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25 de octubre de 2021
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Editorial

Una provincia que se acostumbró a verse sucia

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Alcanza con salir un fin de semana a recorrer el Gran Mendoza para ver que la fisonomía cambió completamente. De aquella premisa de ser la provincia más limpia del país quedan sólo el eslogan y el orgullo de haber sido. La realidad muestra un paisaje muy distinto, lejano a la idea del cuidado de la higiene y del medioambiente.

Desde papeles, pasando por bolsas de plástico hasta colillas de cigarrillos... Mendoza está cada vez más sucia. Y el perjuicio ya roza el daño estructural, el punto de no retorno.

Hay dos aspectos que son clave para entender este fenómeno. El primero podemos encontrarlo en las conductas ciudadanas. Hay cierto desprecio hacia el espacio público que va de la mano de la degradación social, cultural y educativa en la que cayó Argentina, y Mendoza no tiene por qué ser una excepción.

De las consignas ambientalistas que se vieron cuando se intentó modificar la Ley Antiminera sólo queda el espíritu de ir a una marcha. Una cosa es gritar “el agua de Mendoza no se negocia” y otra muy diferente es mirar hacia otro lado cuando alguien tira basura en las acequias. Es ser políticamente correcto; después, que limpie otro.

El segundo aspecto, tal vez el más importante, es la falta de decisión política para recuperar la pulcritud de la vía pública. Es responsabilidad de los intendentes que, sin embargo, están más preocupados en mostrar una imagen de funcionarios modernos, ecológicos e innovadores. Y, en ese afán, terminan olvidando los tres mandamientos básicos de un jefe comunal: alumbrado, barrido y limpieza.

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