River recibe a Argentinos en el Monumental
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4 de noviembre de 2009
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FÚTBOL

A Sudáfrica 2010 por TV

La sufrida clasificación al Mundial del año que viene entró a mi casa por la ventana y por la pantalla del televisor, sin pedir permiso y con ganas de quedarse por mucho tiempo en ella. Los tres partidos perdidos por la Selección provocaron un cimbronazo emocional en mi marido que recrudeció con las angustiantes victorias de último minuto ante Perú y Uruguay.

    La sufrida clasificación al Mundial del año que viene entró a mi casa por la ventana y por la pantalla del televisor, sin pedir permiso y con ganas de quedarse por mucho tiempo en ella. Los tres partidos perdidos por la Selección provocaron un cimbronazo emocional en mi marido que recrudeció con las angustiantes victorias de último minuto ante Perú y Uruguay. No es que no me guste el fútbol. Mis padres me transmitieron cierta pasión por la redonda, que veo por TV con el audio en “mute”, para que los brillantes relatos de Víctor Hugo por la radio le aporten un condimento especial que hasta ahora la pantalla chica no me ha brindado.
    Mi Mamá era de Boca, pero cuando promediaba los 40 se dio vuelta, e inexplicablemente se hizo hincha de Vélez (¿?); Papá es de Independiente de Avellaneda, como se lo transmitió el otro Alejandro Lerner, mi abuelo. Mi hermana y yo fuimos cooptadas por un vecino de enfrente, quien nos convirtió en seguidoras de River y nos enseñó dos cosas fundamentales para la vida: jugar al truco y aprender a hacer asados. He visto casi todos los partidos de Eliminatorias, Copas América, Juegos Olímpicos y Mundiales juveniles y de mayores. Ergo, no se me puede acusar de ser una fútbol-fóbica. Es más, me inscribí en el juego del Gran DT para entretenerme compitiendo con mi marido. Estoy última en la tabla del torneo de amigos pero no me importa. Tenemos un tema más del que hablar. Sin embargo, a menos de un año del máximo evento, que se producirá en el continente más rico y más pobre, en casa hemos comenzado a palpitarlo con más desencuentros que alegrías. La culpa de todo la tiene la televisión.
    A las típicas discusiones por quién maneja el control remoto, ahora se agregó otra que ni en mis sueños imaginaba que iba a suceder. Ocurre que mi marido se ha focalizado en un objetivo, el cual nos tiene torturados, amargados y… peleados. Quiere comprar sí o sí un LCD de 32 pulgadas, para disfrutar la televisación del Mundial, “como Dios manda”. ¿Qué tendrá que ver el Supremo con esto? El problema, obvio para una pareja de clase media con sueldos que alcanzan para llegar a fin de mes y nada más, es que esas finas pantallas cuestan un perú y medio.
    Desesperado por la ley para los electrónicos que aumentaría el precio de todo aquello que funcione mediante un chip, su ansiedad fue in crescendo y el malhumor de ambos se acrecentó hasta llegar a una discusión que nos dejó absolutamente deprimidos. Recorridas todas las tiendas de electrónicos disponibles, llegamos a la conclusión de que para comprar un LCD de ese tamaño, insisto, de 32 pulgadas, hay que contar con no menos de 4.000 pesos en la mano o una tarjeta de crédito con límite holgado. Sabido es que en los tiempos que corren, esos plásticos están más que blandos de tanto usarlos. Pero, hete aquí que contamos con un pequeño ahorro que supuestamente estaba destinado a otras adquisiciones. Compras que en mi opinión eran más prioritarias que un nuevo televisor (¡No es un televisor, es un LCD!).
    Y de tanto hurgar por internet, mi marido descubrió que si lo comprábamos en Chile, sería mucho más barato, aún incluyendo en el costo final el pago del impuesto de aduana y el pasaje de colectivo o uno de avión que está en promoción. Cruzar la cordillera es un suplicio para mí. En auto o en micro, los caracoles representan un martirio para mi síndrome vertiginoso. Y arriba de un avión, a pesar de haber tomado ya varios vuelos, aprieto con fuerza un rosario, me coloco un antifaz, tapo la ventanilla, no como ni tomo nada y sufro como si una vidente me hubiera advertido que la aeronave se fuera a venir a pique irremediablemente.
     Sorpresa, mi marido es peor que yo en eso de cruzar los Andes. Por lo que la disputa pasa por quién hará el sacrificio de viajar a Chile para adquirir el bendito aparato que para mí sigue siendo, ni más ni menos que un TELEVISOR. No hemos llegado a ningún acuerdo y sí a un gran desacuerdo. Ni la ilusión de que Messi cambie y explote su juego en Sudáfrica; ni la esperanza de que Maradona madure y se transforme en un técnico serio, de convicciones futbolísticas claras; ni el deseo de que la Selección funcione como un relojito y recupere el prestigio bien ganado; nada me ilusiona, por ahora. Parte del milagro ya fue concretado. Lo conseguimos cuando el Diego se ataba la pelota a la zurda y no la soltaba más. Diez más lo ayudaban.
    No me importa ver el próximo Mundial en un blanco y negro de 14 pulgadas o a través de un LCD, que ni siquiera entraría en la actual mesa de televisión. Sólo deseo recuperar la armonía perdida en mi hogar y soñar con un Víctor Hugo gritando: “¡¡¡ta, ta, ta, ta… goooooool!!!” e inventando una nueva frase cargada de lágrimas como la del “barrilete cósmico, de qué planeta viniste”, pero esta vez dirigida a inmortalizar a Lío en alguna de esas corridas maradonianas que él tan bien sabe hacer.

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