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23 de julio de 2021
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Editorial

El problema no era sólo Pfizer

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Más allá de la masiva llegada de vacunas en el último mes, sobre el Gobierno nacional pesa más de una situación en la que no sale bien parado respecto de la gestión sanitaria. Más puntualmente, la negociación con los principales fabricantes de medicamentos contra el coronavirus.

Ya de por sí, la situación con Pfizer causó un desgaste y, a la vez, una gran desconfianza de los ciudadanos hacia las vacunas que fue difícil de remontar. La opción por los laboratorios nacionales para producir tanto la Sputnik V como la AstraZeneca generó más de una pregunta. Bajo el amparo de la confidencialidad que exigen los laboratorios como parte de la relación contractual, hay aspectos que han salido a la luz y no son, precisamente, nada transparentes: entre ellos, la relación con Rusia y la falta a la palabra firmada por el componente 2 de la vacuna de ese país.

La cuestión es sensible, pero no sólo a un nivel de relaciones comerciales entre Estados. En el plano político, el Ejecutivo nacional tendrá que explicar en los ámbitos pertinentes por qué se avanzó de manera preferencial con el contrato con Moscú sin ampliar el espectro con otros laboratorios hasta avanzado este año y con el impacto de la segunda ola, que incrementó la cantidad de fallecimientos.

A nivel sanitario, la situación es grave: fue el suero que se aplicó a un grupo vulnerable –mayores de 60 en adelante– y que ahora padece la espera y la incertidumbre de no saber cuándo podrá completar el esquema correspondiente.

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