access_time 18:03
|
2 de noviembre de 2009
|
|
Norma Morandini, diputada nacional

Despenalización de calumnias e injurias

No quiero ser una aguafiestas frente a lo que se presenta como un proyecto de avanzada. Digo esto porque quizás esta sea la prueba más brutal de nuestro atraso cultural y político en relación con la libertad de expresión.

    No quiero ser una aguafiestas frente a lo que se presenta como un proyecto de avanzada. Digo esto porque quizás esta sea la prueba más brutal de nuestro atraso cultural y político en relación con la libertad de expresión. Lo que venimos a hacer ahora es a despenalizar los denominados “delitos de prensa”. Venimos a despenalizar la calumnia e injuria a pedido de la Corte Interamericana, que le ha dicho al Estado argentino: “Señores: respeten la libertad de expresión”. Intentaré apartarme de la cuestión penal, porque no dejo de ser periodista. También debo expresar, quizás a modo de despedida, que no soy una periodista que se disfrazó de diputada para después contar cómo son los legisladores.
    Por el contrario, me siento parte del cuerpo. Aprendí sobre la escasa conciencia que hay en la dirigencia argentina en relación al papel de la prensa como valor de la democracia. Las organizaciones de periodistas –de las que formé parte–, al igual que las de derechos humanos, fueron contrariando el miedo que había en la sociedad y ganando para todos espacios de justicia y libertad. Así, hubo organizaciones en nuestro país que consiguieron para la prensa determinados espacios, como, por ejemplo, la eliminación de la figura del desacato. Ahora venimos a decir que no hay delito de calumnias e injurias cuando las expresiones se refieren a asuntos de interés público.
    En ese sentido, vale preguntarse quién se ocupa de las cuestiones de interés público, si no es la prensa. Cuando hablamos de la prensa, debemos pensar en el valor del término y no en periodistas concretos que a veces nos molestan por lo que leemos en un diario, escuchamos en la radio o vemos por televisión. La prensa es la que actúa de mediadora entre el Estado y la ciudadanía; por eso se habla de “medios”. Decía que este proyecto se presenta como una avanzada, pero, en realidad, viene a confesar que el colega periodista Eduardo Kimel tuvo que esperar 17 años para que se hiciera justicia. También podríamos decir que aquí nomás, había jueces que en 1996 se sentían aludidos y calumniados por lo que ya era una verdad histórica, que hablaba de la complicidad de algunos sectores con lo que pasó durante la dictadura.    
    Tampoco se conoce demasiado que, en nuestro país, cierto corresponsal extranjero fue condenado por calumnias por haber dicho que, en realidad, lo que había pasado en los cuarteles no era sólo responsabilidad de los militares, sino que había extensas franjas de la sociedad civil que, de alguna manera, habían actuado en complicidad. Como no me gusta acusar a otros para eludir la responsabilidad que cada uno ha tenido en el horror que hemos vivido, confío que en algún momento tendremos que hacernos cargo de dicho período. No me refiero a hacer un mea culpa colectivo, sino a que cada uno asuma la responsabilidad que tuvo y deje de poner el dedito en alto para señalar las culpas del otro. Como estamos hablando de libertad de expresión, es necesario recordar la historia que ella ha tenido en nuestra incipiente democracia. En 1986, las paredes de Buenos Aires, con esa forma odiosa de poner afiches para descalificar sin que nadie los firme, estaban llenas de propaganda de un pasquín de la derecha que se llamaba Cabildo, que en inmensas letras rojas tenía la palabra “subversivo”.
    Los quioscos de la ciudad estaban llenos de esa revista. Conforme a esa organización burocrática que tienen los servicios de inteligencia, la revista Cabildo tenía una lista con los nombres de quinientos periodistas. En esa lista estábamos todos. Aún hoy tengo la sensación del bochorno de aquellos chistes que alguien cuenta y nadie entiende. Recuerdo que cuando fuimos a una asamblea que hizo el gremio de prensa con motivo de lo que hacía esa revista, dije con ironía que se propusiera que aquellos que no estaban en la lista también la integrasen, porque, en realidad, se estaba llamando subversiva a la prensa como actividad.
