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13 de febrero de 2007
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Análisis

De precios, salarios y pingüinos

Según la periodista, la palabra inflación es básica para que un gobierno sea apoyado o rechazado. Incluso, cree que es más importante que otras como inseguridad o desocupación.

   BUENOS AIRES (DYN). El concepto del término inflación se ha convertido en los últimos veinte años en una palabra clave para las chances de apoyo o rechazo a un gobierno en Argentina, más, incluso, que desocupación o inseguridad. No es una paradoja, todo está vinculado con lo que le cuesta a los argentinos conseguir los recursos necesarios para sobrevivir, en la mayoría de los casos, o para mejorar la calidad de vida, en una porción menor.

   El país de Néstor Kirchner exhibe datos más que satisfactorios: un crecimiento económico en continuo, acertados movimientos para mostrar por fin una cierta independencia del manejo de la vida nacional respecto de los acreedores de la deuda externa y un dólar alto que contribuye a ambos fenómenos. Todo ello se traduce en una tendencia de la opinión pública a mantener un cierto grado de satisfacción y esperanza que no se verificaba en gestiones anteriores, salvo en algunos tramos de los gobiernos que pasaron por la Casa Rosada desde la recuperación de la democracia.

   La situación que hoy maneja el presidente Kirchner tiene más que ver con el primer gobierno menemista, con la etapa en que también las cifras de crecimiento económico asombraban y eran expuestas por el entonces mandatario como la carta triunfal para lograr la reelección.

   En el segundo período de Menem, las cosas fueron diferentes y derivaron en su estrepitosa caída. ¿Qué ocurrió en aquel período histórico para que la política se diera vuelta como un guante? Finalmente, una buena porción de los argentinos logró ver que detrás de un telón reluciente de lamé se ocultaba un escenario armado de trapos deshilachados y sucios: una legión de ciudadanos había sido sacrificada en el altar de ese crecimiento, que, se constató demasiado tarde, sólo favoreció a una exigua minoría: aquella de los famosos nuevos ricos que disfrutaban de la pizza con champán.

   DOS REALIDADES. Hoy parece ocurrir algo similar, aunque se pregone desde el poder un signo ideológico opuesto. La Argentina próspera se ve con claridad en los centros de altísimo consumo, en los complejos de viviendas de súper lujo, en las vacaciones de despilfarro, en el consumo de autos de primerísimas marcas internacionales. Pero la Argentina sumergida está tocando fondo y comienza a emerger: no por cierto porque está mejorando su situación, sino para presentarse más claramente a la vista de todos y mostrar una cara de la realidad que muchos prefieren ignorar por creer que si no se habla de ella, no existe.

   Basta con caminar las grandes ciudades y el interior para verificar que la pobreza y la indigencia son fenómenos que siguen en su atroz crecimiento. Más allá de los más poderosos económicamente, sólo un pequeño sector de la clase media alta parece estar “salvándose” o resurgiendo con el derrame de los frutos que consume un sector de ricos cada vez más ricos, que dan trabajo a las clases inferiores y les permite, entonces, aprovechar de las migas que van cayendo de sus pasteles.

   LA CRISIS DEL INDEC. Esa realidad contrastante parece haber estado en el corazón de la inédita crisis desatada en el INDEC.Antes de difundirse el polémico índice inflacionario de enero, de apenaa 1,1 por ciento, empleados del organismo salieron a la calle por primera vez en años para declararse indignados por lo que pareció haber sido una insólita manipulación de las mediciones para presentar a la sociedad la cara de una moneda falsa, que la gente, esta vez, parece no estar tan dispuesta a cambiar por una verdadera.

   Cualquier ciudadano común ha advertido en el último mes –así como a lo largo del 2006– cuánto aumentó la canasta familiar y el costo de vida, cuánto subieron los alquileres y los productos básicos para la subsistencia. Si ello ocurrió y el Gobierno lo niega a través de dudosas cifras, ¿qué podrá esperarse para los futuros meses, en los que la campaña electoral arreciará como nunca?

   Ocurre que cualquier dirigente político con ambiciones en Argentina tiene plena conciencia, como hemos dicho más arriba, del peso psicológico y social que tiene en los electores el valor inflacionario. Gobiernos han caído por eso y no es cuestión –dirían en la Casa Rosada– de que el fantasma de la pérdida de imagen comience a asustar justo en este momento crucial.

   CAMBIO EXITOSO. Según algunos observadores, el cambio de funcionarios en el INDEC, a la postre, resultó exitoso para el Gobierno. Así lo señaló, por ejemplo, el economista lavagnista Javier González Fraga, con una idea que pareció más que acertada: según él, Kirchner logró que la opinión pública estuviera más atenta a la escandalosa disputa en el organismo oficial de mediciones de precios que al mismo resultado que se difundió sobre el índice de enero.

   Para el Gobierno, los precios en el primer mes del año subieron 1,1 por ciento; en cambio, según los especialistas que trabajan para los distintos sectores de la oposición, el número fue mucho más: se habla de 2,6 por ciento de crecimiento de los precios. Los severos métodos aconsejados por el secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, para poner un corsé al valor de los productos de la canasta básica no están dando los resultados esperados.

   La política de confrontación con algunos formadores de precios tampoco, como lo ha demostrado, para citar un ejemplo, el conflicto con los productores agropecuarios. A la postre, la administración nacional tuvo que bajar a dialogar con sus representantes, luego de haber decidido aplicar más retenciones a ese rico sector para subsidiar a otro, el de los grandes elaboradores de productos para la canasta básica, no menos ricos que los hombres de campo.

   LA LUCHA POR EL SALARIO. Ante la realidad, distinta a la que el Gobierno publicita, los sindicatos se preparan para lanzarse en marzo a la lucha por lograr un nuevo incremento salarial que, al menos, permita recuperar una mínima porción del poder adquisitivo perdido. Allí, el kirchnerismo se verá en figurillas, aunque no es difícil imaginar que se repetirá la historia del año pasado: habrá otro acuerdo con la cúpula sindical de la CGT para acordar una cifra que postergue por más tiempo la discusión sobre la fuertemente inequitativa distribución de la riqueza que se está verificando actualmente.

   En medio de esa puja definitoria para todo acto político, Kirchner prepara con cuidado la continuidad de su mandato, a través de sí mismo o de su esposa, Cristina Fernández. Sin embargo, más allá del buen viaje de la senadora a París, las fichas parecen seguir colocadas en la propia figura del presidente para postularse en octubre.

    Si no, cabe preguntarse por qué Kirchner reflotó en sus últimos discursos públicos que la opción sigue siendo la de “un pingüino o una pingüina”: él está en carrera y es más probable que le gane a su esposa a que opte por mantenerse como “el poder en las sombras” durante los próximos cuatro años.

   Falta poco tiempo para que esa decisión se conozca, mientras los dirigentes de la oposición que aspiran a enfrentársele siguen cavándose su propia fosa. Con un discurso esquizofrénico, los precandidatos se autoboicotean y, en vez de mejorar sus estrategias, parecen empeorarlas casi voluntariamente, como si no se le animaran a un poder tan fuertemente consolidado como el de los pingüinos, como si estuvieran más cómodos en las playas rioplatenses que en las de las frías aguas del sur.

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