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28 de junio de 2007
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Blair deja un país más rico pero menos justo

El primer ministro británico, Tony Blair,dejó, tras diez años de poder,un país más rico pero también, según sus críticos, más desigual que el que dejaron los anteriores gobiernos laboristas

           Al asumir, en 1997, Blair se fijó como tarea prioritaria salvar de una previsible ruina el estado de bienestar, amenazado por los economistas neoliberales y thatcheristas, para quienes era demasiado costoso y necesitaba ser reformado. Aunque, como se reconoce generalmente, en sus dieciocho años precedentes de gobierno, los conservadores no se habían atrevido a desmantelarlo, al llegar al poder los laboristas, la sanidad y las escuelas públicas se encontraban en un estado más bien lamentable.


           Blair prometió, entre otras cosas, que su gobierno elevaría, en cinco años, el gasto en sanidad a los niveles medios de la Unión Europea, pero pronto comprendió que el Estado no podía seguir invirtiendo en lo que parecía un pozo sin fondo, por lo que había que encontrar otras soluciones más prácticas. Al comenzar el segundo mandato laborista se recrudeció la polémica entre modernizadores, para quienes el Estado debería ser un simple comprador de servicios en nombre de los ciudadanos, tratando de obtener el mejor trato de los mejores proveedores, fueran públicos o privados, y tradicionalistas, quienes defendían la necesidad de mantener el carácter público de esos servicios.


            La insistencia de los reformistas en la necesidad de abrir la sanidad, la educación, los transportes y otros servicios al sector privado para hacerlos más eficaces, creó una brecha que no se ha cerrado entre las dos almas del partido. Fruto de los afanes reformistas del blairismo es el impulso dado a las llamadas iniciativas público-privadas, que tanto habían criticado los laboristas cuando eran oposición. Se trata de acuerdos por los que el Estado se compromete a pagar una determinada cantidad anual durante un número de años a una empresa privada a cambio de que construya un hospital o una escuela y, en algunos casos, los mantenga


              Pero lo que más ha caracterizado a la gestión de gobierno laborista, sobre todo en su última etapa, es el aumento espectacular del número de asesores externos en detrimento de los funcionarios públicos y la continua fijación de nuevos objetivos. Esos contratos con empresas privadas facilitaron la aproximación de Blair y de sus ministros a empresarios multimillonarios de varios sectores que se beneficiaron de lucrativos contratos y que a cambio financiaron con créditos no declarados su campaña electoral del 2005, lo que es hoy objeto de una investigación policial.


         En el plano exterior,Blair ha sido el primer ministro británico más intervencionista de la historia contemporánea, al haber embarcado al país en cuatro conflictos: en Sierra Leona, para acabar con una guerra civil; en Kosovo, para detener la limpieza étnica serbia y eliminar a Slobodan Milosevic; en Irak, para derrocar a Sadam Husein, y en Afganistán, para acabar con el régimen talibán.



         En una conferencia que pronunció en Chicago (EEUU) el 22 de abril de 1999, el líder laborista calificó la intervención en Kosovo, que inauguraría una etapa de “intervencionismo humanitario”, como “una guerra justa, basada no en ambiciones territoriales, sino en valores”. “No podemos seguir tolerando la maldad de la limpieza étnica. No debemos descansar hasta invertir ese proceso.Hemos aprendido dos veces en este siglo que el apaciguamiento no funciona”, declaró entonces Blair. “Si dejamos a un malévolo dictador campar por sus respetos sin enfrentarnos a él, nos costará más tarde mucha más sangre y mucho más dinero”, agregó.


          Esas palabras, que Blair pronunció tras haber instado al presidente de EEUU, Bill Clinton, a intensificar la campaña militar contra Serbia, causaron auténtica sensación en un país que aún no habían sucumbido a la ideología “neocon”. Ocho años más tarde y con miles de muertos en la desastrosa posguerra de Irak, Blair seguía aferrado, acaso con más fuerza, a sus certidumbres intervencionistas. En un artículo de despedida en The Economist, titulado Lo que he aprendido, el líder laborista afirmaba que aquellas intervenciones habían servido para acabar con “regímenes espantosamente brutales”.


         Y, dirigiéndose a sus críticos, agregaba: “Se dice que al eliminar a Sadam o a los talibanes, regímenes que eran autoritarios pero que mantenían algún tipo de orden, han empeorado las cosas para iraquíes y afganos y que se ha fomentado el terrorismo”. “Se trata de un argumento muy atractivo pero peligroso, pues significa que, como quiera que esas fuerzas del mal van a valerse del terrorismo para impedir a esos países y sus pueblos ponerse en pie una vez eliminadas sus dictaduras, más vale dejar que las cosas sigan como están”, agregaba a su favor.

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