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5 de noviembre de 2019
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Opinión

Alberto Fernández, las incógnitas y la danza de reclamos

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El primer interrogante que surge es si la demanda urgente de modificaciones a la política económica será resuelta con rapidez y eficacia, y si contará, para tal desafío, con la paciencia y comprensión de algunas de las corporaciones que enfrentaron la administración de Macri por su naturaleza ideológica.

El mundo habla de la vuelta del peronismo al poder en Argentina, pero fronteras adentro del país comienzan a surgir algunas dudas y cierto grado de incertidumbre respecto de la dirección que tomará el gobierno de Alberto Fernández cuando finalmente asuma el control del país, a partir del 10 de diciembre. En particular, la mirada se posa sobre los graves problemas económicos que recibirán al nuevo presidente y esa estela de expectativas que fue alimentando a medida en que avanzó la campaña electoral que lo depositó, finalmente, en la cima del poder.

El primer interrogante que surge es si la demanda urgente de modificaciones a la política económica que ha ido creciendo casi con la misma velocidad en la que fue decayendo la esperanza puesta en el gobierno de Mauricio Macri para resolver los problemas será resuelta con rapidez y eficacia, como lo necesitan los sectores más vulnerables, y si contará, para tal desafío, con la paciencia y comprensión de algunas de las corporaciones que enfrentaron la administración de Macri por su naturaleza ideológica.

Un puñado de líderes sindicales, con sus declaraciones, ya ha dado una pista, quizás, de por dónde discurrirá la posición del sector frente a un gobierno que considera, el sindicalismo en su conjunto, como propio. Está claro que, en principio, Fernández no debería tener ningún inconveniente, una vez realizado el diagnóstico, con el consabido beneficio de inventario, para desplegar el primer paquete de medidas que muy probablemente no contengan demasiadas buenas noticias como las que esperan y necesitan, claro está, muchos.

Al menos tres dirigentes gremiales con peso propio ya adelantaron que con sus posiciones no serán un escollo para Fernández, al menos hasta que el nuevo presidente logre darle al país una dirección más o menos razonable desde lo económico al país y mientras ese rumbo, se supone, cuente con la anuencia de buena parte de la corporación. Una actitud razonable, como corresponde y de sentido común, puede llegar a concluirse. El punto es intentar dilucidar, porque no se conoce con claridad, si lo que persigue el movimiento obrero tiene que ver con llevar adelante un grupo de reformas estructurales, de fondo, a un sistema económico que no ha dado respuestas satisfactorias al conjunto porque las mismas corporaciones, la sindical y también la empresarial, se han negado sistemáticamente a resignar posiciones de beneficios detrás de un objetivo superior, que no sería otra que el de alumbrar una economía sana, que permita planificar y atraiga inversiones sostenidas sobre una base jurídica sólida.

Héctor Daer, Hugo Yasky y Roberto Baradel fueron quizás los primeros en darle algo de previsibilidad al camino que comenzará a transitar en breve Fernández. Daer dijo que “nadie puede pensar que dentro de un mes los salarios aumentarán un 35 por ciento”. Yasky, por su parte, se manifestó favorable a que el nuevo gobierno disponga un “congelamiento de precios y de salarios por un tiempo, lo que sería lógico y razonable hasta recuperar el empleo y el trabajo genuino”. En tanto, Baradel, el líder de los docentes en la provincia de Buenos Aires y dominador de la confederación de sindicatos docentes del país, sorprendió en las últimas horas al declarar que las clases del ciclo lectivo del 2020 “tienen que empezar en marzo, porque hay que tender puentes y hacer esfuerzos para reconstruir lo que se deterioró en el país”.

Así como Fernández arrancará con el crédito abierto de parte de la mayoría de las organizaciones sindicales, lo que no deja de ser una buena noticia teniendo en cuenta la cantidad de frente abiertos con los que asumirá, habrá otro grupo de dirigentes, variopintos ellos, que buscarán marcar la cancha en la que se jugará el próximo partido que arranca en diciembre. Allí aparece un lote liderado por Hugo Moyano, por un lado, y Juan Grabois por otro, este último, líder la organización de personas desocupadas más importante del país. Moyano, siguiendo la línea de algunos dirigentes considerados marginales de la política, pero muy activos y sin que nadie los desmienta cada vez que se expresan, pidió “revisar” lo hecho por el periodismo “como cualquier hijo de vecino, tienen que pagarla”, manifestó el líder de los camioneros, agregando que “no puede ser gratis que digan lo que se les antoja y no pase nada, porque han mentido, han inventado cosas”.

Está claro que Fernández tendrá que administrar una plataforma que lo sustentó de características sensibles y movilizadas por diferentes intereses. Algunos querrán lo mejor para el país, impulsando reformas necesarias para sincerar las variables que condicionan su crecimiento, y otros le pedirán que los represente en su reclamo de venganza por puro resentimiento, como los que ya están exigiendo represalias contra ciertos medios y algunos periodistas. Pero si hay algo extremadamente positivo que dejaron las elecciones de octubre, ha sido el reparto del poder elegido por la mayoría de los argentinos. Ante eso, es muy poco probable que ese costado desenfrenado de quien ha accedido al poder con Fernández, ese costado que imaginaba ir por todo, pueda en definitiva darle rienda suelta a tal impulso. Igual, lo que viene, una vez más como tantas veces, encierra un millón de desafíos, conocidos y por conocer, con resultados inciertos, propios de una nación a la que le cuesta horrores ponerse de acuerdo en un objetivo común; uno solo tan siquiera.

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