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18 de enero de 2022
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El mensaje de odio como un recurso vil de la política

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Argentina está caminando por la peligrosa cornisa del discurso de odio; de la búsqueda de enemigos imaginarios para justificar los errores de un gobierno que, cuando no tropieza con su propia torpeza, lo hace con los hechos de corrupción que envuelven a sus funcionarios. O quizá ni lleguen a convertirse en delitos. Son conductas que están directamente enfrentadas con la mínima noción de ética que debe tener un funcionario público.

Cuando eso ocurre, se plantea la dicotomía de “ellos o nosotros”. Es un recurso del cual históricamente se han nutrido los populismos para darle una excusa, un placebo a la tropa propia y mantenerla distraída en épicas inexistentes que violentan el clima social.

Para que la fórmula sea perfecta deben darse ciertas condiciones que favorecen el cultivo del fundamentalismo. Pobreza, desempleo, inflación y, sobre todo, una crisis en el sistema educativo. En el peor de los casos, usarlo como vehículo de adoctrinamiento.

Cada vez con menos pudor, los funcionarios se animan a hacer públicos sus prejuicios para marcar a todo aquel que no coincida con sus ideas políticas, económicas o religiosas como un enemigo a combatir. Lo hacen, claro está, para tapar sus propias miserias. Sin embargo, el objetivo es mantenerse en una posición de poder privilegiada a partir del sustento que le da una masa fanatizada que no indaga, no cuestiona y acepta con obediencia debida los mensajes mesiánicos. Es un núcleo duro incapaz de analizar datos; de discernir. No lo realizan por dos motivos. Primero, porque en algunos casos perdieron el instinto de dudar. Segundo –y es lo más peligroso–, porque temen que, de hacerlo, se enfrenten a sus propios fantasmas. Y, para evitarlo, son capaces de cualquier atrocidad.

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