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6 de marzo de 2021
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Punto de vista

Diego Maradona: el desamparo del ídolo

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En el marco de la causa que investiga la muerte de Diego Maradona sus hijas Jana y Giannina asistirá a declarar este viernes.

Durante el último tramo de su vida, el Diez convivió un multitud despoblada de afecto que lo dejó librado a su suerte en la casa del barrio San Andrés.

Sin valor probatorio aparente, más allá de las vías jurídicas en curso, el reciente documental que atañe a Diego Armando Maradona pone el dedo en la llaga y subraya el abismal desamparo del ídolo en el último tramo de su vida.

A grandes rasgos, la producción periodística que echó a rodar el portal Infobae subraya el contexto en el que Maradona convivió con sus múltiples dolencias y con la extensa galería de personas de su entorno más inmediato.

Y como todo contexto es subsidiario de un texto, la secuencia de chats editados bien puede articular una novela.

Desde luego que un documental de estas características no deja de ser un recorte arbitrario, guionado y susceptible de insuficiencias.

En poco más de 34 minutos de la cocina de diálogos de médicos, kinesiólogos, abogados y allegados es imposible abarcar el universo de por sí profuso y complejo de alguien de la dimensión de Maradona.

Pero por aquello de que la criatura humana es dueña de lo que calla y esclava de lo que dice, la revelación más palmaria e impactante del documental desnuda lo desordenada y sucia que estaba la cocina de quienes se suponía debían protegerlo.

Para que sea dicho de una vez: ¡con cuánto desprecio hablaban de Maradona!

¿Respeto? ¿Empatía? ¿Cariño? Cero de cero.

Menos que una mera frase desafortunada en clave coloquial, el "se va a cagar muriendo el gordo" proferido por el neurocirujano Leopoldo Luque determina y colorea todo el campo simbólico.

El doctor Luque deja ver la traza del típico chanta argentino. Pero no ya cualquier chanta, no ya el inofensivo, el pintoresco: el chanta brumoso, espumoso y cruel.

A Luque lo desvelaba que consumado un desenlace fatal cualquier lupa reflejara su indisimulada desidia (¿acaso también su incompetencia?) y al kinesiólogo Nicolás Taffarel “la buena imagen para el día de mañana”, el doctor Matías Morla invocaba a Pilatos y se escudaba en lo obvio (“soy abogado”) y su cuñado, Maxi Pomargo, fungía de filtro para impedir que se acercaran los ex compañeros de Maradona en la Selección y alertaba los peligros de una eventual pérdida de privilegios de cercanía y de ingresos.

Más o menos por ahí fluye el tono de un informe ampliado, de una compilada selección de chats que aunque conocidos de forma aislada cobran un vigoroso sentido en una secuencia que no por direccionada renunciará a valores que, por ejemplo, realzan el sugerente tono intercalador de Guillermo Cóppola.

Por cierto: sellada la certeza de que a Luque y compañía el Maradona propiamente dicho, el Maradona humano, demasiado humano, les interesaba poco o nada, tampoco sería razonable abrevar en una confortable mirada maniquea.

¿Diego Maradona fue víctima y nada más que víctima o por acción u omisión no construyó una fatal telaraña vincular?

¿Por qué y para qué eligió a decenas y decenas de personas que llegaron a su vida de un día para el otro y como llegaron un buen día partieron?

¿Hasta dónde fue consciente de esa multitud tan despoblada de afecto que lo dejó librado a su suerte en la casa del barrio San Andrés?

De este lado de las cosas, Luque y los demás miembros de la luquedad acopian coartadas, maquillan su pánico, encienden velas y se encomiendan a sus ángeles guardianes, si es lo que los tuvieran.

Del otro lado de las cosas, Maradona, el ídolo eterno y su eterno silencio.

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