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30 de octubre de 2020
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Opinión

Argentina, tierra de un pueblo golpeado, cada vez más pobre, pero más solidario

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La crisis golpea a las clases media y baja del país, modificando la pirámide social. El gobierno tiene que encontrar una forma urgente para frenar el deterioro de la población.

Según un estudio económico y social reciente, al que se llegó con datos oficiales publicados por diversas entidades, tanto públicas como privadas, la clase media argentina a duras penas alcanza a un tercio de la sociedad, en un proceso de constante retroceso que comenzó varios años atrás y que lejos parece estar de encontrar un freno a la caída.

De acuerdo con el INDEC, la Cepal y el Banco Central de la República Argentina, la clase media hoy se ubica en el orden del 32 por ciento, cuando sólo un año atrás alcanzaba el 45 por ciento de la pirámide social. Y así como los sectores medios han visto deteriorarse su situación de forma constante, todo agravado por la situación de la pandemia y la pavorosa crisis económica que se ha apoderado de Argentina, los sectores que corresponden a la denominada clase baja del país, compuesta por la clase baja en sí, más la clase baja extrema, aumentaron tanto que ya representan el 64 por ciento de la pirámide. En el 2019, esa clase baja alcanzaba exactamente al 50 por ciento de la sociedad.

Los datos de la nueva conformación de la pirámide social del país fueron publicados en los primeros días de octubre por la consultora de Fernando Moiguer y han sido tan reveladores que todavía hoy siguen siendo motivo de estudio y de análisis a medida que la pandemia de coronavirus se afianza, lejos de comenzar a ceder como lo esperaban los especialistas para esta altura del año.

Oficialmente, los pobres de Argentina suman alrededor de 18 millones de personas, siempre con datos del INDEC. Pero, como ya se ha comprobado desde algunos años atrás, si las mediciones tuviesen en cuenta lo que ocurre fuera de la treintena de aglomerados urbanos que se toman para obtener las cifras que conforman las estadísticas oficiales, el estado real de pobreza, de desempleo y de marginación social en el país crecería exponencialmente.

Según el economista Claudio Lozano, la pobreza real podría ubicarse en el 46 por ciento en vez del 40 que se reconoce y en ese estado de marginación estarían más de 20 millones de personas. Mientras, en la cúspide de la pirámide, allá en lo alto, los sectores de mayores ingresos representan entre el 4 y el 5 por ciento de la sociedad y habrían retrocedido levemente entre el año pasado y este, con lo que se demuestra que el golpe del COVID-19 afectó a todos un poco. Es cierto que a los que menos tienen los golpeó con mayor crudeza que a quienes se encontraban en mejor situación y, lejos de buscar algún tipo de consuelo naif, lo cierto es que ese comportamiento se pudo comprobar en todo el planeta en general.

En lo particular, está claro que los gobiernos en Argentina tienen que comenzar a buscar de forma urgente e inmediata una solución que, al menos, frene el deterioro constante que sufre su población en materia de ingresos, de calidad de vida, de oportunidades y de todos los indicadores sociales que se muestran definitivamente a la baja.

Y sin desconocer que de manera deliberada se está frente a un fenómeno de aprovechamiento político de la situación de los pobres, de los marginados, de los más vulnerables y desclasados del país detrás de la proliferación de las tomas de terrenos y usurpaciones que se han sucedido en Buenos Aires, particularmente, y con menos intensidad en el resto del territorio, tampoco se debe ignorar el padecimiento de los millones de personas que fueron cayendo en la pobreza producto de las políticas, fallidas, que se implementaron desde la misma administración del Estado. Está claro que ninguno de los modelos que se aplicaron en el último medio siglo pudieron mejorar la situación, sino que, por el contrario, la agravaron.

Cinco crisis graves económicas y financieras, contabilizadas desde mediados de los 70 a esta parte, corroboran el fracaso de todas las políticas (liberales, populistas, ortodoxas o heterodoxas) que se implementaron: el Rodrigazo del ’75; la hiperinflación de fines de los 80; la convertibilidad de los 90, la que a su agotamiento hizo crecer la pobreza y el desempleo; la crisis del 2001; las devaluaciones de los años sucesivos luego de algunos períodos cortos de crecimiento y de cierta bonanza con la mejoría de los indicadores, para luego pasar a los años de recesión y de estancamiento de mediados de la década hasta llegar a la pandemia del momento, son fenómenos que explican por sí solos cómo se fue desarrollando el fracaso constante que se ha padecido.

Así y todo, la sociedad argentina se encuentra, aún en medio de padecimientos y mishiaduras que se suceden décadas tras décadas, reconocida como de las más solidarias y amigables de todo el mundo cuando se la convoca a cruzadas internacionales vinculadas con la ayuda humanitaria. Algunos meses atrás, en julio, un informe del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR), cuando actualizó el estado de situación de las personas que deambulan por el mundo en búsqueda de un lugar seguro, ubicó a la Argentina al tope de los países en donde su pueblo está dispuesto a brindar alojamiento y lugar a los desposeídos de todo. Esas personas suman más de 70 millones expulsadas, por diversas razones, de sus países.

La ACNUR encuestó a más de 18 mil personas de 26 países. El 74 por ciento de los argentinos se mostró a favor de recibir a refugiados, seguido de los chilenos, con el 73 por ciento; los británicos, con el 72 por ciento; los sudafricanos, con el 71 por ciento, y los peruanos, con el 70 por ciento.

El dato que surgió de Argentina es encomiable desde donde se lo mire. Por los padecimientos que ha tenido su sociedad a fuerza de malas políticas, algunas de ellas, como está dicho, quizás deliberadas detrás de ese resultado. Y más cuando las respuestas que surgieron de otros países, quizás en mejor situación que aquí, arrojaron números de aceptación del orden del 23 o 43 por ciento.

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