    La importancia de la prensa surge tan sólo al advertir que lo primero que hacen las tiranías es imponer censura, precisamente para cancelar esa transacción de poderes y esa dinámica que da la libertad. Por lo tanto, insisto en que no deja de ser una confesión de atraso y una paradoja con bastante sentido casi de cinismo, el hecho de que hoy exaltemos el compromiso con la libertad de expresión en un Gobierno que ha cancelado la mediación de la prensa. Esto no se ha ocultado, ya que desde el inicio se dijo: “No creemos en la mediación de la prensa y, por eso, hacemos propaganda”. Entonces, es importante que empecemos a definir de manera cultural el deber ser. Por supuesto que la información no debe ser una mercancía, pero tampoco puede ser propaganda del gobierno de turno.
    Estamos bastante lejos de tener incorporado este derecho de decir, como reconoce la diputada Diana Conti, pero también tendríamos que señalar que en el avance que significa que la Corte Interamericana de Derechos Humanos nos diga “respeten la libertad de expresión”, hoy esa libertad de expresión ha sido totalmente superada como derecho subjetivo por el derecho que tienen las sociedades a ser informadas. Esta es la obligación del gobernante y del Estado: garantizar el derecho a decir, pero también permitir el acceso a la información. Me temo que en el momento particular que estamos viviendo se puede reconocer lo que dice el periodista italiano
    Furio Colombo, profesor de la Universidad de Columbia, cuando afirma que lo que ha amenazado siempre al periodismo es el poder, la censura y el no permitir el acceso a la información, sobre todo cuando la sociedad y la opinión pública empiezan a descreer del periodismo. Como periodista, sé que le debemos a la sociedad un debate profundo para hacer una autocrítica, para poder crecer sobre nosotros mismos y para tener autoridad para dirigirnos al resto de los sectores de la sociedad, evitando erigirnos con el dedo en alto para criticar cuando carecemos de la honestidad para hacerlo sobre nosotros mismos. Perturba mucho que vengamos a avanzar en la despenalización de delitos de prensa cuando sobreviven vicios culturales que nos ha dejado la dictadura. Hoy se vuelve a utilizar una expresión horrible, “pescado podrido”. Se trata de la información que consiguen los espías del Estado.
    Se vuelve a hablar de escuchas telefónicas y de espionaje, con la excusa de que se busca información, cuando en realidad se trata de una extorsión o una delación. Todavía no hemos erradicado de entre nosotros la falta de respeto al otro, porque también la Corte Interamericana nos dice que la libertad de expresión no es un derecho absoluto. No puede haber censura previa, porque hay responsabilidad ulterior, que es la verdadera limitación. Hoy nos perturba que en el canal público, que es de todos, una forma de periodismo utilice la descalificación personal para todos aquellos que no tenemos la misma opinión del oficialismo.
    Celebro el compromiso de venir a despenalizar los delitos de prensa, pero exijo el mismo compromiso cultural con la libertad de expresión para erradicar lo que nos ha dejado la dictadura. No se pueden seguir utilizando las escuchas telefónicas ni descalificar personalmente cuando se quieren fortalecer los argumentos. También hay que incorporar como cultura el derecho a la opinión y a no ser descalificado, porque es duro reconocer las palabras soeces, pero mucho más duro es reconocer una actitud de falta de respeto o de querer sacarnos del mapa. Es cierto que he cambiado la pluma por la tribuna, pero no por eso dejo de tener compromiso con el concepto de los derechos humanos, que está ligado con la vida y la libertad de expresión.
    Todo no se agota en la libertad que tengo de decir lo que quiero, sino que esa libertad se realiza en el respeto que tengo por el otro cuando opina de manera diferente. Entonces, confiemos en que no haya más casos Kimel, pero no porque tengamos una legislación de avanzada, sino porque los argentinos finalmente nos hemos apropiado de una cultura de la libertad y de los derechos. Así vamos a tener motivo de celebración, ya que estaremos construyendo finalmente una cultura democrática, donde los derechos humanos sean universales y no apenas para algunos.

TEMAS:

Opinión

SEGUÍ LEYENDO:

Diario El Sol Mendoza. Domicilio: La Rioja 987, M5500 Mendoza. Argentina. Director Periodístico: Jorge Hirschbrand. © Copyright Cuyo Servycom SA 2020. Todos los derechos reservados.