Tembló en San Luis y se sintió fuerte en Mendoza
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14 de octubre de 2009
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FÚTBOL

De Houston a Viena

Acaba de terminar el increíble partido que Argentina le ganó a Perú gracias al increíble Martín Palermo. Estoy en mi casa y no sé cómo mierda festejar. Quiero abrazarme a alguien, quiero putear con un amigo, pero estoy solo como un boludo. En realidad, elegí estar solo, así que ahora me la tengo que bancar.

Acaba de terminar el increíble partido que Argentina le ganó a Perú gracias al increíble Martín Palermo. Estoy en mi casa y no sé cómo mierda festejar. Quiero abrazarme a alguien, quiero putear con un amigo, pero estoy solo como un boludo. En realidad, elegí estar solo, así que ahora me la tengo que bancar. Veo la televisión y no entiendo bien si repiten las imágenes de un partido de fútbol o de una película sobre Palermo. Creo que debe ser una película. La última escena es perfecta. El Titán está con los brazos abiertos, de cara a un cielo que llora de alegría, el Monumental late, Palermo grita gracias y también llora, Maradona se tira al pasto y ensaya un avioncito de cabotaje… Pensar que alguna vez fue un barrilete cósmico. Hace dos minuto quedábamos casi afuera del Mundial, ahora estamos festejando un triunfo surrealista contra Perú… Sí, contra Perú. Me llega un mensaje del Gallego. “Palermo me hace emocionar”, dice.


   
    Tiene razón, esa es la palabra que siento: emoción. Palermo se supera a sí mismo una y otra vez, se reinventa, nunca llega a su techo. Pienso que pocos deportistas deben tener la convicción que tiene el Titán, cuánto amor propio. Palermo, si quiere, te hace un asado debajo del agua. Sigo solo en mi casa y siento un vacío. Quiero comentar ya el partido, tengo la necesidad de hablar, de putear, de gritar con alguien y contarnos lo que acabamos de ver. Me voy a la compu, no hay nadie en el chat. Entro al Facebook y escribo lo primero que se me viene a la cabeza. “MP, el único héroe en este lío”, pongo, rápido, casi sin pensar. Pasan unos minutos y me escribe por el Facebook el Guillote, un gran tipo que anda por el mundo.


     Este partido de Argentina lo encontró en Houston, Estados Unidos. El Guillote, que no es Cóppola, escribe: “No sabés viejo, puteando porque acá no pasaban el partido, viendo vía rojadirecta.org, pixelado, se me friza cuando tiran el buscapié, y de repente... GOLLLLLL del Titán!!! Y yo solo en esta habitación de hotel gritando como un loco, desaforado, golpeando las paredes, abrazándome a los muebles... Gracias Martín por una página más de tu película. Me voy a emborrachar solo y a ver el gol 1.000 veces en Youtube”. Leo lo que me cuenta el Guillote y me acuerdo de una nota de Osvaldo Soriano, cuando San Lorenzo salió campeón en el 95. El Gordo contaba que siguió el partido por teléfono desde París. El Ciclón salió campeón después de 21 años y Soriano estaba eufórico. La nota terminaba así: “Ahora son las tres de la mañana del lunes en París.


     Voy a llamar para alquilar una pilcha de moda y un Rolls Royce Silver Shadow, como Carlitos Gardel, y ya mismo salgo a incendiar la noche. Que me encuentren borracho en un puente del Sena o en brazos de Margarita Gauthier. ¡Abran cancha, llega un campeón!”. Entrañable, el Gordo. Vuelvo a leer lo del Guillote. Lo imagino sacado, a puro grito en el hotel. En eso me llega un mensaje nuevo por el Facebook. Es del Bardo, un amigo del alma, compañero de mil y una noches, que ahora vive en Austria. El Bardo vio el partido en Viena, con un amigo suyo que es napolitano y ama al Diego, como todo napolitano. Me cuenta: “Casi me agarro a trompadas con un peruano en un bar de la city vienesa, salvó la situación el napolitano. Mamá, fuimos los únicos dos que gritamos ese gol. Y cómo lo gritamos.


     Ahora, lo del Diego es imposible de describir. Una vez más y van millones. Un tipo que no sabe absolutamente nada de lo que está haciendo pero que ama la camiseta como ninguno. No sé si putearlo o agradecerle, es la bizarra y esquizoide realidad maradoniana”. Me imagino al Bardo eufórico, rojo, sacado, en un bar cualquiera casi cagándose a trompadas con un peruano. Los europeos viendo la escena con extrañeza, con repulsión. Qué ganas de estar en Viena. Ya no me siento tan solo. El Guillote y el Bardo me han alegrado.


     Están a miles de kilómetros pero los veo por ahí. Los dos están igual, gritando como locos, enajenados, emocionados, incrédulos. Y se me eriza la piel y veo una vez más al Titán llorando y al Diego volando y pienso en lo que vamos a sufrir el miércoles contra Uruguay. Pero no importa, ahora mismo, como dijo Soriano, salgo a incendiar la noche. Y que me encuentren borracho en un puente de Viena o en el Zanjón de los Ciruelos.

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