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28 de agosto de 2006
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CIRCO ABORTIVO

Se puede pensar que una cuestión es la teoría y otra la práctica. Se pueden gastar toneladas de tinta o palabras respecto del tan espinoso tema del aborto. Lo cierto es que en la vida casi nada es absoluto. Las leyes divinas o terrenas no pueden abarcar todo el espectro de situaciones que se presentan en la medicina. El médico, ante circunstancias de vida o muerte, debe actuar con premura.

    Se puede pensar que una cuestión es la teoría y otra la práctica. Se pueden gastar toneladas de tinta o palabras respecto del tan espinoso tema del aborto. Lo cierto es que en la vida casi nada es absoluto. Las leyes divinas o terrenas no pueden abarcar todo el espectro de situaciones que se presentan en la medicina. El médico, ante circunstancias de vida o muerte, debe actuar con premura. La tan manoseada ética profesional, a este nivel, puede tener variadas interpretaciones.

    Recuerdo que, al entrar por primera vez al aula magna de mi Facultad de Medicina, leí con asombro una frase que decía:“Primum non nocere”, que significa “lo primero es no hacer daño”. Caló hondo en mí la reflexión. Por la experiencia de mis casi cuarenta años de ejercicio profesional de médico les puedo asegurar que las verdades absolutas no existen, y son, por lógica, interpretadas según el problema que se presenta. Para ello, el que debe actuar no puede estar constreñido a pérdidas de tiempo.

    Quiero decir que la medida de su accionar debe estar también librada a su sentido común y a su responsabilidad. De lo contrario, los que se creen dueños absolutos de las verdades se transforman en simples fanáticos de sus leyes, dogmas o rigideces mentales. Aclaro que entiendo lo referente a la “mala praxis” y que, por supuesto, el ejercicio de las profesiones no escapa a ello.

    Pero otra cosa es querer hacer valer como verdades de fe, las opiniones ideológicas. Hoy vemos con terror cómo en el mundo se destruyen vidas inocentes con el pretexto de la razón de la sinrazón, que pretendemos que nos cobije y que no nos juzgue, como debe ser en la realidad, no en la utopía de una determinada ética que no se adapta al correr de los tiempos. El ser civilizados siempre debe contemplar una pregunta, no una aseveración.

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