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9 de octubre de 2009
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CRÍTICA DE LA SEMANA

Arrebato

En 1995, a un grupo de periodistas argentinos del que era parte y que visitábamos algunas ciudades de Estados Unidos, le llamaba la atención, entre otras cosas, caminar sin mucha preocupación por el barrio chino o por el Bronx de Nueva York en horarios marginales y ni qué decirles de viajar en el mítico metro neoyorquino de un lugar a otro de la ciudad con relativa tranquilidad y disfrute.

En 1995, a un grupo de periodistas argentinos del que era parte y que visitábamos algunas ciudades de Estados Unidos, le llamaba la atención, entre otras cosas, caminar sin mucha preocupación por el barrio chino o por el Bronx de Nueva York en horarios marginales y ni qué decirles de viajar en el mítico metro neoyorquino de un lugar a otro de la ciudad con relativa tranquilidad y disfrute. Hacía un año que el alcalde Rudolph Giuliani había lanzado el polémico plan de la Tolerancia Cero y cuya ejecución hizo descansar en William Bratton, el jefe de Policía que comandó la reforma policial y de seguridad más profunda que haya conocido aquel país.


     Decir Nueva York era hablar automáticamente de mafias, de corrupción y del crimen organizado en su máxima expresión. Todas las perversiones y atrocidades se cometían en la denominada capital del mundo. Pero las estadísticas señalan que a partir de 1993 la criminalidad en general se redujo en casi 70 por ciento, los asaltos y robos en 72 por ciento, los delitos contra la propiedad 73 por ciento y las violaciones, el tipo de delito que hoy más conmociona a Mendoza, descendieron 40 por ciento, todo medido en un lapso de diez años. Visitando esa ciudad por aquellos años, mis prejuicios culturales potenciaban y condicionaban mi curiosidad.


     La inseguridad ciudadana en Mendoza todavía no era un asunto vital y absolutamente prioritario como lo es ahora y aún faltaban casi cuatro años para que comenzara a esbozarse lo que se conoció como la reforma policial. Por eso me llamaba la atención que en el subte, en las paredes de las estaciones y en cuanto lugar público uno anduviese se podía apreciar en las paredes la presencia de la campaña “si ves algo, decilo” o “sospechá de cualquier cosa sin dueño”. Giuliani invirtió mucho dinero en su cruzada para limpiar del delito a Nueva York. Dinero que ni por asomo podría conseguirse aquí. Sin embargo, no todo fue dejado en manos de los recursos. Varios países de América latina intentaron copiar el esquema Giuliani y lo hicieron desde su filosofía, adaptados a sus realidades y sin la plata que se usó en aquel estado norteamericano para transformar la ciudad en una de las más seguras por mucho tiempo.


      Es más, luego de los atentados de setiembre del 2001, y ante la amenaza de una escalada terrorista, se multiplicó la cantidad de efectivos de una forma abrumadora. Nueva York hoy informa contar con más de 40 mil efectivos. Brasil, por caso, es un buen ejemplo de tomar políticas exitosas de otras latitudes y transformarlas y adaptarlas para que le sirvan. Allí están los programas Hambre Cero y la última joya de Lula, el plan Tierra de Paz por el que “se propone enfrentar la grave situación de criminalidad en las favelas de Río con una inversión de más de 580 millones de dólares, dedicada a inundarlas de servicios de salud, escuelas, oportunidades de capacitación, de deporte y desarrollo cultural”, escribió algunos días atrás el economista argentino Bernardo Kliskberg, asesor de la ONU, del BID y de varios otros organismos multilaterales y de fomento.


     Brasil, que debería ser tomado casi en un todo como un ejemplo contundente para toda la región, ha asumido como política de estado estos asuntos de gran complejidad y preocupación. Además de armar a su Policía y de direccionar sus presupuestos con fines específicos, entiende que sin prevención real, la inseguridad no se derrota y así como comprendió que, como Giuliani, debe fortalecer la Policía, integrarla y ampliar el número de sus efectivos, a diferencia de aquel debe garantizar juntamente la salud, la educación, el trabajo y la protección de la familia. Kliskberg habla de exclusión cero, tendencia que está siguiendo Brasil y que vienen aplicando países como Noruega, Finlandia, Suecia y Dinamarca. Mendoza, que ha sido ejemplo claro en muchos aspectos para el país y en algunos casos hasta fronteras afuera con lo que es capaz de lograr, en asuntos como la inseguridad viene haciendo agua hace rato.


     No da en la tecla, pese a que se destinan importantes sumas de fondos públicos con el fin de combatirla. Mucho se ha escrito de la reforma en seguridad de fines de los 90 planteada como políticas de Estado que duraron lo que dura un suspiro. Nada de nada. Discursos y anuncios para la gilada y para una platea dispuesta a comprar lo que le ofrezcan producto de la desesperación en la que muchas veces camina. Quizás, en ese contexto, la ciudadanía tomó con tanta seriedad lo del mapa del delito de Celso Jaque y su promesa de 30 por ciento menos de criminalidad en los primeros seis meses de gobierno. Peligrosamente, el Ejecutivo vuelve a estremecer con la idea de las castraciones químicas a los condenados por delitos sexuales. Una vez más, golpes de efecto en donde más duele, donde más se siente la falta del Estado y el desvarío.


     Una vez más se convoca a un consejo de notables, a una comisión de expertos, a una mesa en la que se pretende analizar si es viable o no ese castigo, esa pena, cuando todo el mundo explica que, desde lo técnico, habría que hacer un planteo al nivel de la Constitución nacional, previo llamado a una convención constituyente. Un disparate. Los éxitos de Nueva York, de los países nórdicos, del cercano Brasil, pese a métodos y estrategias distintas, se han basado en estudios serios, inalterables en el tiempo aun con cambios de gobierno. Para pueblos y dirigencias con visiones superlativas hay aspectos con los que no se juega.


     Con la seguridad, con la educación, con la salud, con el futuro de los más jóvenes, no se juega. Los pueblos, en general, suelen premiar las ideas, la creatividad, las iniciativas de su dirigencia, pero de la misma forma suelen castigar los ensayos improvisados y faltos de solidez y responsabilidad. El último de los arrebatos oficiales parece ir por ese camino.

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