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28 de octubre de 2006
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Despilfarro

El humorista reflexiona sobre un elemento vital: el agua

    Me lo contó mi amigo Rodrigo. Ocurrió hace unos quince días. Se desarrollaba en nuestra ciudad una jornada más del Encuentro Provincial de Teatro de escuelas primarias, un feliz acontecimiento que debe ser apoyado intensamente, porque las cosas que hacen los mocositos son maravillosas. El encuentro tenía sede en el teatro Quintanilla, corazón de la plaza Independencia. Se les acercaba el horario de presentación a los chicos de una escuela del desierto de Lavalle y los organizadores no los encontraban por lado alguno.

    Alguien dio el dato: me parece haberlos vistos en la plaza mirando la fuente. Fueron al lugar y allí estaban. La maravillosa fuente de la plaza estaba funcionando a pleno, iban y venían los chorros, saltaba el agua por doquier, subía, se achicaba, bailaba, se desparramaba. Para colmo, los placeros estaban regando los prados, entonces, al agua de la fuente se le agregaba el agua de las mangueras, de los baldes y de las regaderas, era un festival de agua el que había en el lugar. Los chicos estaban sentados mirando embelesados, absortos, totalmente abstraídos de todo, aún de su compromiso con el teatro. En sus rostros había una expresión de fascinación, de encantamiento.

    Ninguno de ellos hablaba, sólo miraban y miraban. La organizadora del evento, Paulina Carnevale, los fue a buscar y los llamó a vivas voces. No se movieron, siguieron ahí mirando, hasta que uno de ellos se animó y le dijo a Paulina. “¿Vio, doña? Acá tanta agua y mi mamá no tiene para la sopa”. No había que decir más. En las palabras del niño estaban encerrados toda la marginación, el olvido y las carencias de la gente del desierto, quienes también son nuestros hermanos, quienes también merecen tener nuestras mismas comodidades.

    Ellos, los que tienen que caminar kilómetros para hacerse de un balde medianamente lleno, estaban viendo un despilfarro de agua que los fascinaba, pero que, también, les dolía. Digo yo, nosotros, que rara vez nos acordamos de los otros, que dejamos que pierda el inodoro o que la canilla gotee impunemente o que regamos a la hora que se nos canta todo lo que se nos canta, sería bueno que nos acordáramos de la expresión de ese niño del desierto “¿Vio, doña? Acá tanta agua y mi mamá no tiene para la sopa”. Si no lo hacemos, seremos nosotros los que estaremos demostrando que estamos secos, pero por dentro. Chau, se la sigo la próxima.

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