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1 de octubre de 2009
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Brasil tiene un problema llamado Zelaya

La permanencia del depuesto presidente de Honduras, Manuel Zelaya, en la Embajada de Brasil en Tegucigalpa, de la cual se cumplió ayer una semana, ha puesto al gigante suramericano en una situación incómoda y sin precedentes en el mundo de la diplomacia.

Así lo interpretan diplomáticos y políticos que han expresado su malestar por el giro que ha tomado la crisis desde que Zelaya ingresó a la Embajada en Tegucigalpa en calidad de “huésped”, lo que llevó al gobierno de facto a dar un ultimátum de diez días a Brasil para que definiera el estatus del gobernante depuesto.
“Brasil fue inducido al error. Brasil no orquestó el regreso de Zelaya, sino que se deparó con una situación ya creada, como era el hecho de que se le comunicó que Zelaya estaba a poca distancia de la Embajada en Tegucigalpa. La alternativa era rechazarlo o aceptarlo.
Se hizo lo segundo, sin medir la extensión del problema que se estaba creando”, dijo a Efe el diplomático retirado Marcos Azambuja. El especialista, que fue embajador en París y Buenos Aires, culpa del embrollo diplomático en que está ahora el país a Venezuela, que montó la operación retorno de Zelaya pero no lo llevó a su propia Embajada, sino que “usó la credibilidad y respetabilidad de Brasil”.
Para Azambuja, Brasil fue asaltado en su buena fe, porque se convirtió en “rehén de Zelaya”, que usa la Embajada para “actividades políticas”, en una situación sin precedentes en la historia de las relaciones diplomáticas. “Si fuese un caso de asilo clásico, Zelaya estaría callado”, señaló Azambuja, quien indicó que el caso del depuesto presidente no se atiene a las normas internacionales de asilo, comenzando por el hecho de que esa condición se le otorga a alguien que no está seguro en su propio país y necesita salir, mientras que el presidente depuesto lo que hizo fue volver desde el exterior.

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