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6 de octubre de 2009
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INVESTIGACIONES EN GENÉTICA

Anunciaron el Nobel de Medicina

ESTOCOLMO (EFE). El Nobel de Medicina 2009 recayó ayer en tres genetistas estadounidenses por sus investigaciones sobre el envejecimiento de las células, que han impulsado el desarrollo de nuevas terapias contra males como el cáncer.

El Nobel de Medicina 2009 recayó ayer en tres genetistas estadounidenses por sus investigaciones sobre el envejecimiento de las células, que han impulsado el desarrollo de nuevas terapias contra males como el cáncer. El Instituto Karolinska de Estocolmo, encargado de otorgar el Nobel de Medicina o Fisiología, premió a los estadounidenses Elizabeth H. Blackburn, Carol Greider y Jack W. Szostak, por descubrir “cómo los cromosomas son protegidos por los telómeros y la enzima telomerasa”, según consta en el fallo. “Los descubrimientos de Blackburn, Greider y Szostak han añadido una nueva dimensión para la comprensión de la célula, han arrojado luz sobre los mecanismos de enfermedades y han estimulado el desarrollo de potenciales nuevas terapias”, destacó el Instituto.


     Sus trabajos han probado que los telómeros –extremos de los cromosomas– y la enzima que los forma, la telomerasa, explican un problema principal en la biología: cómo se copian los cromosomas en las divisiones celulares y cómo se protegen contra la degradación. Este hallazgo ha abierto numerosas líneas de investigación, una de las principales relacionada con las células cancerígenas, que suelen tener una actividad elevada de telomerasa, lo que ha propiciado distintos estudios, que incluyen también ensayos con vacunas.


     Gracias a la telomerasa, se sabe también que males hereditarios, como ciertas formas de anemia, enfermedades dermatológicas o pulmonares, están causadas por defectos en esta enzima. En cada división celular los telómeros forman un anillo protector en torno a los cromosomas, que se va reduciendo al progresar la mitosis hasta alcanzar un grosor que le impide seguir protegiendo la célula, lo que conduce a que ya no pueda dividirse o, incluso, muera. La telomerasa contribuye a evitar que los telómeros vayan perdiendo tamaño, pues en cada división acopla nuevos módulos celulares a los extremos del cromosoma y los hace crecer de nuevo. Este proceso tiene efectos positivos para las células “buenas” pero negativos para las “malas”: al evitar su muerte, incluso la de las cancerígenas, fomenta el crecimiento de los tumores.


     Los telómeros ya fueron descubiertos en la década de 1930 por los estadounidenses Hermann Joseph Muller y Barbara McClintock, que ganarían el Nobel de Medicina en 1946 y 1983, respectivamente. En la década de 1950, los científicos comenzaron a comprender cómo se copiaban los genes, pero no lograron descifrar la división celular. Estudiando los cromosomas de la tetrahymena, un organismo ciliado unicelular, Blackburn identificó una secuencia de ADN que se repetía varias veces en los extremos de los cromosomas.


    A la vez, Szostak observó una molécula lineal de ADN, una especie de microcromosoma, que se degradaba rápidamente cuando era introducida en células de levadura. Blackburn presentó sus resultados en una conferencia en 1980 y atrajo la atención de Szostak: juntos ensayaron un experimento que en 1982 probó que la secuencia de ADN de los telómeros protegía los minicromosomas de la degradación, y que esa secuencia está presente en la mayoría de plantas y animales, desde las amebas al ser humano.


     Greider, entonces estudiante de doctorado, y su tutora, Blackburn, descubrieron en 1984 la enzima telomerasa, que desempeña un papel crucial en la división y envejecimiento de las células. A partir de ese hallazgo, Szostak identificó células de levadura con mutaciones que provocaban una reducción gradual de los telómeros, mientras Blackburn hizo mutaciones en el ARN (ácido ribonucleico) de la telomerasa y observó efectos similares en la tetrahymena. En ambos casos había un envejecimiento prematuro de las células; en contraste, los telómeros prevenían el daño en los cromosomas y retrasaban el envejecimiento, también el de las células humanas, como demostró más tarde Greider.

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