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28 de octubre de 2010
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Carne

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Argentina ha descubierto un nuevo elemento precioso, una gema, un producto que bien se merece estar en las grandes joyerías del país al lado de diamantes

    Argentina ha descubierto un nuevo elemento precioso, una gema, un producto que bien se merece estar en las grandes joyerías del país al lado de diamantes, esmeraldas y rubíes: la carne. En la última edición de los premios MTV en Estados Unidos, la cantante Lady Gaga se presentó a la ceremonia con un traje hecho de carne de vaca. No hay duda de que a la mayoría de los hombres presentes le hubiera gustado que Lady Gaga apareciera mostrando su propia carne y no la de un vacuno. Se veía apetecible, lo que molestaba un poco eran las moscas. Pues si a Lady Gaga le hubieran confeccionado ese traje en Argentina, le hubiera salido una fortuna pagarlo, porque la carne en nuestro país no deja de subir de precio, a tal punto que algunas carnicerías guardan sus productos no en cámaras frigoríficas sino en cajas de seguridad de algún banco. ¿Cómo puede ser que, en el país de las vacas, la carne cueste una fortuna? Y mire, don, a la gente del campo le conviene más criar soja que vacas, con la ventaja de que el Sojo es un marido fiel, porque la soja no tiene cuernos. La tradicional redacción de los alumnos de primario sobre la vaca ahora ha pasado a ser sobre la soja. Entonces, la carne escasea. Y, por otro lado, la inflación nuestra de cada día eleva los precios hasta hacer real aquella frase de “el día en que las vacas vuelen”. Porque, al menos, el precio de la carne está por las nubes. Y, entonces, los argentinos, que amamos la bovinidad, nos quedamos con el quincho despoblado y la parrilla inútil como abanico de esquimal. Y vienen las añoranzas: “¿Te acordás cuando nos dábamos el lujo de elegir entre costilla y punta de espalda?” “¿Te acordás cuando a los asados los hacíamos de carne?”. Y va en detrimento del turismo internacional que nos visita, porque es cierto, los extranjeros quieren ver Buenos Aires, quieren ver las cataratas, quieren ver el glaciar de los K, pero, fundamentalmente, quieren hincarle los dientes a un bife de chorizo. En fin, si Martín Fierro supiera de esta situación seguramente diría: “Está tan cara la carne/ que a veces me dentra rabia/ me doy cuenta en forma sabia/ y en cierta forma amargado/ que pa’ comprar un asado/ habrá que vivir en el Dalvian”.

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