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24 de abril de 2007
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CAMBIO CHANCHO POR CONEJO

En la exhibición de películas, muchas veces se aclara que cualquier similitud con hechos o personas, vivas o muertas, es mera casualidad. Los ciudadanos estamos presenciando, en diversos lugares del mundo, episodios realmente desgarradores de privación de la vida, ya sea en forma individual o colectiva

    En la exhibición de películas, muchas veces se aclara que cualquier similitud con hechos o personas, vivas o muertas, es mera casualidad. Los ciudadanos estamos presenciando, en diversos lugares del mundo, episodios realmente desgarradores de privación de la vida, ya sea en forma individual o colectiva. Desgraciadamente, no es ninguna novedad en la historia de la mal llamada civilización. Siempre existieron, existen y existirán individuos que, en forma permanente periódica o eventual, arrancarán a sus semejantes el don tan preciado de la vida.

    Las causas son numerosas y, por cierto, en todos los casos nunca se trata de una sola motivación. Una de mis preocupaciones con respecto al tema es quiénes deben ser los encargados de velar por la seguridad y combatir la violencia. Estoy de acuerdo en que todos somos responsables de la preservación de la vida de nuestros congéneres. Pero también debemos bregar porque aquellos a cargo sean competentes, éticos, respetuosos y, sobre todo, humanos y no humanoides. Superemos aquella antinomia que todavía subsiste y que nos pretende hacer creer que somos derechos y humanos y, por otro lado, degrada la frase.

    Creo que es un difícil logro pero no imposible. Será cuando todos los protagonistas, no importa el lugar del planeta en que nos desenvolvamos, superemos los odios que generan los apetitos desmesurados y, como dicen en el barrio, “comamos y dejemos comer”. Sin pecar de idealista, opino que superaremos esa miserable acción que es la de cambiar todo para que todo siga igual. Los que detentan el poder son los que deben, en primer lugar, corregir el rumbo y dejar la hipocresía de lado. La historia de la política ha llegado a tal punto que no importa la capacidad de los funcionarios sino distraer la atención del pueblo, con total irresponsabilidad, para conseguir los oscuros designios de la corrupción y de la inoperancia cómplice.

    El tema tan trillado de la cantidad de efectivos por habitante ha pasado a ser grotesco. En ciertos lugares, llamados del primer mundo, la relación de fuerzas de seguridad por ciudadano puede ser de uno por uno. El sueño de los imperios es llegar a dos vigilantes por habitante. De esa manera, la mano de obra desocupada se puede utilizar como medio para sojuzgar –no proteger– y también invadir. Total, el fin justificaría los medios.

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