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18 de mayo de 2020
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Opinión

Cuarentena: entre abrir y restringir, un dilema médico pero político sobre todo

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El gobernador Suarez debe avanzar en estos días en protocolos y pedidos lo suficientemente convincentes para que la Nación le permita poner en movimiento casi la totalidad de la economía.

El Gobierno de la provincia ingresa en una semana clave de la interminable, preocupante, incierta y soporífera cuarentena a la que el mundo ha estado obligado a transitar, independientemente del modelo de confinamiento elegido para combatir la epidemia del covid-19, el nuevo y más temible de los coronavirus que se haya descubierto. El gobernador Rodolfo Suarez debe avanzar en estos días, de aquí al próximo fin de semana, en protocolos y pedidos lo suficientemente convincentes y fundamentados para que la Nación le permita poner en movimiento casi la totalidad de la economía que ha estado frenada con una nueva y no menos shockeante configuración que, todo indica, se mantendrá por mucho tiempo.

Para hoy, el cronograma que previamente se había trazado el Gobierno indicaba que los restaurantes, bares y cafés debían recibir en sus salones a los comensales de manera presencial. Sin embargo, esa mecánica deberá esperar y no se sabe muy bien si entrará en vigencia dentro de siete días, luego de que el presidente Alberto Fernández anuncie cómo sigue todo en el país desde el lunes 25, fecha de vencimiento de la actual fase de la cuarentena.

Todo indica a que tanto Suarez como la mayoría de los intendentes del Gran Mendoza y los propios empresarios decidieron no hacer olas con el pase a la atención presencial en estos locales gastronómicos. Los intereses, no obstante, no han sido los mismos: el Gobierno decidió ponerle un freno al impulso que alcanzó cuando consiguió la autorización para la apertura del resto del comercio en el Gran Mendoza, temeroso de que la situación de contagio del coronavirus –inesperadamente para muchos bajo control absoluto a esta altura de lo esperado– se pudiese desmadrar y, con eso, perder todo el territorio ganado en los últimos sesenta días. Los intendentes han compartido con Suarez la misma preocupación. Los empresarios, por su lado, no están preparados aún para disponer y hacer cumplir un protocolo de higiene y control que les insumirá –según calculan– muchos más costos de los que ya tenían en los tiempos anteriores a la pandemia. Como tampoco están convencidos de que las ventas aumentarán exponencialmente, han optado por el prudente silencio y acompañar al Gobierno provincial en los trámites ante la Nación para ser asistidos por el Tesoro Nacional, el que, por medio de los programas de la Anses, se hace cargo de parte de los sueldos de sus empleados. De ahí que no hubo en los últimos días una presión, ni siquiera medianamente perceptible, para que la Provincia insistiera en el pase al nuevo nivel de atención.

Pero, desde hoy, el Gobierno sumará, además del pedido de autorización para la apertura desde la semana que viene, probablemente, de los bares, restaurantes y cafés, uno muy especial y particular que el propio Suarez adelantó el fin de semana: se trata de un permiso para las reuniones familiares de no más de 10 integrantes durante los fines de semana. Se puede inferir que Suarez, en su fuero íntimo, quiere anunciarles a los mendocinos que el 25 de Mayo, el lunes que viene, día de la Patria, el que quiera y pueda podrá comerse un asado o un locro con sus más allegados. Tocaría el cielo con las manos en caso de conseguir tal aprobación, en medio de tanta pálida reinante.

Sin embargo, el gobernador debe tomar la decisión no sólo teniendo en cuenta a los epidemiólogos y la cantidad de días que pasan para que se dupliquen los casos de enfermos en Mendoza, un índice que se encuentra más que satisfactoriamente en los 30 días, sino también lidiar con el humor social y el de la política. Porque, pareciera, particularmente con lo vinculado a la política, que hasta la famosa grieta que divide a los argentinos se metió con la forma de hacerle frente a la pandemia. No es un tema propio de los argentinos, hay que decirlo, porque ocurre en Estados Unidos, en España, en Gran Bretaña y en Brasil.

En lo que respecta al país y también a Mendoza, desde ya, la fractura deja a un lado a quienes se encuentran cómodos con el encierro, por temor y respeto a la pandemia, claro está, pero además sin el tortuoso pensamiento de tener que imaginar, obligados, cómo y de qué manera van a encontrar la forma de subsistir el día de mañana, situación en la que se ubican los otros que deja la división. Coincidiendo en que todos estamos mal, hay quienes la pasan peor que otros y a estos últimos, quien gobierna, debe prestarles más atención. Y es, precisamente, ese prestar atención que muchos no logran entender ni comprender y, ni siquiera, aceptar, lo que es peor. Suarez debe lidiar con eso también y con todos aquellos que le advierten, con tono agorero y desde la política, hay que admitir, que mientras más abra la economía o mientras más lo permita, más amenazas existen del descalabro que nadie quiere y que todos temen. Un asunto incierto, en verdad, porque, así como se sabe muy poco del nuevo coronavirus, tampoco se sabe qué puede ocurrir si la sociedad logra alcanzar un estándar de responsabilidad social tal que le permita cuidarse sin que sea necesario acudir al garrote; un garrote del que sorprende cuánto se han enamorado algunos, no pocos, sino bastantes hay que decir.

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