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11 de noviembre de 2009
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FÚTBOL

Dos cumpleaños

La tarde estaba linda, de esas de principio de primavera, y tenía franco. ¿Qué más podía pedir? Y bueno, ya que estamos, un cumpleaños, de esos familiares y encima de alguien muy querida: mi cuñada Marisa.

    La tarde estaba linda, de esas de principio de primavera, y tenía franco. ¿Qué más podía pedir? Y bueno, ya que estamos, un cumpleaños, de esos familiares y encima de alguien muy querida: mi cuñada Marisa. Como en todos las celebraciones, estaban los regalos, los globos, los sanguchitos de miga, la pizza, las salchichitas y otras delicias por las que mataría durante un día intenso de trabajo. Pero ahí, todas juntas, es como que pierden gracia, porque me cuesta elegir qué comer. Fueron llegando los invitados, algunos con los regalitos en mano, y otros –nunca faltan– con la promesa de entregarlos más adelante, cosa que, en general, no sucede. Nos ubicamos alrededor de la mesa que la homenajeada preparó en el living y nos internamos en las charlas a las que llamo “de cumpleaños”, es decir, temas livianos, superfluos, nada de deuda externa o de reforma política.
    Después de cantar el cumpleaños, de comer de más y todas esas actitudes típicas de esas fiestas, noté que los presentes se dividían. Advertí que se formaron dos bandos, con una lógica parecida a la de la primaria, en la etapa en que a las chicas les gustan los chicos y viceversa, pero la forma de demostrarlo es, justamente, no demostrarlo o estar lo más lejos posible uno de otro. Presté atención –aunque seguía metida en una de mis charlas superfluas– y me di cuenta de que la causa de la división era un televisor encendido, que estaba a un costado del living, a resguardo de miradas indiscretas. Y más que el aparato en sí, los varones estaban fascinados por la imagen del pasto verde y los jugadores que corrían de un lado a otro tratando de meter un gol.
    Alrededor de la mesa del living quedaron sólo las féminas y unos pocos varones, no sé si porque no les interesaba el fútbol o porque no se dieron cuenta de la jugada maestra. El resto, lentamente, casi en puntas de pie, para no llamar la atención, se ubicó cerca del televisor, lo más cerca que pudieron, aunque sea para ver con un ojo a los jugadores en la cancha. Me dio pena verlos nerviosos, rogando que no los descubrieran, haciéndose malasangre o alegrándose en silencio por las instancias del encuentro, para evitar ser vistos. Su esfuerzo llegó a límites tan extremos, que se hacían los que participaban de la fiesta. Con los ojos fijos en el televisor, cantaban el cumpleaños y festejaban los chistes que ni siquiera habían escuchado, porque no querían que un error fuera a delatarlos.
    El que más pena me dio fue un amigo de mi hermano, que se metió atrás de un gran potus, para evitar miradas indiscretas. Entretenidas, las mujeres no se percataron de la situación hasta mucho después. Y fue ahí cuando empecé a ver unas miradas de esas que matan, que iban desde la mesa del living hacia el rinconcito en el que estaba el televisor. Eran miradas con mensajes del tipo “cómo se te ocurre en un cumpleaños ponerte a ver fútbol” o “no te alcanza con todo lo que ves el sábado, ahora que no está codificado” o “qué falta de respeto para la cumpleañera”. Toda la escena se desarrollaba en silencio, sin movimientos, porque lo cierto era que las chicas permanecían en su lugar y los chicos en el suyo.
    Justamente fue el silencio lo que espesó el ambiente. Seguían ahí los globos, los niños, la comida rica, pero las miradas de reproche se hicieron cada vez más intensas, hasta que el clima festivo fue decayendo. Fue la cumpleañera la que notó que algo pasaba, pero con las corridas no entendía qué. Y como no tenía tiempo de, no tuvo empacho en preguntarle a los invitados qué les pasaba, por qué esas caras, por qué no estaban riendo y cantando. Después de un momento, una de sus amigas escupió la respuesta con bronca: “Es por estos desubicados, que se ponen a ver un partido en medio de un cumpleaños”, dijo, y acompañó sus palabras señalando a los culpables, que intentaron hacerse chiquitos y esconderse aún más detrás del potus. La cumpleañera se sorprendió con la revelación, porque no se había percatado de que todos los varones estaban amontonados frente al televisor.
    Ellos pusieron cara de culpables y, cuando estaban al punto de apagar el aparato –seguramente puteando en silencio– la homenajeada los sorprendió con una frase que la colocó en un lugar celestial, cerca de sus madres, de Maradona, de Palermo, de Francescoli, de Batistuta. – Yo quiero que en mi cumpleaños estén todos felices. Si quieren ver el partido, que lo vean, no molestan a nadie–, se despachó mi cuñada. Ellos la miraron arrobados, agradecidos, pero no se animaban ni a sonreír, a la espera de la reacción general. – Al final es el cumple de ella, y si no le molesta, que vean el partido, por mí está bien–, dijo una de las mujeres, que unos instantes atrás fulminó al marido con una mirada. La frase bajó la tensión a cero, volvió el clima de fiesta y los varones salieron de atrás del potus y disfrutaron con ganas del partidito. Nunca cantaron el cumpleaños con tanto ímpetu como esa noche, es que estaba dedicado a su nueva ídola, mi cuñada, una jugadora de toda la cancha.

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