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12 de marzo de 2007
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Con altura

Hay miedos que son muy curiosos, por ejemplo, la clinofobia, que es la aversión a las camas, desconocido en Santiago del Estero.

    Hay miedos que son muy curiosos, por ejemplo, la clinofobia, que es la aversión a las camas, desconocido en Santiago del Estero. La ombrofobia es la aversión a la lluvia y la nictofobia la aversión a la noche. No sé como se llama la aversión a los ascensores, tal vez deba llamarse la maromafobia, porque el ascensor sube y baja.

    No sé por qué se llaman ascensores si también descienden. Un amigo mío se murió de otitis. Se le cayó un ascensor Otis en la cabeza. “Me asustan los ascensores / nunca los monto tranquilo / la vida pende de un hilo / en sus prietos interiores”, dice una poesía de mi buen amigo Narciso Musa.

    Y es cierto lo que dice: hay mucha gente que le tiene miedo a los ascensores. Por la claustrofobia por un lado y por la acrofobia por otro, pero también porque sienten que en cualquier momento se puede venir abajo como prenda íntima de señorita de vida licenciosa. No tienen más remedio que resistir el miedo, porque la vida en la ciudad los pone ante la alternativa de un ascensor a cada rato y no es bueno armar berrinches en el hall de la Casa de Gobierno como cuando no queríamos entrar a la escuela.

    Ustedes me dirán: “Bueno, pero para eso están las escaleras”. No es suficiente, porque ya lo dice La Bamba: “Para subir al cielo se necesita / una escalera larga y otra cosita”. Y uno no siempre tiene otra cosita.

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