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30 de septiembre de 2018
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De la ficción del barrio privado a la realidad del potrero

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Ocurrió en un barrio público pero con veleidades de country en Guaymallén. Un picado entre pibes que deja una enseñanza.

Sucede en Guaymallén. Es un potrero que se resiste a la urbanización. O es una plaza que nunca llegó a concretarse o son los lotes que alguna vez fueron los más cotizados del lugar. Nadie los compró, quedaron ahí y, entre tierra y yuyos, se fue delineando algo que podría parecerse a una canchita de fútbol.

Está ubicado dentro de un barrio público pero con veleidades de country. Más por seguridad que por ostentación, en las dos calles que hacen de entrada y salida se instalaron garitas y barreras de control. No hay poder de policía de la agencia privada que opera ahí. Está claro que el ingreso al lugar es público, pero genera –o así creen sus vecinos- un efecto disuasivo. Como mucho, un filtro.

Hay unos diez o doce chicos de entre 14 y 16 años jugando en el potrero. Se los nota de clase media. La pelota es de cuero sintético, de buena calidad, que contrasta con la aridez y la hostilidad de un campo de juego descuidado y abandonado. Hay camisetas de Independiente, River, Boca y de la Selección. Botines sin tapones; Adidas y Nike, la mayoría.

Es un picado. No más que eso. No hay mucha técnica. El chico que tiene la camiseta del Rojo es de lo mejorcito. Tiene más técnica que el resto, lo sabe y por eso se para en el fondo de su equipo. Desde ahí comanda. Y desde ahí puede ver a ese grupo que viene entrando por la calle con algo que parece ser una pelota.

Son cinco o seis. Sin botines, pero también con camisetas. Son truchas, se nota. Pero nadie es más hincha de un equipo por la calidad de la pilcha, se sabe.

Uno viene con un nene a upa. No tiene más de dos años, camina y usa pañales. Otro trae un autito tipo andador de color azul. Ellos querían jugar a la pelota, pero alguien les encargó que cuidaran al más chiquito.

Se prueban: “Le hacemo’ partido”. Silencio. Entran a la cancha sin que los inviten. Después de todo, qué más da: es un potrero. Ni que hubiera que hacer una reserva con dos días de anticipación…

El picado se suspende. Técnicamente, se autocensura. Se arrinconan contra un arco. Algunos agachan la cabeza y se van. Los visitantes levantan tierra con una pelota bastante desinflada y pelotean del otro lado a un arquero improvisado.

Se dispersan por toda la cancha, se cruzan con el resto y terminan haciendo un mezcladito. Nos falta uno. Andá vos para allá. Vos vení para acá. Vos sos buenísimo, jugá arriba, dale. Le mienten de manera piadosa, pero no lo sabe: no es bueno, ni un poco. Es muy malo. Y lo dejan como delantero de punta para que no moleste.

El partido no es mejor que el anterior. De los nuevos, algunos sobresalen. Hay uno con camiseta de River que tiene una zapatilla diferente en cada pie. Es el mejorcito. Cada tanto abandona el partido, agarra a su hermanito que se mete a la cancha y lo lleva a un rincón con el carrito azul. Y vuelve.

Los que se fueron, resignados, se reagrupan en la placita de enfrente. La plaza está llena de nenes y nenas. Aprovechamiento de espacio público, que le dicen. Se sientan en un banquito y empiezan a deliberar la mejor estrategia: no para volver, sino para ir a hablar con el de la garita de seguridad y preguntarle, primero, porque dejó entrar a esa gente al barrio. Segundo, para no quedar expuestos. “Si los vienen a sacar ahora sabrán que fuimos nosotros”, reflexionan.

Un hombre los escucha. Está ahí de casualidad. No es del barrio tampoco, pero no se fijan en él por tres motivos: está cuidando a sus hijas que juegan en la plaza y llegó en un auto relativamente lindo y está bien vestido. El problema de los chicos pasa por el prejuicio y por el miedo a la diferencia, la poca tolerancia y la nula posibilidad de confraternizar.

Crecieron así, con la idea de que vivían en una burbuja, en una ficción de barrio cerrado, aislados de cualquier tipo de peligro. De pronto, aparecen estos y se llenan de temores.

Uno de los que se quedó jugando cruza a la plaza. “¿Por qué te vas? ¿Pasó algo?”, lo indagan buscando una respuesta que consolide sus malos augurios. El pibe los mira raro y responde simple: “Voy a tomar agua”.

Del equipo visitante, que llegó de un barrio más humilde que está cerca de ahí, también se retira un jugador. Se tomó un descanso para llevar al nene más chico a los juegos de la plaza y se puso a ver el partido desde un costado.

“Vayan a jugar. Es fútbol, no pasa nada. A los dos equipos les falta jugadores”, sugiere el hombre que escuchaba a los chicos temerosos. El que organizaba el discurso ante los guardias de la garita se da vuelta y le da la espalda. No le responde. Puede ser por mala educación o porque siente que exageró en sus miedos. El más bajito atina a decir algo. Entiende que el partido es más fuerte y que por su tamaño, si lo empujan, lo van a tirar dos metros. Es verdad: se juega más intensamente, pero sin mala intención.

Es fútbol. No sean cagones. Si les pegan una patada, la devuelven. Pongan huevo. ¿Acaso no es la cancha de ustedes?
No fue la mejor arenga del mundo. Sirvió. Se animan. Cruzan y se mezclan. Ahora dan los números perfecto. Entonces se reagrupan, vuelven a armar los equipos y siguen jugando. Todo transcurre en cuestión de minutos. El petiso que tenía miedo a los empujones entiende todo. Juega al toque, evita el roce y aprovecha su estatura. Gana calle y experiencia.

Uno se queda afuera. Es el que tiene los botines Adidas verdes y la camiseta de la Selección comprada en una promoción de YPF, de esas que se hicieron para el Mundial. Es el mismo que quería ir a acusar a los del otro barrio con los guardias. Nunca se animó a cruzar. Y se quedó solo.

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