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7 de septiembre de 2021
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Editorial

El privilegio de ir a votar

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El domingo el país vivirá una nueva jornada democrática, en un contexto diferente al de anteriores elecciones. Y no sólo por la pandemia de coronavirus. Tanto los antecedentes de provincias como Jujuy, Salta y Misiones como las recientes encuestas reflejan una importante apatía y desinterés de los electores por participar de las Primarias, Abiertas, Simultáneas y Obligatorias (PASO).

Más allá de una campaña deslucida, de una renovación que se hace esperar, de candidatos que se repiten comicio tras comicio y de un cansancio social ante promesas incumplidas, ninguna excusa es válida para no cumplir con un deber cívico que costó demasiado recuperar.

Porque el voto es, fundamentalmente, un elemento clave a través del cual una sociedad puede evaluar la gestión de sus gobierno. Es también un compromiso, un derecho, un deber y un privilegio.

Es una de las principales manifestaciones democráticas, si bien el valor intrínseco la democracia supera el peso que tiene cualquier proceso electoral.

El voto para los argentinos de entre 18 y 70 años es "obligatorio", según la Constitución Nacional. Sin embargo, más allá de esa imposición legal, existe una responsabilidad ética y moral de ir al cuarto oscuro para elegir a nuestros representantes.

El desgano, según los sondeos, es mayor entre los sub 30. Que ese grupo que representa, en gran parte, el futuro del país muestre un alto nivel de fastidio y hastío con la clase política es una poderosa señal. Pero no lo suficientemente fuerte como para contrarrestar el privilegio de ir a votar.

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