban destrozados de Irak o Afganistán. Uno había sufrido quemaduras tan graves “que tenía la cara casi derretida”, según Noel. “Me contó cuánto lo había afectado eso”, dijo.

También se supo que Hasan trabajó seis años en el Hospital Walter- Reed en Washington, primer destino de los heridos en la mayor parte de los casos. “Tenía pesadillas”, contó su primo Nader a medios locales.

También este familiar calificó de “buen estadounidense” a su primo, que ingresó en el Ejército contra la voluntad de sus padres y que, con el correr del tiempo, se volvía cada vez más en contra de las guerras en Irak y Afganistán. “Quería salir, pero no podía”, afirmó el primo.

Si la ira crecía en Hasan, ¿hubo señales de advertencia que permitieran esperar este final? Un ejército de expertos investiga no sólo el porqué de la masacre, sino también cómo pudo producirse. Todos coincidían el fin de semana en que el psiquiatra acumulaba años de una desesperación creciente que se había ido acumulando en él.

En internet se encontraron también algunas opiniones del tirador que al menos parecen indicar cierta disposición a recurrir a la violencia. Pero nadie notó nada ni se ocupó de ello, ni siquiera el propio Hasan: “Era psiquiatra, pudo haber reconocido las señales en sí mismo”, opinó un colega. “Pudo y debió haber buscado ayuda, pero no lo hizo. Eso hace todo aún más incomprensible”, agregó.

Fort Hood se convierte así en una nueva llamada al Ejército para que refuerce el apoyo a los soldados que vuelven afectados de la guerra. Se estima que 30 por ciento de los efectivos estadounidenses que regresan a casa lo hacen con problemas psíquicos, como depresiones, pánico y ataques de ansiedad.

Pero muchos no confían en contar sus problemas. “Pedir ayuda no es señal de debilidad”, dijo a los soldados la senadora texana Kay Bailey Hutchison.

Según la Casa Blanca, también Obama quiere reforzar ese mensaje. Pero, en lo inmediato, debe decidir si envía más soldados a una guerra que cuenta con un aval ciudadano cada vez menor: según las últimas encuestas, el nivel de apoyo a la misión en Afganistán cayó por debajo de la marca de 50 por ciento de la población.

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