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25 de septiembre de 2006
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Disparos al corazón del imperio

La actual Asamblea General de Naciones Unidas se ha caracterizado por las críticas al unísono contra Estados Unidos, sus políticas y su presidente. Voces de pocos que representan a muchos.

   El debate que llevan adelante por estos días jefes de Estado y de Gobierno de todo el mundo en el marco de la Asamblea General de la ONU, en Nueva York, estuvo impregnado de matices de carácter antiestadounidenses en mayor medida que durante los años anteriores. El presidente venezolano, Hugo Chávez, se refirió a su homólogo estadounidense, George W. Bush, como “el diablo”; su par boliviano, Evo Morales, lo tachó de neocolonialista e, incluso, el presidente costarricense, Oscar Arias Sánchez, acusó a Estados Unidos de poseer una “irracionalidad abismal”.

    La guerra de Irak y el papel de Estados Unidos en Oriente Medio fueron los aspectos más criticados, pero también las injustas condiciones comerciales. Los Estados más pobres se quejan de que el país más rico del mundo ya no les ofrece asistencia y que Washington gasta en ayuda al desarrollo la vigésimo quinta parte de lo que gasta en armamento. A ello se une que los pequeños Estados isleños sienten amenazada su existencia por la subida del nivel del mar, una consecuencia del calentamiento climático, al que Estados Unidos contribuye en gran medida, por ser el mayor consumidor de energía mundial.

   Durante la primera semana de reuniones de la ONU, tomaron la palabra 120 de un total de 192 Estados miembro de la organización; los discursos tradicionales, una especie de “caja de lamentos” del mundo, continuarán hasta el miércoles. En la Asamblea General de la ONU, las delegaciones no salieron de su asombro y aplaudieron con fuerza cuando el jefe de Gobierno venezolano se santiguó y recomendó a los estadounidenses la lectura de un libro de Noam Chomsky sobre las estrategias imperialistas de su Gobierno. El libro es número uno en la lista de best sellers de Amazon desde el discurso de Chávez.

    El presidente de Sudáfrica, Thabo Mbeki, advirtió ante la Asamblea General que “miles de millones de pobres pierden la paciencia porque el hambre no los deja dormir por la noche”. El presidente de Costa Rica reprochó a Washington que desde el 11 de setiembre del 2001 se gastaron 200.000 millo-

EL MÁS DURO. Hugo Chávez, aquí en la entrada del edificio de la ONU en Nueva York, fue el más crítico y llamó diablo a Bush. nes de dólares más en armamento en todo el mundo, sin que haya indicio alguno de que haya reforzado la seguridad o logrado un mayor respeto a los derechos humanos. El primer ministro de Nueva Guinea, sir Michael T. Somare, guarda rencor a Estados Unidos y a otros países industrializados por fijar unas condiciones de comercio global que aumentan aún más su ventaja con respecto a los países pobres o en desarrollo.

    El jefe de la delegación cubana, Esteban Lazo, llamó a los Países No Alineados a “desafiar los intentos irracionales de la superpotencia estadounidense, que quiere controlar el planeta”. El presidente iraní,Mahmud Adhmadineyad, dio su visión sobre un nuevo ordenamiento global, en el que la influencia de Estados Unidos se vea reducida por Naciones Unidas, entre otros organismos. El embajador estadounidense ante la ONU, John Bolton, quien ya expresó claramente en varias ocasiones sus dudas sobre la organización internacional, se siente confirmado en su opinión tras los ataques a Washington.

    El tono antiestadounidense muestra a la población cuál es la opinión verdadera de Naciones Unidas, dijo ante la prensa. “Si los países expresan aquí libremente sus sentimientos (contra Washington), quizás sea porque esperan obtener una recompensa por ello en este lugar”, dijo en referencia a los ataques verbales contra Estados Unidos de Chávez y Morales. En contra y de forma totalmente pragmática reaccionó el alcalde neoyorquino, Michael Boomberg, quien dijo que no puede olvidarse que las delegaciones de todo el mundo gastan mucho dinero en la ciudad, algo que supone “un buen negocio para nosotros.Considero despreciable lo que la mayoría de ellas dijeron ante la ONU, pero es igual si lo hacen aquí o en Alemania, en Bonn. ¿Por qué tendrían que enriquecerse por ello los alemanes?”.

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