Desde hace años, parece haberse naturalizado una forma particular de encarar los conflictos gremiales en el país. Es un mecanismo que se grafica perfectamente con el “perro del hortelano”, que no comía ni dejaba comer. Se trata del bloqueo a empresas por varios días, que lisa y llanamente es un apriete. Nada entra, nada sale, lo que implica a su vez que se corte la cadena de comercialización y que, incluso, no se les permita el ingreso a trabajadores que no están de acuerdo con la medida de fuerza. Con ese tapón sindical en la puerta, la economía propia de ese emprendimiento se ahoga.

Es lo que está sucediendo con las fábricas de neumáticos, que desde hace cuatro meses son escenario de una discusión gremial que ha sorprendido, considerando que el marco de las paritarias ha ido avanzando a la par de la inflación, mal que mal, para los salarios, pero ha habido voluntad para ir readecuándolos con los meses. Por eso, es hasta llamativo que el Gobierno nacional haya dejado actuar de esta manera a un gremio a pesar de las herramientas que tiene para arbitrar. El ahogo a estas firmas ha traído un efecto que complica todo: la producción de este tipo de bienes se redujo considerablemente. Y, a la par, aumentó desproporcionadamente el valor de una rueda. Es tal el sinsentido, que muchos deben cruzar a Chile para adquirir esos productos a un menor precio.

Medidas sindicales de este tipo son contraproducentes para la economía en el peor momento. Primero para la empresa, porque se le corta la circulación del capital; luego, para los empleados, quienes, sin producción, pueden perder sus trabajos. Y, por último, para el consumidor, que ya batalla de manera desigual con la inflación. Todo un despropósito.